Dinero Tropical
Uno de los grandes problemas históricos de México, como bien sabemos, es la pobreza. Una pobreza que no se explica por el tamaño de nuestra economía: actualmente ocupamos el lugar número 12 entre las economías más grandes del mundo. El nuevo gobierno, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, aspira incluso a colocar al país dentro del “top ten” global. Sin embargo, el 36% de la población sigue viviendo en condiciones de pobreza. Es un dato duro: de cada 10 mexicanos, casi 4 son pobres.
Esta realidad plantea dos grandes retos.
El primero es la distribución de la riqueza. Es decir, cómo se reparte el pastel. México no es un país pobre, pero sí uno en el que la riqueza está concentrada en pocos. Distribuir mejor significa impulsar programas sociales para los más vulnerables, fortalecer el salario mínimo e invertir en infraestructura y servicios públicos que generen empleo. Todo esto con el fin de que el crecimiento no beneficie solo a los más ricos, sino también a la base de la pirámide, donde se concentra gran parte de la población en pobreza.
Pero este texto no se enfocará en el problema de la distribución. Me concentraré en el segundo gran reto: la recaudación.
Para redistribuir ingresos, primero hay que tenerlos. Y es ahí donde existe un amplio margen de mejora. Se ha insistido —con razón— en la necesidad de una reforma fiscal que aumente los ingresos del Estado y permita financiar programas sociales y proyectos estratégicos. No obstante, el gobierno ha evitado, al menos por ahora, una reforma profunda, apostando en cambio por mejorar la eficiencia en áreas clave.
Y creo que tiene sentido.
Algunos ejemplos de estas áreas son las aduanas y el combate al lavado de dinero. En las aduanas se están implementando reformas para hacer más eficiente la recaudación. En el caso del lavado de dinero, la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) ahora cuenta con una nueva Dirección General Especializada en Organizaciones Delictivas, que puede recuperar recursos que antes se esfumaban por la corrupción y las prácticas criminales.
En finanzas personales existe una regla de oro: gastar menos de lo que se gana. Y para lograrlo, hay dos caminos.
El primero es hacer recortes grandes. Si pagas una renta de 8 mil pesos, mudarte a una de 4 mil puede hacer una gran diferencia. Lo mismo aplica para gastos como autos, vacaciones o deudas: reducirlos o evitarlos puede mejorar de inmediato tu salud financiera.
El segundo camino es más lento y menos vistoso: eliminar los gastos hormiga. Son pequeñas fugas de dinero que ocurren todos los días —un café, una suscripción, una compra impulsiva— y que, aunque parecen inofensivas, al acumularse terminan afectando tu bolsillo. Lo bueno es que tienen soluciones concretas y relativamente fáciles de aplicar.
En el gobierno pasa algo similar. Se están tratando de cerrar esas “fugas” en distintas áreas de la administración pública. El proceso es lento, molesto y, sin duda, toca intereses que se han vuelto costumbre. Pero es necesario. Requiere un trabajo progresivo y constante para corregir ineficiencias y eliminar prácticas corruptas que se habían normalizado por décadas.
No olvidemos un dato clave: mientras que en los países de la OCDE la recaudación tributaria representa, en promedio, el 33.9% del PIB, en México apenas alcanza el 17.7%. Acercarnos a ese promedio no se logrará de un día para otro, ni únicamente con grandes reformas. También se necesita ir cerrando esas pequeñas válvulas por donde se escapan los recursos.
Este segundo camino no sustituye la necesidad de una reforma fiscal estructural. Pero sí puede ayudar a que, cuando llegue el momento, los cambios no tengan que ser tan drásticos. En la medida en que mejore la eficiencia y se cierren las fugas, será más fácil construir un sistema fiscal justo y sostenible.






