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El eje que cambió

En menos de una semana, el presidente de los Estados Unidos y el presidente de la Federación Rusa aterrizaron en Beijing para sentarse frente Xi Jinping. Sólo eso es una declaración geopolítica más elocuente que cualquier comunicado conjunto.

Trump llegó primero. No hubo declaración conjunta, no hubo acuerdo firmado, no hubo el tipo de arquitectura protocolar que acompaña a los encuentros donde algo se cierra. Fue una visita de tanteo, de lectura mutua, de establecimiento de condiciones no enunciadas. Después de más de 5 mil años de civilización, China sabe recibir sin conceder; Trump llegó buscando tierras ricas y se fue con fotografías. Días después llegó Putin. El contraste en el trato no fue ostensible, pero el orden sí importa: primero el adversario estratégico, luego el socio estructural. La secuencia comunica jerarquías sin necesidad de declararlas.

El número de reuniones entre Xi y Putin supera las 40. Con Trump, en lo que va del segundo mandato, van dos: la primera durante la reunión de APEC en Busan, y ahora esta en Beijing. Esa asimetría es la radiografía de dos tipos de relación completamente distintos. Con Rusia, China construye desde hace años una interdependencia deliberada; con Estados Unidos, China administra una negociación permanente. La diferencia entre construir y negociar es la diferencia entre construir una casa con cimientos y acampar. Y en ambos encuentros con Trump, el que se movió fue él.

Parte de la explicación de esa densidad ruso-china se encuentra debajo de la tierras de Siberia. El gasoducto que la atraviesa conecta los campos energéticos rusos con el mercado chino no es mera infraestructura: es una cadena de interdependencia deliberadamente construida a lo largo de años. Rusia necesita el mercado chino desde que Occidente cerró el suyo; China necesita el gas ruso para sostener una industrialización que ninguna transición energética ha podido reemplazar todavía. El gasoducto es el símbolo material de por qué Xi y Putin se reúnen cuarenta veces y no dos.

La otra palanca es subterránea en sentido distinto. China controla el 60% de la producción mundial de tierras raras, el 90% de su refinamiento y el 94% de la manufactura de imanes permanentes: los materiales sin los cuales no existen misiles de precisión, vehículos eléctricos, turbinas eólicas ni chips avanzados. En abril de 2025, cuando Trump escaló los aranceles, Beijing activó ese arsenal: impuso licencias de exportación sobre doce de los diecisiete minerales del grupo. Trump cedió. Lo que la Casa Blanca presentó en Busan como un compromiso chino de “eliminar efectivamente” los controles resultó ser, seis meses después, una suspensión temporal con fecha de vencimiento en noviembre de 2026. La infraestructura de restricciones permanece intacta. Trump fue a Beijing a negociar y regresó con una prórroga.

Trump además llegó a Beijing mientras conduce una guerra. Necesitaba que China no la saboteara: que no vendiera armas a Teherán, que no bloqueara sanciones, que no usara los canales financieros que mantiene con Irán para neutralizar la presión occidental. Fue a pedir neutralidad activa en un conflicto que él mismo abrió, con las manos ocupadas y el margen reducido. Xi escuchó. Esa condición transforma el significado de la visita: no fue una cumbre entre iguales sino una gestión de daños con protocolo de Estado.

Por debajo de todo esto corre un proceso más lento y más definitivo. El comercio entre China y Rusia se realiza crecientemente en yuanes. Lo mismo ocurre con buena parte del intercambio chino con el Sur Global. El dólar no ha colapsado, pero su monopolio se erosiona. Cada gasoducto, cada acuerdo en yuanes, cada banco de desarrollo alternativo es un ladrillo en una arquitectura financiera paralela que no necesita confrontar al sistema occidental: solo necesita crecer.

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