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La explicación que nadie pidió

Ricardo Salinas Pliego compartió en su cuenta de X que viajará el resto del verano para atender proyectos en distintos países, asuntos que, según explica, ameritan supervisión personal. Cierra el mensaje informando que sus sobrinos quedan al frente del negocio, en manos de los gobiernícolas nuevos ricos del bienestar.

Nadie preguntó nada. El anuncio llega horas después del pitorreo masivo que provocó en redes sociales el episodio de “la perrita de Trump”, una mofa que recorrió cuentas y comentarios durante toda la jornada, multiplicada por usuarios que llevaban semanas documentando cada aparición pública del empresario. Salinas Pliego respondió con una explicación que nadie solicitó, una fuga anticipada y narrada en primera persona, como si el escarnio exigiera justificación pública y la justificación, a su vez, exigiera audiencia.

El gesto retrata mejor que cualquier análisis el estado de ánimo del empresario. Quien ha dedicado años a denostar al gobierno de la Cuarta Transformación, a llamar gobiernícolas a sus funcionarios desde columnas, entrevistas y la pantalla de su propia televisora, deja ahora la operación de su negocio en este país bajo la vigilancia de esos mismos gobiernícolas. La ironía se sostiene sola, no necesita ayuda de nadie para mantenerse de pie.

Conviene medir la escala del gesto. Un hombre que se presenta como magnate de alcance internacional, dueño de bancos, televisoras y equipos de futbol, decide que un viaje de trabajo amerita comunicado público, hilo explicativo y reparto de responsabilidades entre sobrinos. La fortuna no compra distancia frente al escarnio, compra megáfono para reaccionar ante él en tiempo real, frente a millones de cuentas que sólo esperaban el siguiente movimiento para continuar la burla. Cualquier otro empresario habría dejado pasar el chiste sin responder, conociendo que la respuesta alimenta lo que pretende apagar. Salinas Pliego eligió la ruta contraria, convertir el silencio en imposible y la salida del país en evento mediático propio.

El viaje llega además en un momento preciso del calendario. Salinas Pliego había aparecido días antes en el estadio Azteca durante el Mundial, exhibiéndose entre la fiesta y el reflector, buscando la fotografía que lo asociara con un acontecimiento que el país entero celebra sin necesitar su presencia. El cálculo no funcionó. El público respondió con el mismo instrumento que el empresario ha usado durante años contra sus adversarios, el ridículo organizado y viral.

El tuit no se agota en el anuncio del viaje. Salinas Pliego adelantó también su intención de apropiarse del fenómeno del pato “Merlín”, el ave que se convirtió en símbolo espontáneo del Mundial, mediante un reportaje a la madre y el hijo dueños del animal. El movimiento confirma un patrón conocido en su operación mediática, capturar lo que nace popular y espontáneo, lo que el pueblo construye sin pedir permiso ni patrocinio, para insertarlo en el aparato propio antes de que escape a cualquier intento de control corporativo.

La maquinaria ya conoce el procedimiento. Toma el símbolo callejero, lo entrevista, lo edita, lo enmarca con la estética de su televisora, y entrega de vuelta un producto irreconocible que conserva el nombre y pierde el origen. El pato “Merlín” nació en la calle, sin productor ni patrocinio y eso es exactamente lo que la operación busca corregir.

Las egotecas funcionan así: se inflan de aire caliente hasta elevarse como globos de cantoya sobre la plaza pública, exhibiéndose ante el respetable que las observa crecer. Se queman solas a la altura que ellas mismas eligieron, sin intervención externa, sin enemigo que las derribe y caen convertidas en ceniza frente a un público que documenta cada metro de la caída con la paciencia de quien sabe que el espectáculo se repite.

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