Miguel Casillas
Hoy como en el pasado, el movimiento antinuclear es la única esperanza para alertar a la sociedad veracruzana sobre los enormes costos y los tremendos riesgos que representa la planta nuclear de Laguna Verde y sobre la absurda idea de ampliar su potencial de producción de energía eléctrica con la incorporación de un tercer reactor.
La planta de Laguna Verde, creada hace más de 34 años, con fallos y alarmas constantes, no es como nos quieren hacer ver una buena idea, pues aporta muy poco al caudal nacional de energía eléctrica. En un país como México, con ríos, sol en abundancia, fuertes vientos, incluso rico en petróleo, es un absurdo decidirse por la energía nuclear para producir electricidad. Desde su origen, la planta nuclear representa un riesgo enorme sobre las poblaciones aledañas y los recursos naturales de su entorno ambiental. Los ejemplos históricos en Estados Unidos, Rusia o Japón son la evidencia del riesgo: accidentes nucleares enormes, incontrolables, gigantesca devastación y contaminación con consecuencias de largo plazo.
La energía nuclear no es una energía limpia; la contaminación con uranio es terrible. En el caso de Laguna Verde, el destino final de la basura del uranio y de la maquinaria y los dispositivos contaminados, es incierto y una fuente de contaminación radioactiva que perdura y sigue contaminando por siglos. No hay justificación para ampliar la contaminación ambiental en el mundo.
La planta de Laguna Verde fue resultado de una estrategia económica que favoreció a las empresas norteamericanas y ejemplo del capitalismo depredador. En efecto, la planta no funciona con tecnología nacional ni es parte de una estrategia nacionalista de independencia energética; por el contrario, fue y sigue siendo un enorme negocio para empresas principalmente gringas. La planta nuclear forma parte del conjunto de estrategias económicas capitalistas a las que nada les importa sus consecuencias ambientales, como la minería a cielo abierto, como el uso de agroquímicos y pesticidas de modo generalizado; como muchísimas empresas que fueron creadas para saquear a las comunidades, para despojar territorios y saquear los recursos naturales. En Veracruz, el capitalismo salvaje se ha impuesto en la agricultura, la ganadería, la producción e industrialización del petróleo.
Es paradójico que desde Veracruz se proponga que se amplíe la planta de Laguna Verde, cuando cualquier agenda progresista y ambientalista estaría proponiendo mecanismos para cerrarla y clausurarla para siempre. Nada podemos esperar de una mirada estrecha desde la ingeniería si además no se tiene conciencia ambiental. Si se desconocen los efectos nocivos de la planta nuclear sobre las comunidades vecinas, si se ignora el estado de los caminos de emergencia, si no considera que a unos cuantos kilómetros las depredadoras empresas mineras canadienses y mexicanas perforan con explosivos la tierra, si se desconoce que alrededor de la planta proliferan las pedreras que han destrozado con dinamita enormes extensiones para sacar las piedras que sostienen las vías del Tren Maya.
El nuevo gobierno de Veracruz debería reconocer el fundamento progresista del voto que se emitió recientemente a su favor. No se votó para que continuara el PRI ni el PAN con sus prácticas depredadoras y del capitalismo salvaje, tampoco se votó para sostener una visión de mercado ni de rentabilidad económica en la acción pública. La sociedad veracruzana votó contra el patrimonialismo y la privatización de las empresas del estado. La gente confió en la agenda progresista de Morena, que supone una amplia conciencia ambiental y la búsqueda de un bienestar compartido entre las familias.
Atrás de Morena hay una larga tradición de luchas sociales en Veracruz, incluido el movimiento antinuclear de los años 80 y 90. El pragmatismo contemporáneo no puede olvidarse del pasado. La agenda por la recuperación y la restauración ambiental en el estado es enorme, para rescatar las selvas, los bosques y los ríos, para salvar al mar, para controlar la agricultura y limitar la ganadería, para proteger a las especies animales y vegetales. Para salvar la vida. Veracruz no aguanta más despojo ni mayor depredación de sus recursos.
En México y en el mundo la izquierda siempre ha sido ecologista y sus banderas tienen plena vigencia en la época contemporánea. Ojalá y una científica ecologista como se proclama la nueva presidenta de la República, identificada con las causas de la izquierda, pueda frenar la iniciativa depredadora de colocar un nuevo reactor nuclear en Veracruz.
En Veracruz hay una larga y persistente demanda contra Laguna Verde. Cualquier agenda progresista comprometida con la protección, salvaguarda y recuperación del medio ambiente implica su cierre y clausura definitiva, la recuperación de su entorno y el apoyo a las comunidades afectadas. El movimiento antinuclear está de regreso y de nueva cuenta estalla un grito de alerta para todo el país: ¡por el bien de todos, que se cierre y clausure la planta nuclear de Laguna Verde!






