Esta fotografía pasará a la historia como el principio del tránsito que vive el mundo del siglo XXI. Tiene todos los elementos que signan el tiempo y el espacio: instante y continuum. Su resonancia simbólica comienza con la cifra eso (ex) sotérica: Tres.
En la tradición cristiana occidental la trinidad glosa la profundidad de las épocas. El hijo, el padre y el espíritu santo. Si se percatan la triada fundadora no es binaria en lo genérico: son dos varones (el padre y el hijo) y el espíritu santo es una paloma, ahora reemplazada por un halcón.
La composición nos enseña en primer plano un escritorio vacío de papeles o cualquier indicio de trabajo en el buró Cratos, limpieza sobre las grecas labradas en la madera, para lo que vino el padre del hijo, niño en juego verbal con el espíritu, el ave que se distingue por la velocidad y la caída fulminante en su ataque aéreo. Está el padre, en plenitud, jovial y bien formado, con la gorra donde se escribe su mandato, amando con orgullo a su hijo, el Futuro Jefe del Mundo que, cuando él crezca y tenga la edad de su padre (no ya del Abuelo Espíritu) será en él Grande otra vez América. Y en plano final está la transparencia de un jardín entre dos banderas con las estrellas que el padre con sus naves conquista.
Si nos detenemos en el rostro del halcón nos satisface su absoluta y perpetua seguridad, sonrisa socarrona que mira al vástago al que le heredará el reino. (Lorenzo León)






