La visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó por mostrar algo más profundo que un simple encuentro entre dirigentes conservadores. Lo que apareció fue una articulación política e ideológica cada vez más visible entre sectores de la derecha internacional y las oposiciones locales latinoamericanas. Una red que comparte narrativa, financiamiento, estrategias digitales y una visión profundamente regresiva del mundo.
Ayuso no vino como turista política. Llegó en medio de la polémica por los más de 300 mil euros destinados por la Comunidad de Madrid para la presencia madrileña en la Feria de San Marcos, en Aguascalientes, en una gira claramente articulada con gobiernos y figuras del PAN.
Sostuvo además reuniones con personajes conspicuos de la derecha mexicana, entre ellos dirigentes panistas, empresarios vinculados al conservadurismo y figuras mediáticas opositoras, además de involucrarse en actos ideológicos ligados a la “hispanidad”. No se trata ya de simpatías aisladas, sino de coordinación política abierta.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum habló ayer de campañas internacionales de desinformación y manipulación digital.
No es una exageración. La ofensiva existe. Se mueve entre redes sociales, medios alineados, laboratorios de propaganda y operadores políticos que repiten narrativas casi idénticas en distintos países. El método es reconocible: saturar el espacio público con estridencia digital y televisiva, convertir el rumor en noticia, fabricar percepción de caos permanente y erosionar cualquier legitimidad popular que no responda a los intereses tradicionales del poder económico.
El fenómeno no se limita a México. Javier Milei en Argentina ha sido señalado por múltiples reportes y trascendidos verosímiles sobre estructuras digitales agresivas orientadas a amplificar propaganda, hostigar adversarios y manipular conversación pública. Desde esas mismas plataformas, el propio Milei ha atacado reiteradamente a gobiernos como los de México y Colombia, integrándose a una dinámica regional de confrontación ideológica permanente. En España, Ayuso convirtió la confrontación y la simplificación brutal del debate en método político. En Estados Unidos, el trumpismo elevó la mentira sistemática a forma de movilización emocional. Bolsonaro hizo algo similar en Brasil. Todos forman parte de una misma atmósfera política internacional.
Pero quizá el episodio más revelador de la visita fue la patética intención de impulsar un homenaje a Hernán Cortés. Hay que tener una sensibilidad histórica extraordinariamente degradada para intentar reivindicar, en pleno siglo XXI y en territorio mexicano, la figura que simboliza el inicio de la destrucción violenta de civilizaciones enteras. No se trata de cancelar la historia. Se trata de entenderla. Y entender que existen símbolos que todavía representan dolor, sometimiento y exterminio para millones de personas.
El episodio fue algo más que torpeza política: retrató una mentalidad incapaz de entender América Latina fuera de la subordinación histórica y mostró un profundo desprecio por la memoria histórica mexicana.
Ese gesto retrata bien a una parte de la nueva derecha occidental: incapaz de comprender procesos históricos complejos, obsesionada con nostalgias imperiales y cada vez más desconectada de las realidades sociales contemporáneas. Mientras el mundo enfrenta transformaciones tecnológicas aceleradas, crisis climática, desigualdad extrema y la posibilidad material de construir sociedades más justas, estos sectores responden con odio identitario, manipulación digital y fantasías coloniales.
Son momentos civilizatorios. Lo que está en disputa no es solamente un gobierno, una elección o una coyuntura mediática.
Lo que se está definiendo es el perfil ético y político de la sociedad futura. Entre la distopía del miedo permanente, la mentira industrializada y el individualismo feroz, o la posibilidad de una convivencia más consciente, solidaria y socialmente justa.
Frente a ello, los gobiernos progresistas necesitan resultados materiales visibles, soberanía tecnológica, capacidad narrativa propia y reconstrucción de comunidad social. En buena medida, eso explica también la intensidad de la ofensiva contra el gobierno mexicano: porque buena parte de esa ruta ya empezó a construirse desde el Estado mexicano.
Y en esa disputa, la mentira organizada ya dejó de ser un exceso marginal. Se convirtió en estrategia internacional de poder.






