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Mexicanos y polacos en Chicago

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Jorge Durand 

Hace ya un siglo llegaron a Chicago y a la zona del lago Michigan los primeros mexicanos.

Según Paul Taylor, su presencia se relaciona con las actividades del ferrocarril que dispersó a la población trabajadora mexicana por toda la Unión Americana, pero también por un hecho fortuito, las grandes huelgas de las empresas fundidoras de la zona en 1919 y el reclutamiento de mexicanos como esquiroles, quienes llegaron de manera temporal, pero se quedaron definitivamente.

En esos tiempos, los mexicanos compartían el espacio con otros migrantes en barrios cercanos a las terminales ferroviarias, las procesadoras de cárnicos y las fundidoras. También compartían el espacio en las iglesias católicas con italianos y polacos, aunque a los mexicanos se les asignaba o segregaba en las bancas de atrás. Con los polacos, tan católicos y pobres como los mexicanos, solían haber distintos tipos de conflictos, en el trabajo, billares, escuelas, bailes y en los baños públicos. Robert Redfield reseña la opinión de un mexicano que asistía a clases de inglés con polacos: “Salvador dijo: me gustan los italianos y los americanos. Ellos son simpáticos. Pero los polacos… Hizo cara de disgusto”. Según Salvador “los polacos siempre fingen que son americanos, se avergüenzan de que son polacos. Dicen que son alemanes o americanos. Una noche, en la escuela, el profesor señaló que los pueblos que formaban América eran Canadá, Estados Unidos y México. ¡Debería haber visto a los polacos que estaban al derredor! ¿Qué…: los mexicanos son americanos?” También Salvador se quejaba de que a los polacos les daban los “buenos trabajos y los mexicanos tienen que hacer todos los trabajos sucios” Y al preguntarle ¿por qué? Salvador respondió: “yo creo que es porque los mexicanos no se quedan aquí”.

El mismo Redfield da cuenta de sus observaciones en ocasión de un baile organizado por mexicanos. “El baile fue ruidoso, informal y amable. La mayoría de los asistentes eran jóvenes mexicanos que querían pasar un rato agradable. Había tres hombres por cada mujer. Había también 10 o más europeo-americanos de segunda generación, desorganizados y alocados, la mayoría polacos y una media docena de prostitutas polacas. Estas entusiasmaron a los mexicanos. Algunas se fueron temprano con lo que habían venido a buscar”.

Los polacos, a diferencia de los mexicanos, eran blancos y rubios, casi transparentes, mientras los mexicanos, en su mayoría, eran morenos, raza de bronce. Pero se atraían mutuamente, a los mexicanos les fascinaban las güeras y se reseñan varios casos de matrimonios entre mexicanos y polacas.

No obstante, las relaciones entre varones polacos y mexicanos eran conflictivas, especialmente los fines de semana, que era cuando la mayoría de los trabajadores iba a los baños públicos. Se suscitaban numerosas peleas y broncas entre los dos grupos porque los mexicanos acaparaban los baños en esos días para darse un regaderazo, cosa que muchos no podían hacer en los cuartos donde vivían hacinados.

Los billares también eran lugar común de disputa por las mesas y los turnos y, sobre todo, porque era el lugar de reunión de hombres solos y donde se ofrecían múltiples servicios.

El billar Las Dos Repúblicas, en la esquina de Green Bay y la 90th, además de billar era bebería, restaurante y ofrecía cuartos en renta. El restaurante Chapultepec, de Green Bay 94, era también un pool room, se vendían tamales y se rentaban cuartos. Al billar van los hombres después del trabajo a divertirse un rato y allí llegaban prostitutas polacas. Redfield relata que un entrevistado le dijo: “la semana pasada entraron cuatro chicas polacas con la excusa de que querían escuchar canciones mexicanas”. Pero incluso algunas iban más allá, “una de ellas me propuso poner una casa amueblada para que viviéramos los dos, si yo le llevaba mexicanos al negocio. Me dijo, podemos ganar mucho dinero. Le respondí que yo nunca había sido padrote y no pensaba convertirme en uno”.

En otro contexto, también industrial y de clase obrera, Paul Taylor anota que para el caso de Bettelheim, Pennsylvania, el problema de las broncas entre diversos grupos raciales era que los mexicanos utilizaban navajas para pelear, lo que causaba heridos y problemas con la policía. No obstante, expresa, que los jóvenes hijos de migrantes mexicanos que iban a la escuela aprendieron a darse trompadas, lo que se consideraba como un signo de integración cultural y una manera tolerada de solucionar disputas.

Otro lugar de conflictos interraciales eran los bailes que solían organizar las asociaciones de mexicanos, como El Club Benito Juárez, La sociedad Hispanoamericana o la Sociedad Fraternal Mexicana de Chicago. Era una manera de recaudar fondos para sus asociaciones cívicas y las fiestas religiosas y, por tanto, eran abiertos a todo público y se cobraba a la entrada. Pero a los organizadores les molestaba la presencia de prostitutas polacas y otros inmigrantes que eran muy ruidosos y armaban líos. Hace un siglo mexicanos y polacos convivían, pleiteaban y se enamoraban. En el Chicago del siglo XXI cada uno anda por su lado.

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