El pasado cinco de octubre, en la Universidad Veracruzana Intercultural, sede Tequila, se llevó a cabo la presentación de libros o capítulos de libros escritos por egresados de la UVI. Esta actividad fue parte del décimo Festival del buen vivir, un evento que promueve la articulación de actores de las comunidades de la sierra de Zongolica, a través de actividades académicas, artísticas, lúdicas y comerciales. Los presentadores fueron Angélica Hernández Vásquez, Antonio Tepepa Acatécatl, Lorenzo Antonio Bautista Cruz, Malaquías Sánchez Rosales, Pedro Montalvo Nolasco, Reynaldo Zavaleta Cólotl y Víctor de La Luz Huerta.
Aparentemente ese evento es un suceso normal en las universidades: son comunes las presentaciones de libros, las glosas de ideas científicas y académicas, la recreación de lo que el científico francés Pierre Bourdieu llamó habitus académico. Si es un evento normal, por qué escribir especialmente de él. Porque, aunque no se note a primera vista, lo que mostraron las y los estudiantes escritores es una capacidad que implicó muchos viajes y migraciones, tanto físicos como simbólicos, que las y los prepararon para un mundo cada vez más complejo.
Menciono los viajes y las migraciones porque la mayoría de ellos son jóvenes de familias campesinas e indígenas, cuestión que les permitió desarrollar conocimientos del campo y de la tierra, hoy tan valorados en el mundo entero; sin embargo, pocos crecieron con libros en su casa. Además, muchos de ellos recibieron una educación poco pertinente social y culturalmente hablando, debido a una política educativa que buscó durante mucho tiempo borrar las identidades de los pueblos originarios. Considerando este hecho, podemos suponer que transitar de una escasa socialización en todos los elementos que implican la lectura y la escritura a tener el pleno conocimiento y la habilidad de escribir libros es un fenómeno extraordinario, desde el punto de vista educativo.
¿Por qué? Recordemos lo que los sociólogos clásicos de la educación (Basil Bernstein, por ejemplo) nos han enseñado: la educación, casi siempre, ha servido para reproducir relaciones de clase, para que el hijo del obrero continúe como obrero y el hijo del empresario rico continúe en su situación de privilegio; o, también, lo que nos enseñan los sociólogos de la educación contemporáneos (P. Bourdieu, B. Latir, G. Saraví): transitar de un campo a otro (por ejemplo del dominio de los saberes campesinos al dominio de saberes académicos) es muy complicado, porque cada campo es como un juego que tiene sus reglas y sus normas y son juegos complejos. Por ello no estamos acostumbrados a ver tanta movilidad social. Lo que desarrollaron las y los jóvenes de la UVI es una competencia intercultural que les ha permitido conocer diferentes campos sociales y poder transitar de un lado al otro en el mundo social y cultural. Y no parece casual que hayan desarrollado esta competencia. En la UVI se promueve esta capacidad. Se comienza por valorar los conocimientos y la identidad de sus padres y abuelos, para luego promover contrastes interculturales a través de un acercamiento al mundo académico que es paralelo a sus proyectos de investigación vinculada, pasando por actividades de movilidad local, nacional e internacional que les permiten transitar a diferentes culturas partiendo de la valoración de sus propios saberes y conocimientos. En suma, en la UVI se propician competencias interculturales que las y los jóvenes están cosechando ahora como egresadas y egresados, en su vida como profesionistas y como seres humanos.
Los libros de las y los egresados de la UVI no es solo una cosa entre las cosas, como dijera Borges, es un viaje del campo a la biblioteca y de la biblioteca al campo, los jóvenes están sembrando conocimientos nuevos que hermanan dos mundos simbólicos distantes: la cosecha de estos saberes viajeros parece estar llena de fertilidad en este mundo tan complejo ávido de puentes y lazos entre diferentes.






