InicioEditorialLa generación Z… de 1968, o la revolución geriátrica

La generación Z… de 1968, o la revolución geriátrica

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Lo ocurrido en el Zócalo no fue una rebelión juvenil, sino la mezcla desordenada entre el hartazgo real de miles de jóvenes precarizados y la manipulación de una oposición que intenta apropiarse de ese enojo sin entenderlo. La marcha, presentada como alzamiento generacional, terminó dominada por adultos: la mayoría superaba los 30 años, mientras los jóvenes auténticos eran minoría. Las imágenes lo confirman: contingentes encabezados por Fox, Álvarez Icaza, Laura Zapata y Guadalupe Acosta Naranjo, veteranos intentando parecer voceros de una generación que no representan.

La contradicción estaba ahí desde el inicio: una protesta llamada “Generación Z” dirigida por políticos formados en el siglo pasado, ajenos a las ansiedades digitales, económicas y sociales que viven quienes hoy tienen veinte años. Esa disonancia se amplificó cuando apareció el bloque negro, un grupo organizado y equipado —martillos, alicates, herramientas— para desmontar las vallas de Palacio Nacional. No era espontáneo ni juvenil: era una intervención típica para ensuciar una manifestación y fabricar imágenes de caos.

Cuando las vallas cayeron, la policía avanzó hasta la mitad del Zócalo. Hubo heridos, detenciones y la escena perfecta para que la oposición denunciara “represión” aun sin represión real, o “permisividad” si el gobierno no intervenía. Ese juego de doble filo, recurrente, sirve para sembrar ingobernabilidad y distorsionar la protesta original.

A pesar del ruido, la participación fue menor a lo prometido: unas 17 mil personas. No fue una marea juvenil sino una marcha amplia, irregular y sin cohesión política. El malestar existe —inseguridad, ansiedad económica, falta de vivienda y empleo digno—, pero ese malestar es herencia directa del neoliberalismo, que precarizó a toda una generación con outsourcing, salarios de miseria y abandono estatal.

La 4T intenta revertir ese deterioro con becas, duplicación real del salario mínimo, empleo juvenil, inversión pública y programas de continuidad escolar. Insuficiente aún, pero es la primera vez, en décadas, que un gobierno trata la precariedad juvenil como un problema estructural y no como limosna electoral.

La oposición, sin proyecto económico ni horizonte social, busca capitalizar el enojo. Pero su mayor obstáculo es su propio rostro: representan a quienes generaron la precariedad que hoy indigna a los jóvenes. Por eso no logran liderarlos: son su origen, no su alternativa.

A ello se suma que los medios formales siguen mayoritariamente en manos conservadoras, alineados con campañas masivas de bots e influencers pagados que intentan fabricar la percepción de un país al borde del colapso. Es el mismo repertorio que se ve en Estados Unidos y Europa: ante el declive del viejo orden occidental, sectores radicalizados usan movilizaciones, desinformación y provocación callejera para intentar recuperar privilegios perdidos.

Y pese a ese cerco mediático-digital, la 4T mantiene apoyo popular y la iniciativa política. La sociedad distingue entre el hartazgo legítimo de los jóvenes y la manipulación de quienes intentan disfrazarse de ellos. También reconoce que, con todo y sus errores, el actual gobierno ha sido el único en décadas en reconstruir un piso de derechos y frenar la destrucción neoliberal que precarizó a millones.

La marcha dejó dos imágenes claras: un malestar juvenil auténtico que merece respuesta, y una oposición que, sin ideas ni juventud, intenta encabezar una causa que no entiende. La “generación Z de 1968” hizo ruido, sí, pero no pudo ocultar lo esencial: el pasado no puede liderar el futuro, por más hashtags, sombreros o encapuchados que ponga al frente.

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