Mientras el Mundial 2026 reparte titulares de fiesta global, también revela, sin proponérselo, el mapa de quién necesita fuerza para sostenerse y quién no. En Nueva York y Nueva Jersey, agentes del ICE y de la Guardia Nacional dispersaron con gas pimienta y balas de goma a manifestantes que protestan contra las políticas migratorias de Trump, en las mismas ciudades que en días recientes recibían al mundo como sede mundialista. La coincidencia no es casual: el aparato de seguridad federal estadounidense convirtió la fiesta futbolística en pretexto para intensificar una represión que, con o sin Mundial, ya forma parte de la política de Estado del trumpismo. Es proto-fascismo aplicado: el disenso de comunidades migrantes —las mismas que sostienen la economía de servicios detrás del torneo— se enfrenta con armas no letales que, sin embargo, ya han dejado heridos y hasta muertos en meses recientes.
En México esa misma pulsión existe, aunque todavía no se traduzca en política pública por la simple razón de que quienes la comparten no gobiernan. La tuvo que decir en voz alta un comentarista deportivo, sugiriendo tanquetas y balas de goma contra la CNTE y las madres buscadoras “para que Reforma nunca se vuelva a cerrar”. El deseo de mano dura contra la protesta social no es exclusivo de Washington: aquí también tiene voceros, aunque por ahora solo aspiren a microondas y bots y no a un aparato federal con financiamiento.
La inauguración del Mundial en el Estadio Ciudad de México ofreció, además, una imagen que vale más que cualquier discurso. Ricardo Salinas Pliego llegó al recinto rodeado de guaruras, en medio de abucheos del respetable, y aun así su entorno insistió en presentarlo como garante de “paz y tranquilidad”. Necesitó un cordón de seguridad para pasar entre la gente que lo rechazaba. Es la imagen exacta del poder que no convence: el que requiere blindaje, humano o armado, para sobrevivir al contacto con la población.
Del otro lado de la ciudad, sin escolta visible ni alfombra roja, la presidenta vio el partido inaugural en el Deportivo Hermanos Galeana, en la alcaldía Gustavo A. Madero, junto a la jefa de Gobierno y vecinos de la zona. Su explicación fue simple: “no necesitamos codearnos arriba; lo que necesitamos es estar siempre con el pueblo, cerca del pueblo”. No hubo necesidad de blindaje porque no hubo nada que blindar.
El Mundial no inventó estas diferencias; sólo las puso bajo reflectores globales. Cuando el poder no tiene consenso, recurre a la fuerza; cuando lo tiene, sobra la fuerza y basta la cercanía. Esa es, quizás, la lección más honesta que deja esta semana de fiesta futbolera.






