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Fabricantes de atmósferas

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La presidenta Claudia Sheinbaum volvió a referirse en la mañanera a la circulación y amplificación de versiones falsas o distorsionadas sobre México, señalando el papel de medios internacionales como CNN y The New York Times en la resonancia de determinadas narrativas. El terreno en disputa es el clima donde una sociedad interpreta su realidad política, económica y social.

Durante años se asumió que la manipulación informativa era instrumento exclusivo de regímenes autoritarios o aparatos estatales de propaganda. El siglo XXI modificó el paisaje. Hoy la disputa principal la libran corporaciones mediáticas, plataformas digitales y grupos empresariales capaces de producir percepciones permanentes sin necesidad de censurar ni ocultar nada.

Una mentira puede circular simultáneamente por redes sociales, televisión, prensa escrita y medios considerados fuentes de credibilidad. La repetición la convierte en verdad social antes de cualquier verificación. La percepción desplaza los hechos. Una vez instalada, resiste incluso la evidencia: opera como convicción emocional, inmune a la rectificación.

La pregunta sustantiva es quién se beneficia cuando determinadas narrativas negativas buscan instalarse como percepción dominante sobre México y sobre el proyecto político de la Cuarta Transformación. Existe una convergencia visible entre sectores conservadores nacionales, plataformas digitales y espacios mediáticos internacionales interesados en fijar una imagen específica del país y de su proceso político.

La mecánica es simple. Una versión aparece, es amplificada, comentada y convertida en atmósfera. Cuando después llegan los desmentidos —a veces incluso desde organismos estadounidenses— el efecto ya ocurrió. La lógica algorítmica acelera el daño: las plataformas premian intensidad emocional y velocidad. La acusación circula; la rectificación llega tarde y viaja menos.

La referencia presidencial a CNN y The New York Times adquiere ahí su verdadero peso. Funcionan como plataformas de resonancia simbólica internacional. Cuando determinadas versiones encuentran eco ahí, alcanzan el rango de percepción validada.

El problema rebasa el territorio digital. Las hemerotecas quedarán como registro de una época en que parte de los grandes medios se convirtieron en plataformas de narrativas interesadas y fabricantes de clima político. Lo confesaron sus propios operadores. Jorge Castañeda describió campañas sustentadas en menciones “ciertas, medio ciertas o falsas” mientras fueran eficaces. Carlos Alazraki fue todavía más directo: “mientras más mentiras des contra Morena mejor te va”. Era la descripción del método.

Frente a esa dinámica, la oposición de derecha disputa permanentemente la percepción pública mediante narrativas de desgaste, mientras la presidenta mantiene la iniciativa estratégica y fija el centro de gravedad informativo desde la mañanera y la presencia territorial. La conferencia diaria obliga a actores políticos y mediáticos a moverse alrededor de una agenda definida desde el gobierno. La presencia en territorio ancla el proyecto político en experiencias concretas, irreductibles a cualquier administración algorítmica.

Por eso ambas son también los blancos preferentes de quienes producen esas narrativas.

La disputa alcanza también la memoria futura del presente.

Quienes fabrican atmósferas lo entienden perfectamente: quien pierde el control de su relato pierde dos veces, en la percepción inmediata y en la historia. Frente a esa disputa, el silencio equivale a la rendición.

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