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Jesús, el palestino

Abigail Mendoza Alvarado

18 de diciembre de 2024

Él sabía a dónde pertenecía y estaba muy seguro que no era a los grandes edificios de mármol y riquezas; su casa eran los escombros, los mismos que albergan los sueños y espíritus de otros, los que cubren los cuerpos mancillados. Entendía que su origen era el mismo de aquellos que hoy sufren un dolor tan inmenso como el que él lloró. Hoy entendía al ver el rostro de las madres, el dolor que María sintió por él; entendió la infinita maldad del mundo, se sentó en aquellos escombros y tierra manchada de sangre y acompañó en silencio, con la misma cara desencajada, tratando de entender que salió mal en su discurso.

Miraba a todos a su alrededor y notaba que el color de su piel era igual y que sus rasgos se asemejan a los suyos. Se quedó allí, en donde pertenecía, en donde en algún momento caminó y estando ahí se preguntó: ¿por qué lo buscaban en lugares donde él no pertenece? ¿Por qué no miran su lugar de origen y se indignan? ¿Cómo es que pueden celebrar su nacimiento o sufrir por su muerte de hace tanto tiempo, pero no detienen lo que pasa cada día en Gaza?

Se resistía a pensar en lo peor pero las pruebas eran contundentes, casi imposibles de ignorar y aún así la indolencia hacía su trabajo. Le costaba entender y asimilar lo que veía pasar a su alrededor; una vez más, esa tierra que lo vio sufrir se hacía el escenario donde inocentes se vuelven mártires. ¿En qué momento la fe se monetizó? ¿En qué momento su rostro se modificó para caber en los estándares? ¿Cómo fue que sus palabras que buscaban la unión, se volvieron el discurso de control, de miedo, de individualismo?

Y es que, ahora en contra de su voluntad, vive en enormes palacios y en su nombre se profesa una falsa paz; lo nombran ricos sin humanidad y asesinos vestidos de militar para pedirle protección y bendición; sí, ellos que son cómplices del odio y el exterminio.

Trataba pero no llegaba a entender la ironía del ser. ¿Cómo es que teniendo la capacidad de crear o preservar la vida, preferían no hacerlo?, así de sencillo como si decidir quién vive o muere fuera un simple juego de asar. Lo intentó pero sabía que él ya casi nada podría hacer, así que solo se quedó allí sobre los escombros, para acompañar en silencio, y se resignó a volver a sufrir, a quedarse con los suyos como lo hace un buen camarada; a ser mártir en la tierra que lo creció y sepultó. Se quedó ahí, triste. Se sintió secuestrado, utilizado y capitalizado.

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