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Humanos en el capitalismo tardío

Por Juan Rivas

Los Estados Unidos exportan formas de vida, imaginarios colectivos y patologías sociales. No se trata de un juicio moral simplista, sino de una constatación estructural. Así como las cadenas de suministro distribuyen mercancías, también lo hacen las lógicas que las producen.

México conoce bien una de esas exportaciones materiales: el flujo constante de armas que alimenta la violencia criminal. Pero esa dimensión es apenas la superficie. Debajo opera una transferencia más profunda: una cultura del consumo como horizonte existencial, donde el deseo es inducido, la carencia una construcción y la vida se mide en acumulación y visibilidad.

Vivimos una época marcada por la fragilidad de los vínculos, la volatilidad de las identidades y la centralidad del consumo como mecanismo de integración social. El individuo contemporáneo no es ya ciudadano ni productor: es, ante todo, consumidor. Su inclusión o exclusión depende de su capacidad de participar en ese circuito, lo que Zygmunt Bauman llamó modernidad líquida.

Cuando esta lógica se injerta en sociedades profundamente desiguales, produce una frustración sistemática. La promesa de acceso ilimitado contrasta con condiciones reales restrictivas. De ahí emerge una carencia inducida: no la pobreza en sí, sino la percepción permanente de insuficiencia frente a un ideal inalcanzable. La violencia deja de ser solo un fenómeno criminal y se vuelve una forma distorsionada de participación.

El capitalismo no solo organiza la economía: estructura el deseo. Enseña qué querer y mantiene al sujeto en un estado de insatisfacción constante, como ha señalado Slavoj Žižek. El objeto nunca se alcanza porque el sistema necesita que el deseo persista. En ese marco, la violencia puede leerse como una irrupción de lo real frente a un orden que no logra contener sus propias tensiones.

Fenómenos como los tiroteos escolares en Estados Unidos y la violencia de los cárteles en México revelan una afinidad estructural. No son equivalentes, pero ambos pueden entenderse como síntomas de una misma matriz: una sociedad que ha erosionado el sentido y sustituido comunidad por competencia, reconocimiento por exhibición, ética por eficacia.

Estados Unidos es epicentro de este modelo y no solo produce estos fenómenos: los proyecta. Sus narrativas, símbolos y modelos de éxito circulan globalmente y se instalan en contextos donde exacerban tensiones existentes.

En México, esa importación adquiere rasgos propios. La cultura del consumo se superpone a una estructura marcada por la desigualdad; la aspiración individual choca con oportunidades limitadas; la glorificación de la riqueza rápida dialoga con economías ilegales que ofrecen acceso inmediato a bienes, estatus y poder.

No es casual que ciertos discursos del crimen organizado adopten estéticas alineadas con el capitalismo tardío: ostentación, hiperindividualismo e instrumentalización de la vida. Más que anomalía, son una versión extrema de una lógica que ya privilegia la acumulación.

La pregunta no es solo cómo contener la violencia, sino qué proyecto de país puede contrarrestar esa lógica. Si el problema es también una falta de horizontes de vida fuera del consumo, la respuesta no puede ser únicamente securitaria.

Se trata de disputar el imaginario: reconstruir comunidad, revalorar lo público y redefinir el éxito más allá de la acumulación. Sin eso, cualquier contención será provisional.

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