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Melchor Peredo: el mural como memoria pública

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La muerte de Melchor Peredo no sólo cierra una trayectoria individual; marca el repliegue definitivo de una forma de entender el arte como lenguaje público, como relato compartido y como instrumento de memoria histórica. En una época donde la imagen tiende a disolverse en la fugacidad de lo digital, su obra permanece anclada en el muro: fija, expuesta, inevitable. Ahí radica su peso.

Peredo no perteneció al momento fundacional del muralismo, pero tampoco a su deriva ornamental. Se situó en una zona intermedia, más compleja: la de quienes heredaron una tradición cargada de sentido político y la sostuvieron cuando el país ya había cambiado. Su trabajo no buscó la ruptura estética ni la experimentación formal; insistió en algo más exigente: mantener vigente la idea de que el arte podía narrar la historia colectiva, interpelar al poder y ofrecer una lectura del país.

Sus murales no son piezas aisladas; son construcciones narrativas. En ellos hay continuidad, secuencia, intención pedagógica. No se contemplan como objetos, se leen como discursos. Esa cualidad los vuelve particularmente relevantes en espacios como Xalapa, donde su presencia no es episódica sino estructural: forman parte del entorno cotidiano, de la experiencia visual de lo público. No se trata de arte que se visita; es arte que se habita.

En ese sentido, la obra de Peredo cumple una función que hoy resulta excepcional: fija una versión del pasado en el espacio común. En tiempos donde la memoria se fragmenta y se disputa en registros efímeros, sus murales ofrecen una narrativa continua, accesible, no mediada por dispositivos ni algoritmos. Esa permanencia no es sólo material; es simbólica. Obliga a mirar, a recordar, a confrontar.

Su valor no radica en la innovación, sino en la persistencia. En haber sostenido una forma de hacer cuando ya no era dominante. En haber insistido en el mural como lenguaje cuando el arte se desplazaba hacia otros formatos y circuitos. Esa insistencia, lejos de volverlo anacrónico, lo convierte en testigo de una transición: la del arte público como eje de construcción nacional hacia su disolución en prácticas más fragmentadas y privadas.

Por eso su muerte no es únicamente una pérdida biográfica. Es la constatación de que el muralismo, como proyecto vivo, pertenece ya al ámbito de la historia. Quedan los muros, quedan las imágenes, queda la narrativa. Pero la idea de que el arte pueda ocupar el espacio público con vocación formativa y sentido colectivo se ha debilitado.

Peredo no fue el inicio de esa tradición, pero sí uno de sus últimos sostenes. Su obra permanece como recordatorio de que hubo un momento en que el país se pensó a sí mismo en los muros, a gran escala, sin intermediarios. Ese gesto, hoy poco frecuente, es precisamente lo que le otorga valor. No por nostalgia, sino por contraste.

En sus murales no sólo está representado el pasado; está contenida una forma de entender lo público. Y eso, en el presente, ya no es común.