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La revolución silenciosa

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Pasa que hay un momento en el que un país deja de defenderse y empieza a mostrarse. El momento no empezó con el Mundial. El Mundial lo hizo visible. La inflexión real fue 2018, cuando este país decidió mirarse de otra manera y apostar por otra forma de hacer política. Lo que el mundo está viendo en los estadios lleva ocho años construyéndose. México lleva dos semanas en el centro de todas las pantallas, pero la revolución es más antigua.

El primero en documentarlo fue Sebastián Salazar, cronista de ESPN. Escribió desde el Estadio Azteca el 11 de junio, en la noche inaugural, que lloró cuando comenzó el himno nacional mexicano. Se conmovió por el privilegio de presenciar la historia. Y también se quebró en silencio al pensar en su abuela mexicana, seguidora de El Tri, que murió semanas antes de que comenzara el torneo. No era un hombre buscando emocionarse. Era un periodista extranjero aplastado por algo que los editoriales de la derecha nacional llevan años intentando desacreditar: la potencia real de este país cuando se expresa sin filtros.

El himno volvió a ocurrir el martes contra Chequia. Sonó, y las voces de ochenta mil gargantas en Santa Úrsula treparon por las paredes del estadio y salieron al cielo de la Ciudad de México. Conmovedor. Es la misma experiencia repetida tres veces en tres partidos diferentes, con el mismo resultado: el mundo detiene lo que está haciendo y presta atención.

Mientras tanto, al otro lado del mega charco, en el continente africano, algo inesperado ocurría antes de que comenzara el torneo. En las redes sociales, personas que normalmente apoyarían al equipo africano se pasaban alegremente al bando de México: se vestían como mexicanos, agitaban sus banderas, cantaban lo que sonaba como una mezcla de la música de Coco —la película mexicana que arrasó en África— y un comercial de tequila. La razón no era sólo el fútbol. Era la imagen. Era el contraste. Aficionados africanos con visa para entrar a Estados Unidos optaron por llegar a México, diciendo que no querían llegar a un aeropuerto y tener que explicarse durante tres horas. Infantino —la otra perrita de Trump— explicó que las butacas vacías en los estadios estadounidenses se debían a que los aficionados preferían quedarse de pie en los pasillos. México no reclamó ese lugar. Se lo ganó por lo que es.

Rustam llegó desde Uzbekistán porque la visa para México era más fácil que para Estados Unidos. No vino por elección: vino por descarte. Lleva días aquí y dice que no se arrepiente. Su compatriota Madina lo resume mejor: “En México siempre hay fiesta, la gente puede andar en la calle celebrando, no como en Estados Unidos que todo es sólo en el estadio.” Otro visitante uzbeko, que no habla español, confiesa que esperaba no entenderse con nadie. “Tengo varios días en México y todo mundo me entiende.” Vinieron por eliminación. Se quedaron por convicción.

Y luego está la hermandad con Corea. Nació en Rusia 2018, cuando Corea eliminó a Alemania y México clasificó de milagro, y los mexicanos salieron a cargar en hombros a aficionados coreanos que no entendían bien qué estaba pasando pero que de pronto tenían ochenta millones de hermanos. Coreano hermano, ya eres mexicano. El grito regresó al Mundial en casa con más peso: porque esta vez México ganó 1-0 en Guadalajara y el grito no fue de rivalidad sino de reconocimiento. Los aficionados coreanos fueron lanzados al aire por grupos de mexicanos y el técnico Hong Myung-bo lo dijo sin diplomacia al final: “Vi la pasión de México.” Así funciona la calidez mexicana: no necesita que el otro haga algo especial. Sólo necesita que llegue.

La revolución que México atraviesa en este Mundial no la decreta nadie. Está en el cronista que llora con el himno, en los africanos que se ponen el sombrero sin que nadie se los pida, en Mateo Chávez resolviendo con un gol la deuda que su padre dejó en Francia 98, en Memo Ochoa recibiendo una ovación de ochenta mil personas y diciendo al salir: no fue sencillo, pero valió la pena. Mientras esto ocurre, la derecha continental celebra su propio partido: Colombia acaba de girar a la derecha con el patrocinio de la misma maquinaria conservadora que opera desde Washington. La disputa no es sólo futbolística. Es por el relato.

Eso es lo que México está viviendo: la revolución de la confianza. La de un país que dejó de pedir permiso para ser y empezó a mostrarse como lo que siempre fue. El mundo lleva dos semanas enterándose. Los mexicanos lo sabíamos desde antes.

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