El ataque de la derecha mexicana —esa derecha aborigen que nunca salió del siglo XIX— no ocurre en el vacío. Es parte de una ofensiva digital global: una maquinaria conservadora financiada, coordinada y entrenada para impedir que los Estados recuperen capacidad social, redistributiva y soberana. Lo que ocurre en México forma parte de la misma guerra cultural que opera en Brasil, Colombia, España o Argentina: saturar la conversación con ruido, miedo y bots hasta volver tóxica cualquier política pública que beneficie a las mayorías.
Cada vez que la 4T anuncia una expansión del Estado de bienestar —pensiones, medicamentos, federalización de la salud, aumentos salariales, infraestructura— surgen patrones idénticos: actividad imposible para usuarios reales, cientos de cuentas creadas el mismo día, mensajes copiados palabra por palabra y una avalancha de etiquetas que buscan instalar la narrativa de “dictadura”, “Venezuela” o “populismo”. No es opinión: es ingeniería narrativa.
El caso de Ricardo Salinas Pliego lo demuestra. Un diferendo fiscal que en cualquier país serio sería normal fue convertido en un conflicto ideológico mediante una operación sincronizada. Al momento en que se publica una resolución judicial, se activa el primer anillo: influencers pagados, medios afines, youtubers de ultraderecha españoles y latinoamericanos. Minutos después arranca el segundo anillo: miles de cuentas nuevas, con nombres genéricos y fotos de banco producen entre 100 y 250 tuits por hora con mensajes repetidos para inflar artificialmente la percepción de “indignación social”.
Luego aparecen los bots de “metralleta”: cuentas que responden insultando, provocando y atacando a usuarios reales para crear la ilusión de polarización orgánica. A la par, TV Azteca y los canales digitales del propio Salinas difunden cápsulas y TikToks que los bots inmediatamente inflan para mover el algoritmo. Así se construye un clima político artificial: la defensa de un evasor multimillonario se presenta como clamor ciudadano.
Los panistas, sin liderazgos y sin proyecto, han visto en Salinas Pliego un posible salvavidas electoral. De ahí el coqueteo: convertir al empresario en “mártir fiscal”, un arquetipo que la ultraderecha global ha usado con Trump, Bolsonaro y Milei. Es la misma fórmula: un millonario enfrentado al Estado como símbolo de “libertad”.
Este esquema no es exclusivo de México. En Brasil se usó contra Lula; en Colombia, contra Petro; en Bolivia, contra Arce; en España, contra Sánchez. Las campañas conservadoras comparten estructura: bots, think tanks libertarios, operadores de Atlas Network, influencers radicalizados y medios polarizantes que fabrican estados de ánimo en cuestión de horas. Su objetivo no es debatir: es sabotear cualquier intento de construir un modelo social.
¿Distorsionan los bots la conversación pública? Sí. No ganan elecciones por sí mismos, pero sí moldean percepciones, crean escándalos, erosionan reputaciones y sustituyen el debate real por histerias manufacturadas. La discusión sobre salud, salarios o pensiones queda sepultada bajo capas de ruido artificial.
Lo que está en marcha es una ofensiva digital contra todo proyecto que anteponga el bienestar común al interés privado. La defensa del Estado social ya no se libra solo en la política institucional, sino en la esfera invisible de los algoritmos y las campañas automatizadas. Comprender esto es un asunto de seguridad democrática: sin una conversación pública auténtica, la voluntad ciudadana puede ser reemplazada por la repetición mecánica de miles de cuentas que ni siquiera son humanas.
México enfrenta esta ofensiva al tiempo que construye uno de los sistemas sociales más avanzados del Sur global. La tarea no es menor: blindar derechos, fortalecer instituciones y garantizar que la manipulación digital no sustituya el juicio ciudadano. Porque, en esta batalla, el adversario real no es un empresario ni un partido: es la fábrica global de ruido que busca impedir que un país demuestre que el bienestar sí es posible.






