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Narrar el desastre que no ocurrió

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En los últimos días se intentó instalar una narrativa de crisis en las costas veracruzanas. El argumento fue el derrame. El objetivo, desalentar la afluencia turística en plena temporada vacacional. No se trató de una advertencia prudente ni de una preocupación legítima por el medio ambiente. Fue una operación de percepción.

El dato central desmonta la maniobra. La afluencia no cayó. Los niveles de ocupación se sostuvieron. La actividad turística siguió su curso. La realidad no acompañó al relato. Esa disociación es el primer indicio de lo que está en juego: no un problema económico, sino una estrategia narrativa.

Cuando la política pierde capacidad de disputa en el terreno institucional, se desplaza hacia otros ámbitos. Uno de ellos es la economía. No para proponer, sino para erosionar. La construcción de escenarios negativos —crisis, riesgo, deterioro— busca incidir en decisiones concretas: viajar o no viajar, consumir o no consumir. No es crítica. Es intervención.

Ese patrón no es nuevo. Se ha convertido en práctica recurrente. La producción sistemática de pesimismo funciona como instrumento político. Se exageran hechos, se descontextualizan procesos, se omiten datos que no encajan en la narrativa. El objetivo no es informar, sino inducir percepción. Y la percepción, cuando logra instalarse, tiene efectos materiales.

Pero en este caso, la operación falló. La economía real no respondió al estímulo negativo. La gente viajó, ocupó hoteles, sostuvo la actividad. Ese desacople revela algo más profundo: la distancia creciente entre la narrativa que ciertos sectores intentan imponer y la experiencia concreta de la sociedad.

Esa distancia importa. Porque exhibe el agotamiento de una forma de intervención basada en el desgaste permanente. Cuando todo es crisis, nada lo es. Cuando la exageración se vuelve regla, pierde eficacia. La credibilidad no se erosiona sólo por lo que se dice, sino por lo que no ocurre.

Hay, sin embargo, un punto más delicado. El tránsito de la crítica hacia la afectación deliberada. Señalar problemas es parte de la vida pública. Construir narrativas para impactar negativamente en la economía de un territorio es otra cosa. Implica cruzar una frontera: colocar el interés político por encima del funcionamiento del país.

El caso reciente lo muestra con claridad. Se utilizó un hecho real para proyectar un escenario desproporcionado. Se buscó inhibir actividad económica en un momento clave. Y se hizo aun sabiendo que el impacto recaería no en una estructura abstracta, sino en trabajadores, prestadores de servicios, economías locales.

No es un error. Es una lógica. Cuando la oposición deja de competir en propuestas y se instala en la descalificación permanente, el siguiente paso es operar sobre las condiciones materiales. No para corregirlas, sino para deteriorarlas.

Porque narrar el desastre que no ocurrió, lo que evidencia no es la fragilidad del país, sino la voluntad de algunos para apostar contra él.

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