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El chantaje emocional como política

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Las recientes alusiones de Claudia Sheinbaum a la existencia de amenazas –sin nombrarlas ni detallarlas– introdujeron un clima de inquietud que no surge de la nada. No se trata de una advertencia retórica aislada, sino del reconocimiento implícito de un entorno político en el que la confrontación ya no se libra sólo en el terreno de las ideas, sino en el de las emociones, las percepciones y la erosión simbólica de la legitimidad democrática.

En ese contexto adquieren sentido dos episodios recientes aparentemente inconexos, pero unidos por una misma lógica emocional. Por un lado, el video difundido por Xóchitl Gálvez tras la sentencia de 80 años de prisión dictada contra su hermana por el delito de secuestro. Por otro, el mensaje publicado por Pedro Ferriz de Con, en el que desde una negatividad abierta pide a Santa Claus que “se lleve a la 4T al Polo Norte”.

Ambos actos, aunque distintos en tono, comparten una misma intención: desplazar el debate político hacia un registro emocional primario para minar el proceso de transformación.

En el caso de Gálvez, el recurso es el dolor personal convertido en argumento público. La alusión a la Navidad, la familia y el sufrimiento íntimo no busca discutir la sentencia ni los hechos probados, sino generar compasión y, con ella, una relativización simbólica del delito. El secuestro –uno de los crímenes más devastadores en la historia reciente del país– queda fuera de foco; el énfasis se coloca en la figura de la hermana doliente, presentada casi como mártir de un sistema implacable.

No es una defensa jurídica. Es una operación moral. El mensaje implícito no interpela al estado de derecho sino al espectador: “podría ser cualquiera de nosotros”. En ese gesto se borra a las víctimas reales y se introduce una idea corrosiva: que la aplicación estricta de la ley es, en sí misma, una forma de crueldad. La justicia aparece como persecución y el castigo como exceso, justo cuando lo que hay es una sentencia producto de un proceso judicial largo y documentado.

El mensaje de Ferriz de Con opera desde el polo opuesto, pero desemboca en un punto similar. No apela a la compasión sino al enojo y al deseo de expulsión simbólica. Pedir que la 4T sea “llevada” al Polo Norte no es crítica política ni sátira elaborada; es una fantasía de desaparición del adversario. Infantilizada, sí, pero no inocua. Ese tipo de expresiones alimenta una emocionalidad donde el proyecto democrático deja de ser algo que se discute y se convierte en algo que se desea borrar.

Dolor, nostalgia, enojo, miedo son las emociones a las que apelan de forma recurrente ciertos oposicionistas visibles. No porque sean ilegítimas en lo personal, sino porque han sido elevadas a instrumento político ante la ausencia de una alternativa programática sólida. Cuando no se puede disputar un proceso de transformación en el terreno de los resultados, la historia o las propuestas, se intenta erosionarlo creando un clima afectivo adverso.

Lo que se despliega no es oposición democrática sino intención de desgaste moral. Cuando no hay proyecto se explota la lágrima; cuando no hay propuesta se grita desde el rencor; cuando no hay argumentos se invoca la Navidad o a Santa Claus. El chantaje emocional no busca convencer, busca cansar y erosionar la idea misma de justicia. Y frente a ese ruido, la transformación se sostiene con una verdad incómoda para sus detractores: la ley no se negocia, la responsabilidad no se diluye y el país ya no retrocede para tranquilizar conciencias derrotadas.

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