Eduardo Gazok Patiño
(basada en hechos reales un hipopótamo en el Uxpanapa)
Después de manejar una larga jornada nocturna a esa hora de la mañana decidió detener el desvencijado remolque para descansar un poco, buscó una sombra amplia que permitiera refugiarse del sol aún tímido pero de intenciones inclementes, giró en una brecha a la izquierda con acceso a un terreno con árboles de mango apagó el motor recargó la nuca en el filo de la ventana y descansó las piernas y el cuerpo sobre el vinyl del asiento; con el ojo izquierdo reviró por el retrovisor y confirmó la presencia de su compañero de viaje y vida , a través de los barrotes asomaba tan opulentas narinas y un poco mas abajo algún pliegue de la piel que se desparramaba sobre hediondo aserrín.
El resto del elenco los pocos que quedaban; malabaristas, un viejo y solitario trapecista a quien ya nadie recibía del otro lado del columpio, un mago que empeñó su sombrero y al término de la última función se cenó al conejo en compañía de un tercio de payasos que además de la actuación se encargaban de cobrar el boletaje y manejar las luces ; decidieron continuar hasta llegar al próximo poblado .
Entre los árboles de mango el radio de señal intermitente balbuceaba el noticiero mañanero ,contaba a los muertos del día anterior cuál rosario, recomendaba estrategias financieras desde la capital, entrevistaba a un heroico deportista sobre sus victorias en otro continente y a un relamido diputado orgulloso de la reciente promulgación de una ley que prohibía a los circos tener animales. Fue entonces cuando abrió los ojos para escuchar los detalles, las consecuencias legales; las alternativas y los argumentos o no los escuchó o los mencionaron mientras los comerciales ofrecían descuento en depilación láser. Preocupado abrió la puerta del remolque y se preparó una taza de café soluble que acompañó de unas sardinas y un pan; para su compañero la última sandía, un poco de alfalfa no tan fresca pero tampoco tan podrida.
Ya con la tranquilidad de haber desayunado buscó noticieros a lo largo del cuadrante y todos coincidían » es prioridad del estado velar por el bienestar animal», » es responsabilidad de cada cirquero asegurar que cada animal tenga todas las condiciones para estar bien», » le pena que alcanzarán en caso de no cumplir…», todos mencionaban lo inmediato, lo fantástico que sería no ver más animales en los circos pero ¿que se haría con esos animales , de que viviría esa gente ?o no lo mencionaron o la intermitencia de la radio no permitió que se escuchara .
Los moscos ya estaban en la escena y entre angustias y zumbidos en el rostro del hombre escurrieron lágrimas y detonaron patadas sobre la lámina trasera del remolque que sobre óxido y blanco decía » Sadio el hipopótamo saltarín». Sin querer llegó el medio día y aquel hombre acabó con la última lata de sardinas ,el café lo preparó en el propio frasco para aprovechar los asientos pegados , para Sadio el resto de la alfalfa en ese momento ya más podrida que fresca y algunos mangos que le recogió del piso.
Se hacía tarde, apretó los dientes ofreció disculpas a una foto en blanco y negro en la que aparecía su padre sentado sobre un león y abatió la puerta en función de rampa – bájate cabroncito que esto ya valió madres. Sadio condicionado al sonido de la cadenas se incorporó y esperando su monótona marcha rumbo a la carpa bajó lentamente; a penas puso su última pata en el suelo el motor del remolque arrancó y se marchó.
El gigante buscó la carpa, el sonido del redoblar de los tambores, las erráticas luces que manejaban los payaso y encontró el fermento de los mangos abandonados como hipopótamos en el suelo de la huerta. Permaneció inmóvil toda la tarde.
Su vida hasta entonces en un remolque ahora tenía horizontes sin barrotes, empezó a caminar sin saber a donde sin saber a que , un tanto temeroso e incómodo por la hostilidad de los suelos libres de aserrín y el dolor en sus inexpertas patas, si bien era Sadio el hipopótamo saltarín los desniveles en la brecha eran más difíciles de sortear que el banco de metal o las vallas incendiadas que brincaba en la función .
En lugar de los tambores las ranas anunciaban la presencia de agua y uno de los pocos monos aulladores que quedaban estremecía los pensamientos de Sadio con sus rugidos; marchó entre árboles de Guarumo , ceibos y Ramones ; de pronto se dio cuenta de que sus patas las cuatro ,estaban sobre agua , era fresca: bebió. Avanzó y sintió por primera vez el roce del agua con su maltratada piel ; era tanta que no alcanzaba a distinguir el fin, Miles de cubetas juntas, agua suficiente para cubrir su cuerpo entero. Si bien era de movimientos torpes y desconfiado con el paso de las horas fue descubriendo sus talentos: podía sumergirse completo, moverse ágilmente sin dolor en las articulaciones ,sin fuetes a la espalda; incluso podía permanecer con la cara debajo del agua sin necesidad de salir a la superficie en mucho tiempo , para cuando salió el sol ya volaba dentro del agua como el hombre bala lo hacía por los aires antes de migrar para Chicago.
Con el día vinieron las aves, los tonos de verde inimaginables pero también algunas voces que no reconocía. En una de sus prolongadas Inmersiones al salir jubiloso a respirar sintió un golpe desde la grupa a la cabeza , a penas sus ojos tuvieron contacto con el exterior vio a un hombre y a un niño salir expulsados de el cayuco que lo había golpeado; Sadio sorprendido y asustado, el hombre y el niño incrédulos, asustados y mojados recuperaron sus tarrallas subieron al cayuco y remaron a toda velocidad rumbo al poblado – ¡un monstruo, un dragón, un gigante ,un hipopótamo! Gritaban.
Pocos minutos bastaron para que los 353 pobladores estuvieran al rededor o dentro del cuerpo de agua debatiendo sobre gigante visitante; fue Didier inmigrante camerunés avecinado hacia tres meses en la comunidad del Uxpanapa veracruzano quien con su truncado castellano aprendido en su paso por países de América del sur y centro américa rumbo a Nueva York quien gritó «tranquilos es solo un hipopótamo, no lo aturdan y no pasará nada malo» . Didier no era un profeta era un simple pastor de ovejas que buscaba alcanzar a su hermano mayor en los Estados Unidos, pero esta vez tuvo razón Sadio se fue integrando a la cotidianidad del pueblo: iba y venía entre casas y gallinas; nadaba y se regodeaba en la orilla o en el fondo, se alimentaba de jugosos quelites y berros silvestres, pastaba entre las vacas; su piel brillaba como nunca , ya no sangraba; sus músculos alcanzaban formas esculturales, los niños tiraban clavados desde su espalda y lo recompensaban con jugosas frutas. Sólo algún tipo del pueblo murmuraba que lo mataría para los quince años de su hija.
Ocho o diez meses después, en una visita de funcionarios estatales en campaña fue visto por una licenciada que sin dejar de usar diminutivos juró ayudar al hipopotamito, ella ya de vuelta en la ciudad emprendió tenaz jornada de solicitudes y oficios para montar tremendo operativo de rescate, consiguió que en unas cuantas semanas llegaran al lugar veterinarios, funcionarios y activistas que aguardaban el rescate del gigante. Acordonaron la zona para no exponer a la comunidad, cargaron dardos, repartieron funciones y acercaron un remolque para caballos para cargar al animal lo menos posible una vez anestesiado; recorrieron el pasador de la rampa y la tiraron sobre el lodo de la orilla. Sadio ahora llamado por la comunidad Mike que estaba condicionado al sonido de las cadenas caminó hacia la rampa recordando su monótono retorno de la carpa; los expertos sorprendidos se mantuvieron en silencio apuntando con los rifles de dardos y alguna escopeta lista para activarse en caso necesario. Mike subió al remolque y esperó una sandía que nunca llegó, tan pronto puso su última pata sobre el vehículo se cerró la puerta y arrancó. El camino duró 16 horas con paradas en restaurantes de comida rápida para que activistas, funcionarios y expertos se abastecieran y regocijaran en torno al heroico rescate. Mike a quien ahora habían nombrado Hércules esperaba en el remolque .
En una de las paradas sonaron las cadenas de la rampa Hércules que estaba condicionado a su sonido sabía que tenía que bajar pero este remolque sólo tenía una rampa a sus espaldas y el espacio no le permitía darse la vuelta; bajó muy lento e inseguro nunca había hecho su monótona marcha hacia la carpa de reversa; cuando puso su última pata sobre el gélido cemento el remolque se alejó ,se cerró una puerta con brillantes barrotes pintados de verde. Cuando amaneció las aves eran motores de carros , los ceibos y sus sombras eran de lámina y el cuerpo de agua tenía las 4 esquinas equidistantes. Los músculos de a poco se filtraron entre las grietas de la piel, las articulaciones dolían a pesar de las inyecciones de los expertos.
El deterioro se adueñó de sus días, no había ni carpas ni tambores, ni luces, ni berros, ni ranas, ni profundidades ; solo a veces un indigente con un tatuaje de bombín en el antebrazo que murmuraba con tono épico y cantante mientras pasaba por el exterior de la jaula
– » ahora con ustedes Sadio el hipopooootamooo saltarin».




