Como si no lo alcanzara con una guerra en Medio Oriente que parece salirse de control y volar por los aires los mínimos consensos trabajosamente adoptados entre los principales participantes, y como si no tuviera bastante con el enfrentamiento con sus antiguos socios de la OTAN y con la guerra comercial con China, solo aletargada por la actual conflagración con Irán, Donald Trump ha construido un nuevo conteniente.
18 de abril de 2026 – 21:01
Desde el vigente paradigma trumpeano, este nuevo conflicto con el Papa parecería justificado: de acuerdo con el mandatario estadounidense, los llamados a la paz y al diálogo, junto con las críticas a los poderosos y al permanente recurso de la guerra sólo parecen defender al gobierno de Irán.
Pero en el enfrentamiento contra León XIV probablemente existan otros factores políticos de peso, sobre todo internos, aunque de manera ineludible, y por tratarse de la cabeza de la Iglesia católica, sus repercusiones terminen siendo universales.
Las razones de Trump se fundamentan en el voto y en buena parte del electorado del partido Republicano. Según encuestas a boca de urna de la CNN, en 2024 el líder republicano obtuvo el 59% del voto católico, frente al 50% en 2016.
A este amplio crecimiento en menos de una década debe sumarse otro dato de impacto: en 2020 Joe Biden se convirtió en el segundo presidente católico en la historia de Estados Unidos, sólo con el apoyo del 52% de los votos.
El crecimiento del apoyo católico al partido oficialista hoy está atravesando al centro geográfico del país y es especialmente notorio en algunos de los principales estados gobernados por los republicanos, entre los que se cuentan Texas y ese verdadero laboratorio político utilizado por Trump para proyectarse hacia América Latina, como es La Florida. Un factor inocultable en este aumento del apoyo católico se debe a las históricas corrientes migratorias, proveniente mayormente de México y Centroamérica en el primer caso, y del área caribeña en el segundo.
Es a partir de ese respaldo político que Trump no sólo demuestra una excesiva confianza en sí mismo, algo que de todas maneras no sorprende frente a su inmensa egolatría. En todo caso, lo más remarcable es pretender utilizar ese amplio soporte electoral para ir de frente contra aquella institución que amenaza con convertirse en una de las principales amenazas para su gestión: la Iglesia católica de los Estados Unidos.
En menos de un año de papado, el Padre Bob, como Robert Francis Prevost era conocido en la diócesis de Chicago, mucho antes de convertirse en León XIV, ha resultado especialmente crítico a varias de las políticas implementadas de la Casa Blanca.
Su principal eje es el trato dispensando por el gobierno hacia los migrantes, la política masiva de deportaciones y, especialmente, el trato violento y alejado de cualquier consideración humana seguido por ICE, la temida policía migratoria.
Junto a lo anterior, León XIV fue especialmente crítico frente a la antipatía de Trump hacia Europa y al desprecio del republicano sobre organizaciones multilaterales, comenzando por las Naciones Unidas. Su voz también se hizo sentir frente al secuestro del ex presidente Nicolás Maduro en Caracas por fuerzas militares estadounidenses, lo que fue calificado por el líder religioso como un acto de “diplomacia únicamente basada en la fuerza”.
Desde hace poco más de un mes, con el inicio de los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán y el Líbano, la relación entre el presidente y el Papa se degradó todavía más.
En varias homilías y declaraciones, León XIV se pronunció contra la guerra y a favor de la paz. Pero en estos últimos días la voz papal fue mucho más dura y enfática ya que emitió una inusual condena a la amenaza de Trump de destruir la civilización iraní calificándola, textualmente, como “verdaderamente inaceptable”.
A diferencia de las críticas vertidas por Francisco a las políticas de la Casa Blanca, las de su sucesor tienen un peso político todavía mayor, en principio, porque se trata del primer Papa estadounidense. De ahí que, a estas alturas, el encono de Trump escale a nivel personal.
El presidente trata ahora de deslegitimar el sofisticado proceso de selección papal, guiado bajo la cautela y el secretismo. Si Prevost fue elegido Sumo Pontífice no se debió ni a sus méritos ni mucho menos a la inspiración divina: por su nacionalidad de origen era el candidato ideal para dialogar con la Casa Blanca. En otras palabras, Trump se atribuyó la elección del nuevo Papa, como también se arroga la elección de presidentes en sus nuevos “protectorados” latinoamericanos. Para que no queden dudas, el mandatario de encargó de diferenciar entre los hermanos Prevost: Robert haría bien en imitar a su hermano mayor Louis, ex militar, republicano y reconocido activista de MAGA, la derecha trumpista, en La Florida donde reside. Y como si fuera poco, Trump trató además al Papa como “débil” y “terrible en política exterior” …
Los memes de Trump como si se tratara de un nuevo Mesías sólo pueden enturbiar aun más una relación maltrecha, a tono con las provocaciones recurrentes de las ultraderechas que, en sus burlas y ofensas, intentan demostrar fortaleza ocultando sus propios problemas políticos.
Lo cierto es que en poco más de un año de gobierno, las críticas y advertencias por parte de la Iglesia nunca amilanaron a Trump, quien suele responder a veces con silencios, últimamente con reproches abiertos e, invariablemente, sin alteraciones en sus decisiones y en sus políticas. Cuando la controversia amenaza con desbordarse, son los dos principales funcionarios de origen católico, el secretario de Estado Marco Rubio, y el vicepresidente JD Vance, convertido en 2019, quienes acuden en defensa de su jefe para restablecer cierto clima de concordia con la Iglesia.
Trump es sumamente consciente de esas críticas, no tanto porque provienen de la cabeza de la Iglesia, sino porque se reproducen en buena parte de la estructura de la Iglesia estadounidense. Autoridades eclesiásticas como los cardenales Joseph Tobin de Newark (Nueva Jersey), Robert McElroy de Washington y Blase Cupich de Chicago, junto con obispos y arzobispos en Los Ángeles, Filadelfia, Atlanta y Denver, son hoy algunos de los defensores de la prédica papal a favor de los migrantes y en contra de la guerra: su incidencia en el voto católico en las próximas elecciones de medio término, en noviembre, podría resultar clave para la supervivencia del proyecto político de Trump en el segundo tramo de su gobierno y, en definitiva, para la continuidad republicana en el poder luego de 2029.
Pero las derivaciones de la creciente animadversión de Trump hacia el Papa no se circunscriben solo a los Estados Unidos, generando en cambio una creciente resonancia global.
La primera ministra Giorgia Meloni es probablemente la dirigente que más cerca se ubicó de León XIV. Su posicionamiento no es casual, tratándose de su representación sobre Italia y el catolicismo y de la oposición que la guerra en Medio Oriente está causando en la sociedad europea. Pero Meloni pertenece a la misma ultraderecha finalmente referenciada en Donald Trump: su definición seguramente tendrá un alto costo político frente a Estados Unidos.
Cabe imaginar que en un corto plazo otros dirigentes europeos encuentren en el Papa a un conveniente aliado frente a la política exterior de la Casa Blanca, en tanto la guerra en Medio Oriente amenace con reiniciarse y los fuerce a adoptar renovados llamados al diálogo en la región.
18 de abril de 2026 – 21:01




