Cecilia Soto no llega a la disciplina de cuadro por accidente. Participó en el movimiento estudiantil de la Universidad de Sonora aplastado en 1973, huyó a la Ciudad de México y de ahí a Estados Unidos, donde se formó dentro del National Caucus of Labor Committees. De regreso reprodujeron el esquema como Comités Laborales, entidad que derivaría en el Partido Laboral Mexicano, donde Soto militó antes de desligarse. Hoy encabeza la secretaría general de Somos México, la más reciente de las plataformas por las que ha transitado en cuatro décadas: PARM, PT, embajadora del primer gobierno panista en Brasil, PRD. Condujo, junto con Emilio Álvarez Icaza y otros, las 246 asambleas distritales y las más de 310 mil afiliaciones que hicieron posible la asamblea constitutiva. Es, otra vez, arquitecta y no sólo firma.
A su lado, como presidente, está Guadalupe Acosta Naranjo, fundador del PRD en 1989 y operador central de Los Chuchos. En 2008 asumió la presidencia nacional interina en medio de la fractura Encinas-Ortega, el episodio que marcó el inicio del declive que terminaría, en 2024, con la pérdida del registro del partido. Camilo Valenzuela lo acusó de corrupción junto con el resto de Los Chuchos; Fernández Noroña lo ha descrito como voraz. Acosta Naranjo insiste en que Somos México “no será el PRD 2.0” precisamente porque él mismo liquidó el partido que hoy ya no existe.
Ambos dirigentes ofrecieron, en el mismo arranque, dos lecturas incompatibles de su relación con el poder. Soto declaró que Somos México “mantiene un acuerdo con Morena.” Acosta Naranjo encabezó consignas de “¡Fuera Morena!” y definió al partido como enfrentamiento frontal. Uno describe entendimiento; el otro, enfrentamiento. Fernández Noroña zanjó la duda a su manera: llamó al proyecto “la misma intriga” y a sus fundadores “una pieza más de la derecha.”
No está naciendo un partido nuevo. Está intentando reorganizarse un proyecto político que gobernó México más de tres décadas y que perdió el poder cuando una mayoría social decidió que el modelo neoliberal había agotado su legitimidad. El neoliberalismo no destruyó por completo el Estado de bienestar mexicano, pero lo deterioró profundamente: redujo la capacidad del Estado para garantizar derechos sociales y trasladó al mercado funciones que le correspondían. El resultado fue un país con salarios que perdieron poder adquisitivo, pobreza persistente, infraestructura pública abandonada y hospitales sin capacidad real de operación, mientras el modelo educativo privilegiaba una concepción funcional del individuo sobre la formación humanista.
Los siete años de la Cuarta Transformación representan el comienzo de una reconstrucción de ese Estado de bienestar: recuperación del salario mínimo, ampliación de programas sociales, regreso del Estado como actor central del desarrollo. Es en ese contexto donde surge Somos México, con Acosta Naranjo y Soto al frente: uno que liquidó desde dentro el partido que dirigió, otra que ha edificado organizaciones y sumado coyunturalmente a otras. No es una simple suma de ciudadanos inconformes; es el esfuerzo por reorganizar a quienes consideran que el modelo anterior debe recuperarse bajo nuevas formas y un nuevo lenguaje, apoyándose en la defensa de las instituciones surgidas en aquel periodo.
Tampoco es un fenómeno exclusivamente mexicano. El 21 de junio, Iván Cepeda perdió Colombia frente a la derecha de Abelardo de la Espriella, dejando a Brasil y México como los únicos proyectos de izquierda con vocación de Estado de bienestar en pie en la región. México, el más consolidado institucionalmente de los dos, es por eso mismo el objetivo de mayor peso. La disputa que viene no será sólo por los votos: será, otra vez, por el modelo de Estado y por el imaginario de nación que orientará el futuro de México. El nacimiento de Somos México es una sana opción para la democracia mexicana, pero sobre todo es la expresión de un reacomodo continental: un proyecto de país que aspira a restaurar el paradigma neoliberal bajo una narrativa renovada, con dos operadores que ya demostraron que saben desmantelar lo que ayudan a construir.
Fe de erratas. En “La secta que aprendió a votar” (10 de julio) se afirmó que Manlio Fabio Beltrones, “como gobernador de Sonora, controló a los mismos Micos” que reprimieron el movimiento estudiantil de 1973. En 1973 Beltrones no ocupaba ningún cargo público —era estudiante de Economía en la UNAM, de 20 años—; entró al servicio público hasta 1975, como asistente del subsecretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios, y llegó a la gubernatura de Sonora hasta 1991. También se afirmó que el NCLC de LaRouche “ese mismo 1973 completaba su giro” hacia la extrema derecha: en 1973 el NCLC libraba la “Operación Mop-Up” contra la izquierda rival, todavía con discurso de izquierda; el giro se formalizó hasta 1977, ya con el grupo sonorense adentro. El señalamiento sobre el tránsito de Marivilia Carrasco hacia El Yunque y Los Tecos careció de contraste con fuentes independientes y debe leerse con reserva.




