InicioEditorialEl árbitro no falló. Obedeció al sistema que lo entrena para eso.

El árbitro no falló. Obedeció al sistema que lo entrena para eso.

- Advertisment -spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

El primer minuto del partido entre México e Inglaterra en el Estadio Azteca contenía ya una sentencia sobre lo que sería el resto del Mundial 2026. Declan Rice llegó con los tachones por delante a disputar un balón dividido y golpeó de lleno el rostro de Luis Romo. El futbolista mexicano cayó al césped, se llevó las manos a la cara, y el juego se detuvo entre reclamos del banquillo nacional. Alireza Faghani, árbitro central, sacó tarjeta amarilla. El VAR no llamó a revisión. Hubo una decisión tomada en el instante y sostenida por el silencio del sistema que existe, en teoría, para corregir exactamente ese tipo de omisiones.

Analistas arbitrales sin interés en el resultado confirmaron lo que cualquiera que vea la jugada dos veces nota: una entrada tardía con la pierna en alto que impacta la cabeza de un rival reúne elementos de expulsión directa. Lo que faltó no fue claridad. Fue disposición a actuar.

El mismo partido ofrece dos episodios más. Nico O’Reilly golpeó con el codo el rostro de Jorge Sánchez; el árbitro amonestó a ambos, cuando el impacto al mentón reunía elementos para algo más severo. Y en la jugada del penal decisivo de Kane, el delantero habría bajado el balón con la mano antes de definir, sin revisión del VAR. Tres jugadas, un mismo patrón: cuando la duda beneficia a Inglaterra, no se revisa; cuando perjudica a México, tampoco.

El daño no es solamente deportivo. Un organismo que deja pasar sin revisión jugadas que perjudican a la selección anfitriona enseña que su neutralidad es una ficción sostenida mientras no estorbe a los intereses que de verdad mueven al torneo. México pagó esa ficción con una eliminación en la que el 3-2 no refleja la distancia entre lo ocurrido en la cancha y lo que el árbitro decidió ver.

Ese mismo patrón de deferencia tiene otro escenario: Estados Unidos. FIFA diseñó este Mundial para que el peso simbólico y comercial recayera ahí, con la mayoría de las sedes y el torneo jugándose en exclusiva en territorio estadounidense desde cuartos de final. Y sin embargo los datos oficiales de ocupación hotelera y afluencia turística —coincidentes con lo reportado por la industria hotelera— muestran a México creciendo mientras Estados Unidos cae. La política migratoria de Washington ahuyentó al público que FIFA le había reservado. La fiesta que FIFA planeó para Estados Unidos ocurrió, con datos, en México. 

Y cuando a esa misma FIFA le tocó ejercer disciplina sobre un caso que involucraba a un jugador estadounidense, se dobló sin disimulo: revocó la expulsión de Folarin Balogun invocando un artículo que ella misma redactó para darse esa facultad, apenas horas después de que Trump celebrara el gesto. No hay forma de leer eso como coincidencia. Es la misma sumisión que la voz popular ya le endilgó a Ricardo Salinas Pliego al llamarlo “la perrita de Trump” el día que entraba al primer partido en México, por la genuflexión editorial de TV Azteca ante Washington. A Infantino, por extensión, le cabe el mismo apodo: anular una tarjeta roja por decreto para complacer a un presidente es una confesión pública de a quién responde el organismo que se supone debe responder solamente al reglamento del juego.

Para FIFA el fútbol no es la razón de ser: es el instrumento. La razón de ser es el dinero que generan los derechos de transmisión y la comercialización de estadios y sedes, un entramado ya documentado como terreno fértil para el soborno desde hace décadas. El deporte es la fachada popular que hace pasar ese negocio como fiesta universal.

Artículo anterior
Artículo siguiente
ARTÍCULOS RELACIONADOS

Lo más reciente

- Advertisment -spot_img
- Advertisment -spot_img