El FBI donó ayer una avioneta a un museo de Nuevo México. Es la misma aeronave, con número de serie alterado, que trasladó a Ismael Zambada García desde Sinaloa hasta territorio estadounidense en julio de 2024, tras el secuestro ejecutado por Joaquín Guzmán López. Según reveló el periodista Luis Chaparro, la agencia describió la operación como heroica y sin precedentes y la bautizó como Air Kings. El museo aclaró que no busca glorificar el crimen organizado. No hace falta: lo que exhibe no es a Zambada, es la operación que lo sacó de México sin permiso de México.
El gesto no ocurre aislado. Seis meses antes, un comando de la Fuerza Delta sacó a Nicolás Maduro y a su esposa de su dormitorio en Caracas antes del amanecer, y los trasladó a un buque de guerra estadounidense en una operación de 47 segundos. No hubo mandato de la ONU ni pretexto de legítima defensa: hubo la certeza de que la fuerza no necesita justificación cuando quien la ejerce decide que las reglas internacionales son para los demás. Maduro se declaró secuestrado. Tenía razón, y no le sirvió de nada.
Sacar a un capo de Sinaloa y a un jefe de Estado de su residencia responden a la misma premisa: Estados Unidos puede actuar dentro de otro país, sin autorización, y presentar el resultado como hazaña. La avioneta en el museo y la foto de Maduro esposado en el USS Iwo Jima no ocultan la operación, la conmemoran.
Ese mismo fin de semana, mientras Washington celebraba 250 años de independencia, cientos de integrantes del grupo supremacista blanco Patriot Front marcharon por el centro de la capital con el rostro cubierto y banderas confederadas, coreando la consigna de recuperar un país que su propio manifiesto describe como una nación que se hereda por sangre, no por tinta. La policía no reportó detenciones; el secretario del Interior, Doug Burgum, calificó la marcha de ejercicio de libertad de expresión. No es un grupo marginal tolerado a regañadientes: es síntoma del ambiente que esta administración ha normalizado, donde el nacionalismo racial marcha en formación militar el mismo fin de semana en que Washington exhibe como trofeo el instrumento de una operación de fuerza contra otro Estado.
No son hechos paralelos, es la misma gramática hacia afuera y hacia adentro. Quien se atribuye el derecho de intervenir en territorio ajeno opera con la lógica de quien se atribuye el derecho de decidir quién pertenece al propio. La proyección de fuerza sobre Sinaloa y Caracas y la tolerancia al nacionalismo racial doméstico son la expresión externa e interna de un mismo principio: ciertas fronteras y jerarquías las define quien tiene el poder de imponerlas.
México lleva dos años pidiendo que se aclare cómo fue detenido Zambada. La presidenta Claudia Sheinbaum ordenó revisar el reportaje sobre la participación del FBI y prometió postura oficial la próxima semana. Es la respuesta que corresponde. Pero la exhibición del avión ya no deja mucho que analizar: Washington no está evaluando si cometió una operación no autorizada en territorio mexicano. Ya decidió que sí la cometió, y que fue heroica.
Estados Unidos no compite ya en condiciones de superioridad frente a China: compite en un terreno donde la ventaja tecnológica, comercial y militar ya no está garantizada, y esa pérdida de margen se traduce en exhibir fuerza donde todavía puede hacerlo sin resistencia. Sinaloa y Caracas no son señales de poder, son compensación de un poder que ya no alcanza para disputarle el siglo a Beijing.
Mientras esa doctrina se exhibe en museos y se ensaya en las calles de Washington, México puso sobre la mesa otra manera de ocupar su lugar en el mundo: recibió al Mundial con una calidez que no se decreta ni se compra, aficionados coreanos lanzados al aire, plazas desbordadas de una alegría que no dependía del marcador. A Irán, obligado por Washington a instalar su base en Tijuana, le bastó esa convivencia para que sus aficionados lo adoptaran como propio —“Irán, hermano, ya eres mexicano”—, y el equipo agradeció al despedirse la hospitalidad genuina encontrada en México, en contraste con el trato denunciado en Estados Unidos. México jugó bien, perdió, y la derrota tuvo sabor a triunfo, porque lo que estaba en juego no era solamente el resultado sino el modo de recibir al otro. Esa fuerza no necesita secuestrar jefes de Estado ni exhibir aviones para demostrarse. Le basta con abrir la puerta, sentar a la mesa y dar de cenar.
Es una doctrina en modo de declive: la fuerza que se exhibe donde el poder real ya no alcanza para disputarle el siglo a China. México, mientras tanto, ya mostró de qué está hecho, y no necesita un trofeo para probarlo.
