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El magnate acorralado por la ley

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Ricardo Salinas Pliego dejó hace tiempo de ser sólo un empresario polémico: hoy es el símbolo de un neoliberalismo depredador que durante décadas vivió de privilegios, evasiones y propaganda. Su narrativa pretende reducir todo a una disputa personal con el gobierno, pero lo que enfrenta no es persecución política: es la obligación básica de cualquier ciudadano ante la ley. Debe al fisco decenas de miles de millones de pesos, adeudos arrastrados por años de litigios, triquiñuelas y la creencia de que su tamaño económico lo hacía intocable.

Su imperio se levantó sobre un modelo de usura moderna disfrazado de inclusión financiera. Los famosos “abonos chiquitos” fueron la fórmula para convertir la pobreza en negocio permanente: intereses desproporcionados, contratos enredados, créditos impagables y un aparato de cobranza construido para exprimir a quienes menos tienen. Su riqueza no nació del genio empresarial, sino del aprovechamiento brutal de la desigualdad. Por eso su deuda fiscal no es un accidente: es la consecuencia natural de un sistema que durante décadas protegió a los grandes a cambio de obediencia política y espectáculo mediático.

En lo personal, Salinas proyecta un perfil psicológico marcado por el narcisismo grandilocuente, la agresión como estrategia comunicativa y la necesidad obsesiva de validación. Insulta, se burla, dramatiza. Actúa como si cualquier fiscalización fuera una afrenta personal. Su estilo no es el de un empresario moderno, sino el de un caudillo digital que confunde popularidad con impunidad. Construyó un personaje que se siente por encima de la ley y que reacciona con furia infantil cada vez que esa fantasía se desmorona.

El uso de símbolos religiosos y patrióticos en sus videos —estandarte guadalupano, bandera nacional, imaginería épica— no es espontáneo. Es manipulación emocional: busca convertir una disputa fiscal en un falso drama moral donde él aparece como defensor del pueblo frente a un Estado abusivo. Es la retórica clásica de la ultraderecha mundial: millonarios disfrazados de víctimas para evadir responsabilidades y desacreditar instituciones.

Su pensamiento coincide alarmantemente con el ideario neofascista contemporáneo. Para él, el Estado no debe regular, la justicia fiscal es castigo ideológico, la desigualdad es simplemente mérito, y los ricos no deberían rendir cuentas. Ataca al Estado de derecho, promueve teorías de complot, descalifica sistemáticamente a las instituciones y pretende hablar en nombre de un “pueblo verdadero” que sólo existe en su imaginación. No representa el futuro empresarial del país: encarna su pasado más oscuro.

El hecho de que también haya enfrentado multas y sanciones en Estados Unidos demuestra que su problema no es la 4T: es la ley. En distintos tribunales, aquí y allá, el mensaje ha sido el mismo: debe pagar. Y por primera vez en décadas, el Estado mexicano no se dobla ante el grito del magnate ni busca arreglos políticos. Por eso su tono se ha vuelto más desesperado: sabe que la etapa de privilegios estructurales terminó.

Su guerra mediática busca crear ruido, miedo y división, pero revela debilidad. Hoy México enfrenta un proceso de transformación donde la justicia fiscal es parte central de la dignidad nacional. Mientras el país avanza hacia un modelo donde la ley alcanza a todos, Salinas Pliego intenta revivir el viejo régimen donde los ricos dictaban las reglas. Su furia es la reacción natural de quien descubre que ya no es dueño del país.

En el fondo, su batalla no es contra un gobierno sino contra una sociedad que exige igualdad ante la ley. Lo que él llama persecución es simplemente justicia. Y lo que él presenta como una cruzada libertaria no es más que la defensa desesperada de un sistema que se benefició de la pobreza de millones.

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