En Veracruz volvió a sentirse la falta de agua y con ella una pregunta incómoda: ¿no se suponía que la sequía había terminado? La respuesta corta es no. La respuesta larga explica por qué llegamos a creerlo. El año pasado trajo lluvias abundantes en buena parte del país. Presas que estaban en mínimos se recuperaron, ríos crecieron y el mapa oficial de sequía se redujo de forma notable. La señal fue clara y tranquilizadora.
Después de varios años de estrés hídrico, la idea de un regreso a la normalidad se instaló rápido. Pero esa normalidad era frágil. La sequía no es un interruptor que se apaga. Es un proceso. Depende de ciclos atmosféricos variables, de la distribución irregular de las lluvias y, sobre todo, de la condición previa del sistema hídrico.
Veracruz puede recibir precipitaciones intensas en una temporada y, aun así, enfrentar escasez meses después si los suelos no retienen humedad, si los acuíferos están sobreexplotados o si la infraestructura no administra bien el agua disponible. Ahí está una de las claves. Lo que vivimos no fue el fin de la sequía, sino un alivio temporal provocado por lluvias extraordinarias.
No hubo un cambio estructural. Los ríos se llenaron, pero los mantos subterráneos no se recuperan al mismo ritmo. La humedad superficial mejora rápido; la reserva profunda tarda años. Confundir ambos niveles lleva a conclusiones equivocadas. A eso se suma un problema de percepción. La lluvia visible –calles inundadas, campos verdes– produce una sensación inmediata de abundancia. Pero la disponibilidad real de agua depende de algo menos evidente: la capacidad de almacenarla, distribuirla y usarla sin agotarla.
En Veracruz, como en buena parte del país, esa capacidad es limitada. Pérdidas en redes, captación insuficiente y presión agrícola y urbana convierten una buena temporada en un beneficio de corto plazo. El cambio climático agrava el cuadro. No necesariamente reduce la lluvia total, pero sí la vuelve más irregular: episodios intensos concentrados en pocos días seguidos de periodos secos más largos. Ese patrón engaña. Parece que llueve más, pero el sistema no alcanza a absorber ni a guardar.
El resultado es doble: inundaciones en el momento y escasez semanas después. Por eso, cuando hoy reaparecen señales de sequía en Veracruz, no estamos ante una anomalía inesperada, sino ante la continuación de un problema no resuelto. Creímos que había terminado porque confundimos un buen ciclo con una solución. Porque leímos la superficie y no la estructura.
La lección es directa. La seguridad hídrica no se construye con una temporada favorable, sino con gestión sostenida: recarga de acuíferos, infraestructura eficiente, control de extracciones y planificación del uso del suelo. Sin eso, cada periodo de lluvias será apenas una tregua. La sequía no se fue. Solo dejó de verse por un tiempo. Y ese es, precisamente, el riesgo mayor. En Veracruz, la evidencia vuelve a imponerse.






