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Trump y sus generales: la decadencia que ya no se puede ocultar

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Lo más revelador del episodio reciente con el general Randy George no es que lo haya llamado “peligro para la seguridad nacional”, porque no lo hizo. Lo verdaderamente inquietante es que millones de personas hayan dado por buena una declaración falsa… porque encaja demasiado bien con la realidad política que encarna Donald Trump. El bulo se sostiene sobre una intuición cierta: para muchos dentro y fuera de Estados Unidos, Trump no es solo un político polémico; es el síntoma más visible de la decadencia de un imperio que ya no sabe gobernarse a sí mismo.

Aunque Randy George se ha cuidado de no entrar en confrontación directa —como jefe del Ejército en activo, está atado por la disciplina y la ley—, varios de sus antecesores y colegas retirados han dicho en público lo que él no puede decir. James Mattis, ex secretario de Defensa y general de cuatro estrellas, acusó a Trump de hacer “una burla de la Constitución” y de intentar dividir a los estadounidenses entre sí. Otros ex jefes militares y de seguridad han ido más lejos: en cartas abiertas han descrito a Trump como “un peligro para la seguridad nacional y la democracia”, llamando a impedir su regreso al poder.

No se trata de militantes de izquierda ni de activistas marginales: son el tipo de personas que, durante décadas, encarnaron la ortodoxia del poder estadounidense. Que ellos se vean obligados a advertir sobre el riesgo que representa Trump indica hasta qué punto la deriva autoritaria dejó de ser una exageración retórica para convertirse en evaluación profesional.

Trump es la cristalización de varios procesos simultáneos: el vaciamiento moral de las élites políticas, la fusión entre espectáculo y gobierno, la normalización de la mentira como herramienta cotidiana y la tentación abierta del autoritarismo. Es un dirigente que desprecia cualquier límite: la Constitución, los jueces, la prensa, los opositores, incluso los mandos militares que no se le subordinan personalmente. Lo que quiere no es liderar una república, sino mandar sobre un culto.

De ahí que tantos ex generales hablen de “amenaza para la democracia” y no solo de diferencias ideológicas. Lo que está en juego no es si sube o baja un impuesto, sino si el poder de un individuo queda por encima de las leyes. El intento de presentar la inmunidad total del presidente como un derecho casi monárquico, contra el que han alertado antiguos jefes militares y de seguridad, es una señal inequívoca: si Trump pudiera, gobernaría sin contrapesos.

La decadencia que representa no es solo política, sino cultural. Es el triunfo del grito sobre el argumento, del insulto sobre el debate, del rencor sobre cualquier noción de bien común. Su discurso se alimenta de resentimientos reales —la precariedad, la desigualdad, el abandono de regiones enteras—, pero en lugar de ofrecer soluciones, los explota hasta el límite: culpa a inmigrantes, mujeres, minorías, periodistas, científicos, cualquiera que sirva como chivo expiatorio. El problema no es la crisis de Estados Unidos, sino la imposibilidad de asumirla con honestidad.

Es en este contexto que la figura del militar adquiere un valor simbólico. Durante décadas, la institución armada norteamericana se presentó como garante de estabilidad interna y proyección externa. Hoy, una parte de esa élite uniformada ve con horror cómo el comandante en jefe convierte la fuerza armada en utilería para desfiles megalómanos, amenazas internas y fantasías de “mano dura” contra su propia población.

Que circulen falsos noticieros donde se pone en boca del general Randy George una condena fulminante a Trump habla tanto de la desesperación informativa como de la sensación de orfandad: la sociedad parece necesitar que “alguien dentro” diga lo que muchos ya piensan fuera. Pero la verdad es que no hace falta inventar declaraciones: las advertencias auténticas ya están ahí, firmadas por ex secretarios de Defensa, ex jefes del Estado Mayor, ex embajadores, republicanos tradicionales y conservadores que, a pesar de su propia historia, entienden que jugar con el fascismo nunca termina bien.

Trump no inventó la decadencia estadounidense, pero la acelera y la exhibe sin pudor. Es la máscara caída de un sistema que prefiere destruir sus propias normas antes que aceptar la pérdida de privilegios. Es, al mismo tiempo, producto y motor de una cultura política que ha sustituido la autocrítica por la teoría de la conspiración y el diálogo por la amenaza.

Tal vez por eso los montajes sobre Randy George resultan verosímiles: porque encajan en una escena donde un presidente en ejercicio insulta a sus propios generales, los llama traidores y los convierte en objetivos políticos si no le son leales. El general tal vez no lo dijo, pero el diagnóstico, en el fondo, sigue vigente: un país cuyo líder aspira a estar por encima de la ley es, por definición, un peligro para sí mismo y para los demás.

Más allá de las falsificaciones, lo que queda es la pregunta de fondo: ¿cuántas advertencias hacen falta para que una sociedad entienda que su mayor amenaza no viene de afuera, sino de su propia incapacidad para poner límites a quienes desprecian las reglas del juego? En el caso de Trump, los generales —los reales, los que existen y firman con nombre y rango— ya han hablado. El problema ya no es lo que dicen ellos, sino lo que está dispuesto a escuchar el país que ayudaron a construir.

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