Por Ricardo García Valdez
Como colectivos de académicos, de estudiantes o de personal administrativo de la Universidad Veracruzana (UV), varios nos preguntamos: ¿por qué se recurre de manera sistemática a los juicios ad hominem y al sarcasmo moral como estrategias discursivas para “desactivar” la crítica, y reafirmar la posición jerárquica de quienes detentan el poder, ante la opinión pública?
Algunos lo sabíamos desde antes: estas prácticas no son simples exabruptos personales dignos de personas inmaduras: son mecanismos institucionalizados de dominación, coherentes con la lógica histórica de reproducción del poder en estructuras burocráticas que buscan preservar sus privilegios, incluso a costa del deterioro académico, organizacional y ético de toda la comunidad universitaria ante públicos desinformados y desinteresados utilizados como medio de presión desde las cúpulas.
Estas tácticas deben leerse como parte de un andamiaje ideológico que intenta desplazar el foco del conflicto real —las graves contradicciones éticas y legales que atraviesan a la institución, con base en la pretendida legitimación de lo ilegal (la prórroga del C. Martín Aguilar como paradigma) — hacia supuestas deficiencias morales (filiaciones políticas de antiguos rectores con personajes de la política ligados a cárteles, etc.) de quienes señalan esta irregularidad y las diversas injusticias emanadas de ella.
En lugar de dar argumentos, la autoridad ha recurrido al insulto disimulado para intentar despolitizar la crítica y aislar a quienes cuestionan la distribución ilegal e ilegítima del poder, los recursos financieros y la toma de decisiones.
El sarcasmo moral, disfrazado de “liderazgo” (v.gr. la nueva noción de “diálogo” con el que tanto han ofendido a estudiantes y académicos), opera como un dispositivo de culpabilización (“nosotros siempre estamos dispuestos”), cuyo objetivo es neutralizar la organización colectiva, fracturar la solidaridad y reinstalar la obediencia como norma. Este tipo de autoridad no debate: disciplinariza (M. Foucault, dixit). No dialoga: subordina. No esclarece: encubre.
El psicoanálisis permite comprender que la violencia simbólica -aplicada mediante el ridículo, el desprecio o la insinuación moralizante- surge cuando la autoridad experimenta una fractura en su investidura simbólica. Allí donde se le exige argumentar, rendir cuentas o justificar sus decisiones, responde con ataques personales que funcionan como defensas narcisistas ante la amenaza de su propia inconsistencia.
El sarcasmo no es humor: es una forma de goce ligada al ejercicio del poder sobre el otro. El ad hominem no es un descuido: es una estrategia para evitar la angustia que implica confrontar la verdad de la crítica y la posibilidad de perder el monopolio del discurso legítimo dentro de la institución.
Estas maniobras buscan reinstalar el orden jerárquico no mediante razones, sino mediante la humillación como acto performativo.
Ante estas prácticas, los diversos colectivos en contra de la ilegalidad de la prórroga han afirmado de manera organizada, combativa y rigurosa que:
Resulta imperioso nombrar la violencia discursiva como tal, desmontando la simulación de que se trataría de “marcos incluyentes”, “respetuosos” o “con apertura al diálogo”.
Es menester rechazar que la autoridad sustituya el plano estructural por el moral, pues ello constituye una evasión política y un abuso de posición.
Debe exigirse que la discusión retorne a la dimensión institucional, donde deben evaluarse las decisiones que afectan la vida académica, administrativa y laboral de la comunidad.
No se replegarán ante el intento de la administración actual de desacreditar sujetos, porque la fuerza no descansa en identidades individuales, sino en la palabra colectiva organizada, capaz de sostener la argumentación, la crítica y la búsqueda de transformación institucional. Estudiantes Organizados PSICUV han dado sobradas muestras de ello.
Debe responderse políticamente a la agresión, reafirmando que la dignidad discursiva de la comunidad es incompatible con una autoridad que renuncia al argumento y abraza la descalificación como forma de gobierno.
En suma, el uso del ad hominem y el sarcasmo moral por parte de las autoridades de la UV expresa la crisis ética y simbólica de su función. Como colectivos, no es posible aceptar que el debate se degrade a ese nivel ni que la violencia simbólica se normalice como mecanismo de gestión. Pretendemos una práctica política fundamentada en la crítica materialista, el análisis de las condiciones reales y la construcción dialógica, sin permitir que el autoritarismo discursivo obstruya el derecho de la comunidad a cuestionar, analizar y decidir sobre su propio destino institucional.






