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París arde otra vez: Macron, neoliberalismo y el eterno déjà vu francés

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ECP*

Los franceses tienen un talento particular para tomar las calles con la misma pasión con la que otros pueblos hacen fila para pagar impuestos o comprar boletos de lotería. No es casualidad: desde la Bastilla hasta los chalecos amarillos, pasando por mayo del 68, la protesta se ha convertido en la verdadera fiesta nacional, más auténtica que el 14 de julio y más coreada que la Marsellesa en un partido de futbol. Hoy el protagonista involuntario de este ritual colectivo es Emmanuel Macron, ese presidente que se vende como moderno reformista y no pasa de ser un recadero bien peinado del gran capital.

Porque, vamos a decirlo sin rodeos: detrás de la retórica tecnocrática de “ajuste presupuestal” y “eficiencia fiscal” se esconde lo de siempre: recortes, privatizaciones disfrazadas y un Estado de bienestar adelgazado hasta parecer modelo de pasarela. Macron habla de “responsabilidad fiscal” como si fuera un médico recetando dieta sana, pero en realidad actúa como un cirujano que amputa la pierna a un paciente con gripa.

Las medidas que han sacado a la gente a las calles no son ni originales ni francesas. Son el mismo guión neoliberal que se ha aplicado en América Latina con el aplauso del FMI, en España con la obediencia ciega a Bruselas, en Grecia con el saqueo sistemático de la troika o en el Reino Unido con la sonrisa infame de Thatcher. Reducir pensiones, recortar presupuesto en salud y educación, prolongar la edad de jubilación y abrir la puerta al sector privado para que haga negocio donde antes había derechos. El neoliberalismo, como el mal café, sabe igual en todas partes, y en Francia huele además a croissant quemado. Lo irónico es que Macron se presenta como el heredero de la grandeza gaullista, pero sus políticas recuerdan más a las recetas del FMI que a cualquier tradición francesa de soberanía social. Se viste de estadista europeo, pero actúa como gerente de recursos humanos que repite la frase favorita de todo jefe mediocre: “hay que hacer más con menos”.

Las imágenes son conocidas: calles bloqueadas, humo de llantas, pancartas con ingenio ácido, estudiantes y trabajadores hombro con hombro, sindicatos de transporte paralizando medio país. Macron, mientras tanto, juega al “hombre fuerte” y manda policías con cascos brillantes y porras extensibles a reprimir como si eso borrara el déficit público. Pero los franceses no son precisamente fans de agachar la cabeza. La ironía es que en un país obsesionado con la cultura, el cine y la gastronomía, los gases lacrimógenos se han convertido en condimento habitual de las cenas en barrios obreros. Y claro, las cadenas internacionales transmiten la “crisis” con el mismo tono alarmista con el que narran un huracán, sin detenerse a explicar que la tormenta es consecuencia directa de un modelo económico diseñado para beneficiar a unos pocos.

El presidente francés no oculta su ADN: formado en la banca Rothschild, convencido de que los números de la Bolsa son más importantes que la temperatura social del país. Macron cree que Francia es una start-up que necesita “reingeniería”, pero olvida que no administra un consejo de accionistas, sino un país con memoria histórica de guillotinas. Su retórica de “modernización” encubre una nostalgia aristocrática: que la riqueza fluya hacia arriba y la sociedad, obediente, agradezca el privilegio de financiar a los grandes consorcios con su sudor. Es la versión refinada de Margaret Thatcher con acento parisino, solo que menos carismática y con peor timing.

La disputa no es nueva: Macron pone gráficos de PowerPoint sobre la deuda y el gasto público, mientras la gente responde con pancartas y huelgas. Y aunque los economistas neoliberales repitan que “no hay alternativa”, en Francia la calle grita que sí la hay: repartir mejor la riqueza, invertir en servicios públicos, proteger a quienes trabajan en lugar de a los especuladores. Lo sarcástico es que Macron parece sorprendido. ¿De verdad esperaba que un pueblo que ha hecho de la protesta su deporte nacional aceptara dócilmente que le recorten pensiones o lo obliguen a jubilarse a los 67 años? Es como si alguien lanzara una campaña para prohibir el vino y el queso: sencillamente suicida.

Las movilizaciones francesas son un espejo incómodo para otros países. Mientras en América Latina todavía se discute si es “realista” defender la seguridad social, los franceses incendian barricadas para recordarle al mundo que los derechos no se mendigan, se conquistan. Y que el neoliberalismo, con todo su maquillaje de modernidad, sigue siendo lo mismo: transferencia de riqueza de abajo hacia arriba. Los franceses no protestan porque sean “flojos” o “privilegiados”, como los caricaturizan los editorialistas neoliberales. Protestan porque entienden que cada recorte hoy es un retroceso mañana, que cada concesión al mercado es un ladrillo menos en la casa común del Estado de bienestar. Y lo hacen con esa terquedad histórica que, aunque molesta a los burócratas de Bruselas y a los banqueros de Frankfurt, mantiene viva la llama de la resistencia social en Europa.

La historia ofrece paralelismos deliciosamente irónicos. En 1789 el pueblo se levantó contra una monarquía que gastaba en palacios mientras el hambre se extendía; en 1968 la juventud desafió un sistema que pretendía domesticarla con promesas vacías; en 1995 los trabajadores paralizaron el país contra una reforma de pensiones parecida a la de hoy. Y ahora Macron repite el error de todos sus predecesores que confundieron “autoridad” con “imposición”. Cada barricada en París es un recordatorio de que la guillotina puede estar oxidada, pero la memoria colectiva no.

El presidente insiste en que no hay alternativa, como si el neoliberalismo fuera una ley natural, como la gravedad. Pero mientras él presume su “inevitabilidad”, las calles demuestran lo contrario. No se trata sólo de Francia: la ola de protestas resuena en Alemania, inspira a Italia y hasta despierta simpatías en América Latina, donde sabemos demasiado bien lo que significa tragarse las recetas del FMI. Macron ha logrado lo que parecía imposible: que la palabra “austeridad” suene aún peor en francés que en español.

En el fondo, Macron enfrenta el dilema de todos los presidentes que creen que la economía es un Excel y no un tejido vivo: el país no es una empresa, la gente no son “recursos humanos” y las calles no son pasillos de oficina. Puede insistir en que sus medidas son inevitables, pero cada manifestación es un recordatorio de que la legitimidad no se mide en índices financieros, sino en el consentimiento de la sociedad. El sarcasmo de la historia es cruel: Macron, que soñaba con ser el nuevo De Gaulle, pasará a la memoria colectiva no por su visión estratégica, sino por haber convertido a Francia en un laboratorio neoliberal que terminó estallándole en la cara. La Bastilla no se repite, pero el enojo popular sí, y cuando se enciende en Francia, el eco retumba en toda Europa.

Macron quiso aplicar recetas neoliberales de manual —recortes, privatizaciones disfrazadas, austeridad “moderna”— y despertó al verdadero espíritu francés: la protesta en las calles. Mientras el presidente presume gráficos y discursos de “responsabilidad fiscal”, la gente responde con barricadas y huelgas. En Francia, el neoliberalismo tiene un nombre propio, y también una resistencia feroz.

*Es Cosa Pública