Intertextos
Todo inició en Ventorrillo
José Miguel Naranjo Ramírez
Editorial Musa (2025)
Juan Fernando Romero Cervantes
El libro tiene muchas lecturas: puede tratarse de un documento de etnografía tipo Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis, de una crónica internacional del futbol, de un documento sociológico con tintes políticos e históricos del fin del siglo XX y principios del XXI, del estudio de la dinámica vital de la personalidad de Marcel, por lo que es también un documento para ser estudiado por el psicoanálisis, y al mismo tiempo y sobre todo, es una crónica novelada donde lo divertido es –si eres un lector veracruzano– identificar personajes y paisajes; o sólo imaginarlos, si eres un lector ruso o francés. Y, por cierto, la influencia de los escritores rusos del siglo XIX palpita en el texto de Marcel, destacando entre ellos la autobiografía de Máximo Gorki.
La sensibilidad literaria de Miguel Naranjo es frondosa, regada por una memoria excelente y nutrida por sus pasiones terrenales: el futbol y el amor; es un Proust tropical de la cuenca del Papaloapan que nada en un presente descriptivo entre las orillas de la objetividad y la subjetividad, no se trata sólo del hilo narrativo que se desenreda en la memoria, sino del marco real donde su historia tiene lugar: Marcel Limón no inventa, describe la geografía rebautizada, la vida cíclica de un pueblo que se repite a sí mismo, es el Marcel que navega en las aguas del recuerdo y no aprende de, sino que “enseña” a Heráclito: a veces, las aguas son las mismas en los espejos de la memoria.
Y sí, la historia empieza en Ventoriillo: hay una música atrás del relato, una nostalgia que salta de pronto, un grito callado. ¿Por qué hay tristeza aquí? Este río de recuerdos, ¿a dónde desemboca?
Al mismo presente fugaz que se convierte en memoria, como las piedras que arrastra ese mismo río que va hacia el mar del futuro.
¿Dónde detenerse? ¿En qué capítulo de su vida, de nuestra vida? ¿Con cuáles recuerdos quedarnos? Las piedras-recuerdos se pulen con el tiempo, ¿con qué presente del relato nos quedamos?, ¿con qué pasión se queda el autor?
Dentro del flujo de esta novela que transcurre en las dos últimas décadas del XX y las dos primeras del XXI, hay una singularidad que se mueve y destaca en ese flujo social que lo envuelve. Es una sonrisa que sobresale, que se hunde y se levanta, es una voz no que repite, pero sí crea.
En el texto se imita la voz del escritor-lector, autor-personaje, la voz única y repetida de la magia de la literatura que es luz y sombra de ayer y hoy, paisaje interior que estuvo fijo algunos años en la mente de nuestro autor, en tanto Marcel se emproustese a sí mismo en busca del tiempo perdido para trazar sus propios caminos, sembrándolos, labrándolos y viviéndolos en la letra y a la letra de su memoria, construida con sus propias palabras y que se va llenando de sus personales sentidos que laten en cada página.
El erotismo de Marcel expresa una sensualidad natural que no está reprimida sino alimentada por la sangre apasionada que aquí en el trópico hierve. El otro Marcel, Proust, escribió: “Dejemos a las mujeres bonitas para los hombres sin imaginación”. Es parte de esa sensibilidad que le es propia a “nuestro” Marcel y que emerge en muchos párrafos de la novela con una especie de luz que ilumina el torrente léxico, con islas de alegría y tristeza que la gritería del futbol no ahoga.
Marcel relata lo que Miguel vive, Miguel no es una especie de conciencia del primero, sino es su conciencia, y permite a nuestro héroe expresarse con o sin censura, con o sin sentido: reúne las voces de sus amigos múltiples con el tango, las cervezas con el fut, la política incipiente con Platón, la inocencia con el poder: Marcel, a quien le es permitido oler y tocar, relata una comedia humana no de Balzac, sino local, que va lentamente madurando con las letras universales y con la filosofía, con la amistad y el amor, con la aceptación de que el balompié y sus voces pueden llenar periódicamente los meses con gritos y decepciones: los ciclos de nuestra cultura jarocha dan vueltas mientras aprendemos a leerlos, mientras alguien nos escribe. ¿Quién es el héroe o la heroína de nuestra historia: Marcel, Miguel, Proust, una dama (usted escoja)?
Creo que el verdadero héroe es el lenguaje literario, por cierto, una versión no artificial de la inteligencia que usa las herramientas literarias con el sentido humano, con los sentidos humanos que, gracias a la jugosa memoria del autor, compartimos con gusto sus lectores.
Marcel resalta la importancia realista de los ciclos y su proceso evolutivo que a veces no se cumple: México no ha logrado ser campeón mundial de futbol. Por eso me parece mejor lo que he denominado como la “ovohistoria”, es decir la modificación literaria de los aburridos hechos históricos cuando la flecha del tiempo no da en el blanco.
Resulta entonces muy curioso que el mecanismo del mundo es igual al mecanismo de la literatura y entonces –todos– escribimos no historia, sino novelas, como por citar un solo ejemplo el de Fernando del Paso con las Noticias del Imperio y hay que tener cuidado de que nuestros científicos quieran corregir esta narración.
Porque si saltamos a la Historia con mayúscula, la tenemos también en la que relata Marcel: la del estado de Veracruz en el triángulo formado por la Atenas Veracruzana, la Ciudad de los Caballeros y aquel pueblo que recuerda al de Don Quijote donde la memoria sí quiere acordarse, que emerge como una isla en el río Papaloapan y que subsiste gracias al comercio vecinal, siguiendo una pauta de siglos que fluyen por esas aguas llevando los frutos del mar al mar, haciendo escalas aquí y allá, y levantando con su esfuerzo la economía de la región sur del estado, al tiempo que hacen –no escriben– historias como las que nos cuenta Marcel con sus muchachas en flor y sus simpáticos amigos, así como de sus hermanas, hijas de un padre Don Máximo y una madre Doña Perfecta, al tiempo que todos, zapatean la música, ríen, y aman.
En este orden de la realidad que es una de las ricas vetas de la literatura veracruzana, y con mayor patrimonio que su comercio material, gracias a autores como Miguel Naranjo en obras escritas por los jóvenes de estas regiones que se han ido –y se van– a estudiar a la Atenas Veracruzana, misma que alimentará la ilusión con la que Marcel creció: es esta fuente griega que los convierte para siempre en adultos propensos a la lectura, a la música, a la pintura. Las letras ahí están, invitándonos a vernos en nuevos espejos: la magia de la literatura consiste en convertir la vida en palabras. Todos vivimos novelas que nos contamos a nosotros mismos y confundimos con la realidad.
Las palabras son los ropajes con los cuales nos vestimos todos los días para presentarnos, para hacernos presentes con la demás gente, para identificarnos con ellos en la superficie social, son nuestro vestido.
Los nombres también son etiquetas –mera ficción–, no sólo sociales que nos identifican con una familia, sino, sobre todo, identidades culturales.
La literatura es un pasatiempo, un juego de la mente, un juego personal entre el escritor y el lector o sus femeninos En el fondo, el pensamiento y las historias que nos platicamos uno al otro o una a la otra nos parece que son el escenario –como escribió Shakespeare– donde aquellas formas superficiales tienen lugar en el tiempo y en el espacio:
Nos contamos cuentos entre nosotros y hacemos novelas, o mejor, vivimos novelas que confundimos con la realidad. Pensamos que vivimos, pero sólo nos escribimos y nos leemos. A veces, también, nos soñamos…
“Cada lectura es una aventura” escribe Marcel: libros que lo nutren más que los terrestres alimentos en este archipiélago, mariposas que comunican a las islas de la verdad con las de la fantasía en la riqueza de la multiculturalidad de la región, donde el campeón hasta ahora ha sido la lengua castellana, claro dirigida la orquesta por los maestros latinoamericanos de Marcel: Vargas Llosa, García Márquez, Alejo Carpentier, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Ricardo Garibay y muchos más; es decir, se trata de un español no ibérico, sino propio de nuestra historia y más enriquecido por la variedad natural del paisaje tropical que despierta pasiones futboleras que van desde el calor del Papaloapan al calor de Ipanema: el futbol se juega con el misma ardor. Pero, curiosamente, las reglas son iguales para todos.
¿Por qué se inicia en Ventorrillo? Una palabra propia del imaginario popular ibérico, asociada a la sencilla vida rural que relata la literatura del Siglo de Oro español con Cervantes y Lope de Vega, quienes se acercan, divertidos, a esta fuente literaria, los ventorrillos, los puntos de intersección comercial que muestran su entretenida y comediante vida interna, como las que nos relata el Quijote en sus andares donde se detiene para ensanchar la panza y escuchar los cuentos y chismes locales que adoptará en su historia novelada, como Marcel.
Marcel no tiene tan buena memoria, pero Miguel si, y le recuerda que les está contando la historia, haciendo una referencia tangencial a Cervantes dentro del Quijote al comentarle a Sancho que alguien más escribe sobre su personaje y las aventuras de Alonso Quijano son las de Marcel.
La literatura es un juego de espejos donde el autor a la vez se ve a sí mismo y se pierde en su multiplicación-ficción. En este reflejo nos vemos a nosotros mismos como hubiéramos querido ser, no como somos. No es ciencia, sino ficción conducida por la aspiración, por el deseo…
La apertura de los sentidos en la adolescencia de Marcel esta conducida no sólo por la realidad que toca y que huele, sino por la memoria colectiva donde él nació y aprendió a ser humano. En nuestro caso, un ser humano con el cual nos podemos identificar o rechazar. Se repiten las imágenes como en el Espejo de Alicia y lo que ella encontró allí, de Lewis Carroll.
Como cité al principio, sale a la luz la materia del sicoanálisis (tema citado por el aprendizaje de Marcel): en estos espejos saltan Sigmund Freud, Jaques Lacan, Otto Berdiel Rodríguez (a quien a continuación cito), aparecen como genios innombrados en el texto: la conciencia abierta, donde “el espejo no es sólo superficie, sino lenguaje. Entonces uno escribe… Hoy me miro y me reconozco… Así pasa: el cuerpo habla cuando uno aprende a escucharlo. Y los actos cotidianos, esa suma de repeticiones, de pequeñas fidelidades, terminan por decir lo que las palabras callan: que somos, al fin, lo que somos capaces de sostener día tras día”. Entonces aparece en escena Albert Camus junto con el profesor de primaria que creyó en su genialidad, y con el gusto por la unión social que significa el futbol, y también, como en El extranjero, el extraño en la pluviosilla.
Ese juego de espejos de la literatura es también un laberinto de cuentos, donde nos dice Naranjo que dijo Vargas Llosa, “los temas nos elijen a nosotros” –y no al revés, como los escritores suponemos– como sucede con Hernán Lara y Miguel de Cervantes, que nuestro Miguel relata.
El presente de Marcel cambia, se contrae en sus insomnios, y se expande mundialmente cuando participa en el fut que arrastra a los fanáticos a una guerra suave, a una confrontación pareja que unifica al globo, más allá de las preferencias locales y nacionales, y también más allá de la literatura demasiado encerrada en sí misma.
La mirada crece, palpita cada cuatro años con un ritmo global no ajeno a Ventorrillo, una ilusión cíclica de gran parte de la humanidad: el presente desaparece junto con la filosofía para vivir un sueño colectivo.
Xalapa, Ver. 5 de marzo, 2026.






