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Trump: sistematización de la mentira

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Durante su participación en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), el expresidente Donald Trump reiteró la amenaza de llevar a cabo la deportación de inmigrantes más grande en la historia de Estados Unidos si gana las elecciones de noviembre próximo. Tras asegurar que no es agradable decirlo y odia expresarlo, dio un salto en su retórica racista al afirmar que no hay otra opción porque los solicitantes de asilo están matando a nuestra gente; están matando a nuestro país, están matando a nuestra gente. Completó la diatriba expresando a su auditorio que están llegando al territorio estadounidense millones y millones de personas directamente desde cárceles, instituciones mentales y manicomios. Según dijo mediante una referencia a una célebre película, en esos últimos sitios se interna a pacientes que practican formas extremas de tortura e incluso el canibalismo.

El discurso de odio y las aseveraciones carentes de cualquier sustento han sido un elemento central en el repertorio del magnate para azuzar a la ultraderecha que constituye su voto duro y le es fiel sin importar sus dichos o acciones. Estos ataques, que se han ido naturalizando desde su irrupción en la política en 2015, recobran su peligrosidad ante las altas probabilidades de que consiga hacerse con la nominación presidencial del Partido Republicano, así como por las posibilidades que le otorgan las encuestas para obtener revancha sobre Joe Biden y regresar a la Casa Blanca el año entrante. Ayer mismo, se hizo de una victoria importante en términos tanto prácticos como simbólicos tras derrotar de manera contundente a Nikki Haley en Carolina del Sur, estado donde ella nació y de la que fue gobernadora de 2011 a 2017. Haley, quien fungió como embajadora ante la ONU bajo el gobierno de Trump, es la única rival que no se ha bajado de la contienda tras una cascada de declinaciones de aspirantes que no lograron convencer al electorado conservador de ser una alternativa preferible al expresidente.

A lo largo de los últimos ocho años, Trump se ha convertido en el máximo explotador de la posverdad, forma de discurso en la que los bulos se esparcen sin ningún cuidado por brindar datos que los sostengan o los revistan de credibilidad, pues la distinción entre lo real y las invenciones pierde toda relevancia. De este modo, un hombre que culpa a los migrantes de envenenar la sangre estadounidense dice que su rival demócrata está rodeado de fascistas. Un hombre que exigió a un funcionario alterar los resultados electorales a su favor (sólo quiero encontrar 11 mil 780 votos, dijo al secretario de Estado de Georgia, responsable de la organización y calificación de los comicios en la entidad), e incitó a una horda de sus fanáticos a asaltar la sede del Congreso, afirma que la democracia estadounidense se encuentra al borde del colapso por los intentos de hacerle rendir cuentas por sus crímenes.

Las manifestaciones deshumanizantes de ayer recuerdan la urgencia de dar con las herramientas sociales e intelectuales para combatir una retórica basada en falacias y en apelaciones a los instintos más primitivos y agresivos de la sociedad. El crecimiento de la xenofobia en Estados Unidos, aunada a la ubicuidad de las armas de fuego y el culto a estas que profesan muchos de los grupos antimigrantes, representa un caldo de cultivo para desastres que podría empequeñecer las masacres motivadas por el racismo que ya han tenido lugar en ese país, por lo que es inadmisible normalizar el uso de expresiones fascistas en la arena política.

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