sábado, junio 22, 2024
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López Obrador y la pedagogía del oprimido

Jorge Pérez-Grovas

¿Puede calificarse al gobierno de López Obrador cómo afirma la intelectualidad orgánica un gobierno que nos conduce a una “deriva autoritaria”? El principal problema es que esta categoría de análisis carece de sustancia, a no ser la alimentada por el prejuicio y la defensa de intereses, muchas veces espurios.

Poniéndonos un poco serios, nos es difícil llegar a la conclusión de que ya no se trata de una categoría de análisis, sino de una ocurrencia para la descalificación y el linchamiento, enunciado además por los intelectuales orgánicos del autoritarismo mexicano más exitoso de Latinoamérica y del siglo XX .

¿Por qué irritan a esta intelectualidad
–antes complaciente con las “extravagancias o corruptelas del príncipe– las conferencias mañaneras de López Obrador? Mi teoría es que al realizar un ejercicio de “alfabetización política” de pedagogía del oprimido, esto es, de reaprendizaje de las normas sociales aun regidas por el patriarcado oligárquico, el clasismo, el racismo y otras formas de opresión –sistema al cual pertenecen aun cuando de dientes para afuera se proclamen demócratas y progresistas– López Obrador los despoja de su calidad de interlocutores válidos con el poder, encarnado en su presidencia.

El propio López Obrador insiste en que debe repetirse, que debe regresar una y otra vez a la misma idea, a la misma proclama, porque lo que está realizando es un proceso de enseñanza-aprendizaje, que requiere madurar en el imaginario colectivo, dirigido justamente a los desposeídos, a los oprimidos, a los pobres, que al verse por primera vez tomados en cuenta y partícipes de su propio proceso de “alfabetización política” aprueban su conducta de forma mayoritaria y desafían a las descalificaciones de la intelectualidad al ir a las urnas.

En el ensayo escrito por Paulo Freire en 1968, cuando López Obrador apenas tenía quince años, titulado “Pedagogía del Oprimido” se señala que “como pedagogía humanista y liberadora (ésta) tendrá, pues, dos momentos distintos aunque interrelacionados.

El primero, en el cual los oprimidos van desvelando el mundo de la opresión y se van comprometiendo, en la praxis, con su transformación, y, el segundo, en que, una vez transformada la realidad opresora, esta pedagogía deja de ser del oprimido y pasa a ser la pedagogía de los hombres en proceso de permanente liberación”, conceptos que embonan con suficiente armonía en el enunciado del “humanismo mexicano” expresado por López Obrador.

Y por supuesto que irrita este proceso de enseñanza-aprendizaje irrita a las élites económicas e intelectuales, pues al transformar al “oprimido” en un ser pensante que reconoce el origen de su opresión y la manera de liberarse, los despoja de su carácter de patrones y dueños para convertirlos en simples ciudadanos, donde todos tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones.

“El miedo a la libertad, del que, necesariamente, no tiene conciencia quien lo padece, lo lleva a ver lo que no existe”, afirma Paulo Freire, pero en el caso mexicano actual, parece aplicarse mejor a esa intelectualidad orgánica que ha perdido el rumbo y que es incapaz de sentir el pulso de la sociedad.

Tampoco parece aplicarse el principio dialéctico expresado por Freire cuando afirma que la pedagogía del oprimido es liberadora del oprimido y del opresor, porque la verdad del opresor reside en la conciencia del oprimido.

Aquí nos han salido con el cuento de que estaríamos mejor regresando al pasado dominado por ellos: “la pedagogía del oprimido, que no puede ser elaborada por los opresores, es un instrumento para este descubrimiento crítico: el de los oprimidos por si mismos y el de los opresores por los oprimidos, como manifestación de la deshumanización”.

Cuando López Obrador enuncia la necesidad de una república amorosa, entra de nuevo en un paralelismo conceptual con Paulo Freire para quien “el opresor solo se solidariza con los oprimidos
cuando su gesto deja de ser un gesto ingenuo y sentimental de carácter individual; y pasa a ser un acto de amor hacia ellos; cuando para él los oprimidos dejan de ser una designación abstracta, despojados y en una situación de injusticia”.