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¡Y arriba yo, mis apás y Tenochtitlan!

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Por Bicky Ramírez.

Ponga en su lista de reproducción “La cumbia de los toquecitos” y lea con atención:
Julio 2017. Me encontraba con mi amiga la Sac en una pequeña cafetería, ubicada en una zona “hípster” del centro de Madrid, en España. Íbamos a tomar el desayuno.

Sac aprovechó para poner a cargar su celular y lo dejó encima de mi mochila. Ella me pidió que de favor cuidara de su teléfono, mientras ella esperaba sus alimentos en la barra de la cafetería. Yo accedí con gusto. Minutos después un chico entró al lugar y se acercó a mi mesa. Entre balbuceos y señas el joven intentaba decirme algo.

Yo le contesté en repetidas ocasiones «no te entiendo”. Aquella situación me comenzaba a poner incómoda, sin embargo, el chico seguía insistiendo entre ademanes y balbuceos extraños… al momento que intentaba llevarse el celular de Sac, cubriéndolo con un pedazo de papel.

¿Te cae que este valedor está intentando robarme? ¿A mí? ¿A una mexicana? Me autodije con mi prejuiciosa mente.

Muy molesta le arrebaté la hoja de papel. Sin querer le lastimé la mano con un tenedor de plástico con el que me estaba comiendo mi ensalada. Entonces el chico muy indignado y con acento madrileño me dijo:

  • ¡Coño! ¡que me has pinchado el dedo!
    Sorprendida por aquella respuesta, con mi particular acento ñero le respondí:
    ¡Mira nomás! ¿¡No que no hablabas güey!? ¡Me quieres robar el celular, cabrón!
    El chico me miró sorprendido. Se dio la vuelta, tomó las sobras de un pastel de otra mesa y se fue. Cuando la Sac regresó le conté lo que había pasado. Ella soltó una carcajada y se rio durante todo el día por la forma tan mexicana en la que salvé su celular.

Ha pasado mucho tiempo desde aquella anécdota, la cual publiqué en Facebook y me encontré escrita en un viejo cuaderno. De aquel viaje he olvidado muchas cosas, pero algo que no he olvidado es la emoción que me recorría en el cuerpo por saber que conocería cosas y lugares diferentes. Algo así como los nervios, pero no de miedo, sino nervios de los bonitos; de esos que sabes que te van a traer experiencias para contar, pero que te resistes a aceptar y te autosaboteas porque crees que no lo mereces ¿te ha pasado?

Ahora estoy en Tijuana, tomando clases en otra universidad. Cuando a lo lejos veo el muro que divide México con EUA, es cuando me cuestiono ¿en qué momento tomé la decisión de llegar hasta aquí? Luego recuerdo que fueron las circunstancias las que me obligaron a salir de mi zona de confort. Las que me orillaron a perderme porque necesitaba volverme a encontrar. Aunque también tenía muchas ganas de vivir cosas nuevas, ¡quien quita y rescato otro celular!

Me ha costado mucho aceptar que la vida es un cumulo de experiencias y que las cosas no siempre salen como uno espera. Por eso digo que mi vida es como un taco campechano: trae de todo un poco, momentos felices, tristes, enojos, preocupaciones etc. Eso es lo que le ha dado sentido y sabor a mi cotidianidad. Solo imagina lo precioso que puede ser arriesgarse, que te des un chingo de trancazos, tropezones, que lloras mucho y ya luego todo sale bien. No es que sea pesimista, soy una optimista bien informada y con harta conciencia de clase. (Esas frases son del poeta Mario Benedetti, pero las modifiqué un poquito). Siéntase afortunadx si usted tiene el privilegio de cambiar su destino, recuerde que todo es cuestión de clase.

Por eso le deseo un otoño nostálgico y metafórico, lleno de mudanzas, nuevas experiencias campechanas y mucha incertidumbre por saber qué florecerá de sus ramas vacías. Que tenga la dicha de contar nuevas anécdotas. Mientras tanto, me tomaré el atrevimiento de desearle a la Bicky del futuro mucha paz y seguridad para conquistar nuevos territorios. Mucha risa, diversión y una que otra sacudida de cabeza por si me quiero salir del huacal. Que tenga muchas anécdotas para escribir y berrear en las borracheras.

Y desde Tijuana, su servidora les saluda con un emotivo, caluroso y sudoroso: ¡Y arriba yo, mi apá, mi amá, la chona y Tenochtitlan!