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El balón y el mapa

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México derrotó a Ecuador dos goles por cero en un partido que fue algo más que un resultado. Fue también un ajuste de cuentas simbólico con Daniel Noboa: el presidente que ordenó asaltar la embajada mexicana en Quito, ciudadano estadounidense de formación, heredero de una de las fortunas más grandes de Ecuador, hombre de la derecha que en América Latina lleva el apellido del dinero y la tradición del garrote. Noboa violó el derecho internacional con la impunidad de quien sabe que Washington no lo va a reprender, y lo hizo contra México en un momento en que la política exterior estadounidense convierte a este país en su chivo expiatorio favorito. La selección mexicana no jugó contra ese agravio, pero el marcador lo nombró de todas formas.

En otros partidos el torneo mostró su dimensión más incómoda. Congo —República Democrática del Congo, antes Zaire, antes el territorio que el rey Leopoldo II de Bélgica convirtió en su propiedad personal y saqueó hasta el crimen de masas, calculado en diez millones de muertos— le abrió el marcador a Inglaterra. Una nación desgarrada por siglos de colonialismo europeo, por guerras que el mundo mira sin intervenir, por minerales que alimentan la economía global mientras su población sigue en la pobreza, puso en desventaja a la selección del país que codificó el fútbol moderno y construyó el imperio más extenso de la historia. Inglaterra terminó ganando. Pero ese primer gol existió, y los goles no se borran.

Horas después, Senegal estuvo a punto de derrotar a Bélgica —el mismo reino que en el Congo de Leopoldo II cortó manos, esclavizó poblaciones enteras y produjo uno de los crímenes coloniales más documentados de la historia. Los africanos ganaron dos a cero, dominaron durante casi todo el partido, y vieron cómo Bélgica empató en los minutos 86 y 89. Aguantaron el tiempo extra completo. En el minuto 120, con los penales a segundos de distancia, el árbitro decretó un penal que la prensa describió como polémico. Bélgica lo convirtió y avanzó. El balón dibujó igual aunque el marcador diga otra cosa.

Todo esto ocurre dentro de un torneo que prometió ser el más grande que la humanidad haya presenciado y que lleva mes y medio demostrando que su anfitrión no sabe, o no quiere, ser anfitrión. Árbitros rechazados en la aduana por el pasaporte equivocado. Aficionados de Ghana, Marruecos, Haití e Irán sin visa para ver a sus propios equipos. La selección iraní mudó su campamento a Tijuana porque Washington no la quería de noche en su territorio. La fiscal general de Nueva Jersey investigando a FIFA por precios que convierten la entrada a un partido en un privilegio de clase. Trump diciendo que trabaja para que entre al país “la gente correcta”.

Mientras Washington filtraba, México abría. La selección iraní celebró en la Ciudad de México como si fuera suya. En cierta forma lo era. Miroslav Koubek, entrenador de Chequia, eliminada tres a cero por México, fue en conferencia de prensa la voz más honesta del torneo. Un reportero estadounidense intentó instalar la premisa de que México había ganado por defecto. Koubek lo desmintió sin titubear: México fue ampliamente superior, y la derrota debe servir para que el fútbol checo eleve sus estándares. Sólo reconocimiento limpio de un técnico que prefirió la verdad a la coartada.

La noche del martes, un millón de personas o más desbordaron el Ángel de la Independencia. Las tomas aéreas de dron sobre Paseo de la Reforma mostraron algo que ningún comunicado de política exterior podría fabricar: una ciudad celebrando con fuegos artificiales. Sin un vidrio roto. Una influencer estadounidense lloraba bajo la lluvia con impermeable rosa porque México es el mejor país del mundo. Un visitante europeo comparaba a México con un multiverso. No son anécdotas virales. Son termómetro. Son lo que ninguna campaña de relaciones públicas puede comprar ni la Atlas Network puede desmentir.

México está ganando la narrativa global. Pese a Trump, pese a la derecha aborigen, pese a quienes llevan años apostando por su fracaso. Dentro de la cancha y afuera de ella.

El futbol no resuelve nada. No cancela el colonialismo, no desmonta la arquitectura migratoria de Trump, no devuelve la dignidad a quienes se quedaron sin visa frente al televisor. Pero a veces lo dibuja todo con una claridad que los discursos del poder rara vez alcanzan.