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México ante los BRICS: el equilibrio imposible

ECP

La posible incorporación de México a los BRICS, o incluso un acercamiento sostenido, es uno de los movimientos geopolíticos más relevantes desde la firma del T-MEC. No es un gesto simbólico: implica redefinir el lugar de México en el mundo y, al mismo tiempo, activa las alarmas de Washington. La decisión toca un nervio profundo: la autonomía real de un país cuya economía depende en exceso de la potencia que hoy vive su declive más visible en décadas.

Acercarse a los BRICS significa reconocer que el viejo orden unipolar ya no existe. China, India y Rusia disputan la arquitectura del siglo XXI y América Latina comienza a actuar con mayor autonomía. México, potencia media con peso industrial y posición estratégica, tiene todo para jugar en varias mesas. Pero arrastra un hecho contundente: su dependencia estructural del mercado estadounidense, que absorbe más del 80 por ciento de sus exportaciones. Ese vínculo le ha dado estabilidad, pero también lo ha encadenado a una sola posibilidad de futuro.

La adhesión a los BRICS significaría diversificar comercio, inversión y tecnología hacia Asia, África y Sudamérica, no como gesto ideológico sino como acto de supervivencia en un mundo fracturado. Pero para lograrlo México tendría que transformar su matriz productiva, fortalecer infraestructura, elevar competitividad y romper inercias diseñadas durante décadas para sostener la hegemonía económica de Washington. México tiene peso económico, pero no la velocidad de India o China; su integración industrial fue construida para encajar en las necesidades de su vecino y no para competir globalmente.

Para Estados Unidos, el mensaje sería inequívoco: México deja de ser socio cautivo. Y ese gesto llega en el peor momento. La potencia del norte vive un deterioro acelerado: desigualdad explosiva, crisis presupuestaria, polarización política, caída de la movilidad social y un neoliberalismo que ya no sostiene su base productiva. Mientras insista en recortar derechos, financiar guerras, militarizar su política exterior y negarse a construir un mercado regional de pares y no de subordinados, su declive seguirá profundizándose. México lo sabe: no puede apostar su futuro a un gigante que ha perdido el rumbo.

Por eso la reacción estadounidense sería dura. Un acercamiento mexicano a los BRICS sería interpretado como desafío estratégico. Washington respondería con presión diplomática, ajustes al T-MEC, campañas mediáticas

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