Hay una diferencia entre presionar a un país y doblarlo. Presionar es diplomacia. Doblar es otra cosa: trabajar simultáneamente todos los frentes hasta que cada concesión parcial normalice la siguiente, hasta que el gobierno receptor quede atrapado entre la amenaza exterior y la narrativa fabricada desde adentro. Eso es lo que está ocurriendo con México, y ya no hace falta inferirlo — está documentado.
El carril duro lo maneja Stephen Miller, jefe adjunto de gabinete de Trump y cerebro de la estrategia de normalización militar en América Latina. El New York Times reveló que el objetivo final de la operación —después de Ecuador, después de Guatemala, después de Honduras— es México. No como destino eventual sino como objetivo desde el principio. Ecuador y Guatemala no son logros: son argumentos. Cada país que cede le dice a México que la resistencia es la anomalía.
El carril blando lo opera la red Atlas — una organización con sede en Washington que su propia literatura describe como “una fábrica de fábricas de ideas”, con más de 500 think tanks distribuidos en todo el mundo, financiados por el Departamento de Estado estadounidense y el National Endowment for Democracy. En México canalizó 1.8 millones de dólares en 2024, según su propio informe contable. Opera a través del Centro Ricardo B. Salinas Pliego— donde Atlas firmó convenio formal en 2023 —, Caminos de la Libertad, Kybernus, México Evalúa y Mexicanos contra la Corrupción, cuyo financiamiento por instituciones estadounidenses es un hecho que la presidenta Sheinbaum señaló esta mañana. La dirección latinoamericana de Atlas recae en Roberto Salinas León, primo de Ricardo Salinas Pliego. La coincidencia es estructural.
La función de ese carril es instalar narrativa, no informar. Corrupción, narcoestado, gobierno ilegítimo. Las marchas de la llamada Generación Z en México tuvieron detrás a la Fundación Libertad argentina —afiliada a Atlas— y a Javier Negre, director de Derecha Diario España, quien llegó a México en enero de 2025 por invitación expresa de Salinas Pliego para, según sus propias palabras, “expulsar a los zurdos”. El manual ya fue aplicado contra Pedro Castillo en Perú, Evo Morales en Bolivia, Lula da Silva en Brasil y Cristina Fernández en Argentina. México es el siguiente capítulo de la misma edición.
El patrón tiene historia. En los años setenta se llamaba desestabilización y requería décadas de paciencia y golpes quirúrgicos. Hoy tiene redes sociales, think tanks, fiscalías del Distrito Sur de Nueva York y directores de la DEA testificando ante el Senado estadounidense. Los instrumentos cambiaron. La lógica es la misma.
Lo que los arquitectos de la operación no han incorporado en sus cálculos es que México no es Ecuador. Es el primer socio comercial de Estados Unidos. Tiene 3,145 kilómetros de frontera sin los cuales la cadena de suministro norteamericana no funciona. Acaba de firmar el Acuerdo Global Modernizado con la Unión Europea — demostración de que tiene salida. El nearshoring convirtió a México en pieza irreemplazable de la industria estadounidense justo cuando Washington más necesitaba alejarse de China. Miller puede diseñar la cerca, pero los industriales de Ohio y Texas tienen su propio veto sobre los halcones.
Conviene recordar, además, un dato que la narrativa intervencionista prefiere mantener fuera de cuadro: el mercado de las drogas que justifica toda la operación es estadounidense. La demanda es gringa. Los dólares del narco salen de ciudades americanas. El fentanilo mata en Ohio, no en Culiacán. Responsabilizar a México de abastecer un consumo que Washington no ha podido ni querido contener es, en el registro más generoso, una incongruencia. En el más preciso, un pretexto con uniforme de cruzada.
Y luego está lo que ningún carril puede comprar ni fabricar: el orgullo de ser mexicano. Las encuestas, en todos los ciclos políticos y en todas las regiones del país, registran de manera consistente que la abrumadora mayoría de los mexicanos siente orgullo profundo de su identidad nacional. No es retórica de gobierno ni producto de la mañanera — es sedimento histórico, es calle, es mercado, es milpa. Una operación puede financiar think tanks, puede mover hashtags, puede cercar a los vecinos. Lo que no puede es convencer a un pueblo de que es lo que no es. Ahí, en esa resistencia cultural que no requiere decreto ni organización, la ingeniería del doblegamiento se estrella.
Xi Jinping lo calibró en segundos. Cuando la delegación Trump desfiló ante él en Beijing el 14 de mayo, el presidente chino pausó frente a Stephen Miller y le sostuvo la mirada el tiempo suficiente para que el mundo entero lo notara. Fue un reconocimiento: sé quién eres, qué representas y hacia dónde apuntas. México lleva meses diciéndole exactamente lo mismo al mismo interlocutor, con menos ceremonial y la misma precisión. La soberanía es la respuesta disponible ante quien confunde presión con derecho — y México la tiene más arraigada que ningún otro país de la región, porque pagó por ella con su historia entera.
*Es Cosa Pública
