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La cadena de muertes de ICE

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Por: Rodrigo Efraín Hernández Hebrard (Director Binacional de Comunicación y Relaciones Públicas en AMEXCAN) y Emilio Antonio Vázquez Morales (Coordinador Binacional de Comunicaciones en AMEXCAN)

La muerte de un mexicano en un centro de detención en California, bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), no debería verse como un hecho aislado, ni como una tragedia circunstancial que se explica por sí sola, es más bien la expresión más reciente de un sistema que ha normalizado lo inaceptable. No ocurrió en el desierto ni en el intento desesperado por cruzar una frontera; ocurrió dentro de unas instalaciones institucionales, bajo vigilancia, en un espacio supervisado por el gobierno federal, cualquier gobierno tiene la obligación absoluta de preservar la vida de las personas.

Como ya es costumbre, el caso se dio a conocer a través de un comunicado, donde utilizan un lenguaje y un contenido técnico, que parece diseñado no para explicar lo ocurrido, sino para administrarlo. Se habla de protocolos activados, de investigaciones en curso, de procedimientos a seguir, pero en esa narrativa cuidadosamente estructurada, lo esencial queda fuera, una persona murió mientras estaba bajo custodia y cuando eso sucede, no hay forma de pintarlo diferente.

Lo verdaderamente preocupante no es solo la muerte en sí de una persona, sino lo frecuente que se está volvió este tipo de situaciones; se trata de la segunda muerte de un mexicano en menos de dos semanas en instalaciones supervisadas por ICE y el número catorce desde el endurecimiento reciente de la política migratoria en Estados Unidos. Las cifras, cuando se acumulan, dejan de ser datos y se convierten en evidencia y ya no permiten sostener la idea de la excepción; obligan a reconocer la existencia de un patrón.

Ese patrón tiene que ver con la forma en cómo se opera el sistema de detención migratorio, en teoría, se trata de una medida administrativa; en la práctica, funciona como un esquema enfocado en el racismo y xenofobia. Personas sin condena penal permanecen detenidas durante periodos prolongados, en condiciones inapropiadas y que han sido señaladas de manera reiterada por organismos de derechos humanos; a atención médica insuficiente, la salud mental se atiende de manera superficial y los protocolos, aunque existen, no siempre se traducen en acciones efectivas.

California, pese a su reputación como un estado más garantista a favor de los migrantes, no se escapa de esta lógica, pues los centros de detención responden a una estructura federal que prioriza el control sobre el cuidado. Y claro está que, la geografía no modifica el fondo del problema, únicamente cambia el contexto político; lo que permanece es el mecanismo.

En este escenario, cada muerte sigue un mismo recorrido, se informa, se lamenta, se investiga; la indignación aparece de forma inmediata, pero también se disipa con rapidez. El gobierno mexicano, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, ha calificado estos hechos como inaceptables y ha exigido claridad; sin embargo, las respuestas institucionales, tanto de un lado como del otro, han sido insuficientes para detener una tendencia que se repite cada vez mas frecuente.

Morir bajo custodia del gobierno federal no debería suceder, no en un sistema que se rige por normas, no en un país que presume estándares ejemplares, no en un contexto donde la detención migratoria no debería de ser desde un principio un castigo y sin embargo ocurre y no ocurre una sola vez.

Cuando las muertes dejan de sorprender, el problema ya no es únicamente moral, sino estructural. La muerte de otro mexicano en California no puede entenderse como un incidente aislado que requiere investigación; debe asumirse como una consecuencia de un sistema que ha dejado de garantizar lo más básico, el beneficio de los derechos humanos, porque si no se nombra como tal, si se sigue tratando cada caso como una excepción, entonces lo único que cambia es el nombre en el siguiente comunicado y eso, en sí mismo, ya es una forma de normalizar la situación y de no aceptar responsabilidades.

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