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Apostemos a la VIDA, no a la MUERTE

Ana Luz Quintanilla Montoya

Aun cuando el clima ha variado a lo largo de toda la historia de nuestro planeta, de manera natural, la gran diferencia en las variaciones —debido a la emisión de gases de efecto invernadero (GEI)— parecen darse sobre todo a partir de la Revolución Industrial, a finales del siglo XIX. Fue entonces cuando los seres humanos empezamos a causar impactos mayores en la naturaleza, los cuales nos mantienen en una situación sumamente delicada en términos de conservar la vida en el planeta, no sólo la nuestra sino la de miles o millones de especies que como nosotros lo cohabitan.

Debe quedarnos muy claro que el clima no se debe a causas naturales, sino a los impactos ambientales que hemos causado los seres humanos a la naturaleza, por el desarrollo y preferencias de vida que mantenemos, como los consumos desmedidos, la producción de alimentos, la generación de energía con combustibles fósiles, el transporte, la deforestación y cambio de uso de suelo, la cantidad de residuos sólidos —comúnmente llamados “basura”—, entre muchos actos más.

Yuval Noah Harari menciona en su último libro NEXUS (2024): “Hemos llamado a nuestra especie Homo sapiens, el «humano sabio». Pero es discutible que hayamos estado a la altura de este nombre. Lo cierto es que, a lo largo de los últimos cien mil años, nosotros, los sapiens, hemos acumulado un poder enorme. Tan solo listar todos nuestros descubrimientos, inventos y conquistas llenaría volúmenes. Pero el poder no es sabiduría y, después de cien mil años de descubrimientos, inventos y conquistas, la humanidad se ha visto abocada a una crisis existencial autoinfligida. Nos hallamos al borde de un colapso ecológico causado por el mal uso de nuestro propio poder.

También nos afanamos en la creación de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial (IA), que tienen el potencial de escapar de nuestro control y de esclavizarnos o aniquilarnos. Pero, lejos de que nuestra especie haya unido fuerzas para abordar estos retos existenciales, las tensiones internacionales van en aumento, la cooperación global se está haciendo más difícil, las naciones acumulan armas apocalípticas y una nueva guerra mundial no parece imposible. Si los sapiens somos tan sabios, ¿por qué somos tan autodestructivos?

El nazismo y el estalinismo no son más que dos ejemplos recientes de una locura de masas que de vez en cuando se apodera incluso de las sociedades modernas. Nadie discute que en la actualidad los humanos dispongamos de mucha más información y de mucho más poder que en la Edad de Piedra, pero no es en absoluto cierto que nos comprendamos y que comprendamos mejor nuestro papel en el universo”.

Como mencionó hace unos días la presidenta Sheinbaum: “Debemos apostarle a la vida, no a la muerte” y para ello es necesario amar la vida, sin embargo, los países más ricos del planeta, están apostando a la muerte. Las muestras de ello están a la vista, baste con observar lo cercano que podemos estar a una tercera guerra mundial que se avizora con la situación de genocidio de Israel ante Palestina y de Rusia con Ucrania.

El poder enloquece al capitalismo y su mejor negocio es y ha sido siempre la guerra. Si se inviertiera en lugar de crear armamentos, en definir y aplicar políticas que reduzcan la emisión de gases de efecto invernadero y se reducieran los impactos a la naturaleza, llevando a cabo proyectos de conservación y restauración a los daños creados, terminaríamos esta historia de terror que ya está a la vista con enormes efectos que está teniendo ahora la naturaleza en deterioro de la humanidad. Pugnar contra el cambio climático sin considerar la lucha por la paz y la defensa de la naturaleza humana es profundamente desafortunado.

No hace falta decir más sobre la catástrofe climática, que amenaza con la extinción masiva de especies, incluyendo la nuestra. El abandono de los combustibles basados en el carbono se ha visto frenado por tres impedimentos principales: a) Las fuerzas de derecha que niegan la existencia del cambio climático, para muestra el Gobierno de EUA y su actual presidente electo, que niega la existencia de éste y ha puesto en su quipo a un negacionista del CCG; b) Los sectores de la industria energética que están interesados en la continuidad de los combustibles basados en el carbono y en la promoción del transporte individual como ícono de estatus social, c) La negativa de los países occidentales a admitir que siguen siendo los principales responsables del problema y a comprometerse a pagar su deuda climática financiando la transición energética de los países en desarrollo cuya riqueza siguen extrayendo; d) La producción de alimentos cárnicos y la agorindustria que destruye millones de hectáreas de ecosistemas para envenenar a la gente con agrotóxicos y pesticidas que aplica al ganado y a los cultivos.

Estados Unidos de Norteamérica es el ejemplo más claro de cómo el capitalismo ha sido el mayor destructor del planeta y los datos del Proyecto Global del Carbono, que dirigía el ya desaparecido Centro de Análisis de la Información sobre el Dióxido de Carbono del Departamento de Energía de Estados Unidos, muestran que este país ha sido, por lejos, el mayor productor de dióxido de carbono desde 1750. Por sí solo, Estados Unidos ha emitido más CO2 que toda la Unión Europea, el doble que China y ocho veces más que India. Los principales emisores de carbono fueron todas las potencias coloniales (Estados Unidos, Europa, Canadá y Australia) que, a pesar de contar con aproximadamente una décima parte de la población mundial, han representado en conjunto más de la mitad de las emisiones mundiales acumuladas. Desde el siglo XVIII, estos países no solo han dispensado la mayor parte del carbono en la atmósfera, sino que siguen superando su cuota de presupuesto mundial de carbono. Por ende, el capitalismo no puede resolver la crisis climática, ya que el capitalismo es la causa principal de la crisis. Cien de las mayores multinacionales del mundo son responsables del 71% de los GEI de la industria mundial (principalmente dióxido de carbono y metano). Estas empresas, lideradas por la industria de la energía del carbono, no están preparadas para acelerar la transición energética, a pesar de su capacidad tecnológica para generar dieciocho veces la demanda mundial de electricidad solo con energía eólica.

La sostenibilidad, el interés de ciertas empresas capitalistas en el GND está sustancialmente motivado por su deseo de conseguir fondos públicos para diseñar nuevos monopolios privados para la misma clase capitalista que es dueña de esas grandes corporaciones que contaminan el mundo. Sin embargo, como explica Riofrancos en el cuaderno, Ahora el propio capitalismo nos vende la idea de un “El ‘capitalismo verde’, que pretende mitigar los síntomas del calentamiento global, la extinción masiva de especies, la destrucción de ecosistemas, sin transformar el modelo de acumulación y consumo que ha causado la crisis climática en primer lugar. Es una ‘tecno-solución’, la fantasía de cambiar todo sin cambiar nada”.

Como bien lo dice Viyai: “Ninguna política climática puede ser universal. Quienes devoran los recursos del mundo deben reducir su consumo. Dos mil millones de personas no tienen acceso al agua potable, mientras que la mitad de la población mundial no tiene acceso a una atención de salud adecuada. Hay que garantizar su desarrollo social, pero este desarrollo debe construirse sobre una base socialista y humanista, no capitalista.

1Profesora de la Universidad de Colima

analuzqm@ucol.mx

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