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El final de una democracia funcional

ECP

Estados Unidos no enfrenta una crisis electoral en el sentido clásico. Las urnas siguen funcionando, los conteos se realizan y los tribunales validan resultados. Lo que ha colapsado no es el procedimiento, sino la función democrática: la capacidad del sistema para integrar socialmente, producir legitimidad y ofrecer un horizonte común. La democracia persiste como forma, pero ha perdido contenido.

El ciclo abierto por el Supermartes de 2026 confirma esa mutación. No hay mayorías expansivas, no hay liderazgos integradores, no hay proyecto nacional compartido. Hay bloques enfrentados, identidades cerradas y una política reducida a la administración del conflicto permanente. El voto ya no articula voluntad colectiva: expresa miedo, rechazo o resistencia.

Este agotamiento no surgió de la nada. Es el resultado de décadas de desindustrialización, desigualdad extrema, endeudamiento social, violencia normalizada y deterioro institucional. Cuando el Estado deja de garantizar condiciones mínimas de vida y futuro, la democracia deja de ser un pacto y se convierte en un trámite. Se vota, pero no se elige un rumbo. Se participa, pero no se decide.

En ese contexto, la expansión del control encubierto no es una anomalía, sino una consecuencia. Un sistema que no puede gobernar por consenso recurre a otros mecanismos: coerción administrativa, vigilancia, judicialización selectiva, disciplinamiento mediático y gestión de archivos comprometedores. No es una deriva moral. Es una adaptación funcional al colapso de la integración.

Por eso los grandes escándalos de impunidad no son episodios marginales ni errores corregibles. Son síntomas de un orden que gobierna desde la sombra. Cuando el poder se apoya en el chantaje, el silencio y la amenaza implícita, la competencia electoral pierde sentido sustantivo. Las elecciones siguen ocurriendo, pero bajo condiciones estructuralmente desiguales y simbólicamente vaciadas.

La polarización extrema cumple aquí un papel útil. Divide, inmoviliza y sustituye la discusión social por guerra cultural. Mientras los bloques se enfrentan, el sistema se preserva. No se resuelven problemas materiales, pero se administra el conflicto. No se reconstruye el pacto social, pero se mantiene el control.

El problema de fondo no es quién gane la próxima elección presidencial. Es que ningún resultado puede recomponer lo que ya no existe: una democracia capaz de integrar. La alternativa dominante oscila entre el autoritarismo explícito y la tecnocracia defensiva. Ambas opciones administran el deterioro. Ninguna lo revierte.

Estados Unidos entra así en una nueva fase histórica: una potencia que conserva capacidad de coerción, influencia externa y control institucional, pero ha perdido su capacidad democrática efectiva. La legitimidad ya no emana del bienestar compartido ni del futuro prometido, sino de la fuerza, el expediente y el miedo al otro.

Las elecciones seguirán celebrándose. Pero ya no serán el mecanismo central de decisión colectiva. Serán el ritual que legitima un orden que dejó de creer en sí mismo. Ese es el verdadero final que estamos presenciando: no el de una democracia formal, sino el de una democracia funcional.

• Es Cosa Pública

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