viernes, mayo 27, 2022
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¿Integración de toda América?

En una misiva enviada al presidente Andrés Manuel López Obrador, su homólogo argentino Alberto Fernández evocó la probabilidad de que Luiz Inacio Lula da Silva gane la presidencia brasileña en los comicios previstos para octubre, lo que sentaría las bases para integrar un eje entre México, Brasil y Argentina “en torno al cual podría encaminarse la política de la región en pos de una mejor calidad democrática y esencialmente en una más justa distribución del ingreso”. El destinatario recibió la idea con simpatía pero expuso que, “independientemente de esta alianza, debe buscarse la integración de toda América”.

Sin desconocer “las desigualdades del continente, o el continente con más inequidad, así también es el que tiene más potencial económico y comercial; son muchísimos sus recursos naturales, su fuerza de trabajo joven, su avance en materia tecnológica, su fortaleza en cuanto a la capacidad de consumo”, dijo el mandatario mexicano, con lo que retomó un planteamiento que ya había formulado en julio del año pasado en la conmemoración del 238 aniversario del natalicio de Simón Bolívar, cuando propuso construir “una nueva convivencia entre todos los países de América”, ajena al belicista e injerencista modelo neocolonial que durante dos siglos ha caracterizado la política estadounidense hacia el resto del continente y que ha mantenido a América Latina en “la disyuntiva de integrarnos a Estados Unidos o de oponernos en forma defensiva”.

Es claro que la integración latinoamericana ha resultado ser un objetivo mucho más difícil de alcanzar de lo que habría podido pensarse y que los avances al respecto logrados durante el ciclo de gobiernos progresistas en Sudamérica, que tuvieron como impulsores principales a los gobiernos de Néstor Kirchner/Cristina Fernández, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, se vieron en buena medida contrarrestados por el declive de los organismos regionales a consecuencia del contraciclo neoliberal que se instauró en Argentina (Mauricio Macri), Brasil (Jair Bolsonaro), Ecuador (Lenín Moreno) y Bolivia, donde las oligarquías tradicionales perpetraron un golpe de Estado en noviembre de 2019 que no logró engendrar un régimen perdurable.

Hoy día parece imprescindible retomar el impulso integrador regional bajo los auspicios de México, Brasil y Argentina, no solo para integrar un bloque subcontinental capaz de proteger a las poblaciones de la zona de los embates y vaivenes de la economía globalizada sino también para introducir un aliento democratizador y de justicia social a fin de sacar de la pobreza en forma coordinada a decenas de millones de personas que se encuentran en una exasperante situación de carencias y para reducir el azote de las desigualdades.

Lograr la integración continental es una empresa mucho más complicada, en la medida en que requeriría que Estados Unidos asumiera la doble voluntad política de contribuir en forma eficaz a un desarrollo equitativo en todo el continente y de abandonar una política imperialista que le ha sido consustancial y aceptara participar en una comunidad económica semejante en pie de igualdad y con respeto a la soberanías de las otras naciones.

Otro obstáculo mayúsculo para un proceso integrador de esas características es que, a diferencia de la mexicana, las principales economías sudamericanas tienen ya a China como principal socio comercial, lo que obligaría a redirigir buena parte de su comercio y de sus intercambios en general.

Pero la propuesta de López Obrador no solo hacía hincapié en los aspectos comerciales, sino también en los geopolíticos: el desequilibrio económico en favor de China y en detrimento de Estados Unidos, expuso aquella vez, podría dar margen a tensiones bélicas en el Pacífico entre Beijing y Washington, y es necesario corregir tal desequilibrio por medios no bélicos.

En lo inmediato, y por muchas razones, cabe esperar que el veterano líder obrero brasileño logre alcanzar de nueva cuenta la presidencia de su país y las tres mayores economías latinoamericanas sean encaminadas por gobiernos progresistas hacia la consolidación de la democracia, el combate a la pobreza y la dignificación de la vida de las clases populares.

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