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Lo que cuentan los que llegaron de fuera

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Un youtuber árabe subió un video contando que antes de viajar a México le advirtieron de todo: que no caminara solo, que no confiara en nadie, que tuviera cuidado a cada paso. Llegó con esa lista de precauciones memorizada. Lo que terminó narrando, cámara en mano y visiblemente conmovido, fue otra cosa: una calidez que no esperaba encontrar, una gente que lo trató como si lo conociera de toda la vida, una ciudad que no se parecía en nada a la que le habían descrito antes de subirse al avión.

No es el único testimonio que ha circulado esta semana. Un equipo de YouTubers españoles documentó, sin guión ni producción de por medio, la fiesta que se vive en las calles desde que arrancó el Mundial: una banda tocando en cada esquina, turistas coreanos abrazados por desconocidos que minutos antes no conocían, un ruso de complexión imponente bailando al ritmo de un acordeón mientras su esposa lo grababa entre risas. En algún punto de la noche, un grupo completo se detuvo a cantarle las Mañanitas a un turista coreano que cumplía años lejos de su país. Nadie organizó eso. Nadie lo coordinó. Simplemente pasó, porque alguien se enteró de la fecha y decidió que ameritaba una canción.

Estos relatos tienen un valor que no tiene ningún comunicado oficial: no los produjo nadie con interés en quedar bien. Los grabó gente sin compromiso con la narrativa de ningún país, y el visitante árabe llegó incluso precondicionado a desconfiar. Cuando la realidad desmiente la advertencia con esa contundencia, el testimonio pesa más que cualquier estadística de percepción.

Pero conviene preguntarse de dónde sale ese ánimo, porque atribuirlo sólo al torneo sería quedarse en la superficie. El Mundial detona la fiesta. No la origina. La gente que abraza al extraño en una esquina de Guadalajara es la misma que llegó a su casa esta semana con un salario que, por sexto año consecutivo, creció por encima de la inflación: el salario mínimo general pasa de 88 pesos diarios en 2018 a 315 pesos en 2026, un incremento que ya no depende únicamente del ciclo económico sino de un mecanismo de recuperación de poder adquisitivo incorporado por ley a la fórmula de ajuste anual. Es la misma gente que ve avanzar, barrio por barrio, estado por estado, un programa de vivienda con meta de 1.8 millones de casas para quienes ganaban entre uno y dos salarios mínimos y nunca habían tenido acceso a un crédito hipotecario ni la esperanza realista de tener patrimonio propio. Es la misma gente que vio sus derechos sociales —pensión universal para adultos mayores, becas educativas, atención médica— elevados a rango constitucional, no como promesa de gobierno sujeta al humor del presidente en turno, sino como garantía que ningún sexenio futuro puede borrar con una firma ni con una mayoría legislativa distinta.

Esa es la lectura que conviene poner sobre la mesa: la confianza que se respira en las calles no es sólo efecto del futbol, es síntoma de un país que percibe, con datos de por medio, que su condición material mejora. El primer gobierno de la Cuarta Transformación enfrentó una pandemia que detuvo al mundo entero, golpeó la economía global sin distinción y obligó a cerrar fronteras, fábricas y escuelas durante meses; aun así México se recuperó antes que buena parte de sus pares en la región y sostuvo, en plena crisis sanitaria, los programas sociales que otros gobiernos suspendieron por falta de margen fiscal. Ocho años después, el crecimiento sostenido y la mejora salarial no son ya una promesa de campaña: son una serie de cifras que cualquiera puede verificar en el Diario Oficial de la Federación, en los reportes de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, en los avances trimestrales del programa de vivienda.

Por eso el ruso que baila, el coreano que recibe Mañanitas de extraños y el visitante árabe que llega con miedo y se va llorando de gratitud no son anécdotas aisladas del Mundial. Son la fotografía de un pueblo que, sin que nadie se lo pidiera, decidió compartir su buen momento con quien llegó de visita. México vive hoy una revolución. Y esa revolución es amorosa: es la república amorosa.