Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum convocó el domingo desde el Monumento a la Revolución a defender la soberanía frente al intervencionismo, no estaba construyendo un argumento retórico. Estaba nombrando una realidad con una lógica política precisa: la derecha mexicana, incapaz de formular un proyecto alternativo mínimamente creíble, ha optado por externalizar su apuesta. No puede ganar desde adentro, entonces busca que alguien más le gane desde afuera.
Lo que el PAN, el PRI y sus satélites tienen para ofrecer es la nostalgia por el régimen que el electorado decidió terminar en 2018 y ratificó de forma aplastante en 2024. Ese es su único programa real, aunque no se atrevan a nombrarlo. Y es invendible: las transferencias directas, el salario mínimo sostenido y los programas sociales han creado una base de apoyo que ningún partido de oposición puede prometer desmantelar sin suicidarse electoralmente. Por eso siguen siendo minoría. Al no poder construir convicción interna, buscan suplirla con presión externa.
Esa articulación tiene varios rostros: la ultraderecha estadounidense dentro y fuera del gobierno de Washington, con figuras como el asesor de seguridad nacional Stephen Miller; los gobiernos de extrema derecha latinoamericana encabezados por Javier Milei, que han convertido el ataque a los gobiernos progresistas en política exterior; y el conservadurismo europeo de exportación, representado por Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo, quienes han venido a México a hablar mal del país y su gobierno con el desparpajo de quien habla de un asunto propio.
La ofensiva es de tal magnitud que el expresidente López Obrador rompió su retiro para respaldar a Sheinbaum en una carta fechada el 3 de junio desde Palenque, en la que acusa a funcionarios estadounidenses de tramar el debilitamiento de Morena para reinstalar en México un gobierno subordinado a Washington. La herramienta privilegiada es el Departamento de Justicia, cuyas solicitudes de extradición contra funcionarios electos apuntan menos a combatir al crimen organizado que a instalar operadores extranjeros como árbitros de la política nacional. Lo que está en juego es la posibilidad de que las políticas de bienestar y la autonomía respecto a los intereses del gran capital puedan sostenerse. Eso es lo que la derecha aborigen no puede tolerar. Sheinbaum lo dijo sin ambigüedad: vienen por unos, luego por otros. La historia demuestra que ese es el método.






