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México en la trampa del Leviatán

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Hay batallas que no se libran donde se dispara, sino en la percepción, en la paciencia, en la capacidad de trasladar costos. El pulso entre Estados Unidos e Irán es de esos. Y México, sin ser beligerante, ya está dentro de su campo de fuerzas. La geopolítica no pide permiso.

Estados Unidos enfrenta una paradoja clásica del poder asimétrico. Su superioridad militar es abrumadora, pero se ha vuelto una carga. Irán no necesita vencer. Le basta resistir y elevar el precio de la presencia estadounidense hasta volverla políticamente insostenible. El mecanismo es exacto: la inestabilidad en el estrecho de Ormuz —sin bloquearlo, apenas dosificándola— dispara los precios energéticos globales y traslada el costo a los hogares estadounidenses. Una guerra con apenas veintiséis por ciento de respaldo se convierte en responsabilidad electoral. El reloj de noviembre corre en una sola dirección.

Atrapado ahí, el gobierno de Donald Trump necesita una válvula de escape: un enemigo visible, emocionalmente rentable, que permita desviar la atención y ofrecer un relato de victoria. México es exactamente eso. La narrativa que presenta al país como un “Estado dominado por los cárteles” —afirmación de Trump, no descripción de la realidad—, la exclusión de la Operación Escudo de las Américas y las operaciones encubiertas selectivas como en Chihuahua no son eventos aislados. Son piezas de una estrategia de distracción: construir un chivo expiatorio para consumo interno cuando el escenario en Medio Oriente se desmorona. La guerra contra Irán no puede mostrarse como victoria, pero la guerra contra los cárteles sí puede escenificarse como tal. Cuando la fuerza no resuelve, la narrativa suple.

Sobre ese tablero se superpone una segunda variable, menos visible: la paradoja energética mexicana. Existe la tentación de hablar de blindaje. El alza del crudo ofrece alivio fiscal momentáneo. Pero México importa tres cuartas partes del gas natural que consume, y ese combustible genera casi el sesenta por ciento de la energía primaria. No se trata solo de electricidad: el gas alimenta a casi toda la industria manufacturera de exportación. Ahí está la fractura.

La paradoja es que México gana marginalmente como exportador de crudo y pierde estructuralmente como importador de gas. El conflicto encarece los hidrocarburos; el gas se indexa a ese movimiento; los costos industriales y la factura eléctrica se disparan. Esa es la vulnerabilidad. Pero hay un contrapeso que no es técnico sino político. La cero tolerancia a la corrupción ha liberado volúmenes de recursos que antes se desviaban de manera sistemática. Los programas sociales y de compensación se sostienen sobre esos ahorros. No es un blindaje derivado de la coyuntura energética, sino de una decisión de Estado. Eso no elimina la exposición estructural, pero la compensa con un margen fiscal que antes no existía. Es margen de maniobra ganado por decisión política.

En cualquier caso una guerra prolongada, es improbable: el planeta no la resistiría. Estados Unidos puede abastecer a Europa y hasta ganar dinero con ello como cuando las sanciones a Rusia, pero no el volumen que demandan China, India o el sudeste asiático. Una disrupción larga fracturaría las cadenas de suministro globales. Pero incluso una crisis breve expone la fragilidad y obliga a actuar.

La presión económica —inflación, costos al alza, pérdida de competitividad— coincide con una ofensiva política y mediática desde Washington que se intensifica. Un país económicamente expuesto y políticamente señalado es el blanco ideal para una administración que necesita un adversario convincente. Ambas presiones se refuerzan.

La amenaza no es una invasión militar abierta, que destrozaría la integración del T-MEC. Opera en otro registro: operaciones encubiertas que erosionan la soberanía, condicionamiento comercial a concesiones políticas y una narrativa que presenta al gobierno mexicano como cómplice por omisión. El propósito es político: debilitar la posición negociadora mientras se proyecta firmeza ante el electorado.

México enfrenta dos urgencias simultáneas. En el frente energético, diversificar fuentes y reducir la dependencia del gas importado deja de ser meta de largo plazo: es necesidad geopolítica inmediata. En el frente político, la diplomacia debe desplegar una contención narrativa que exponga la corresponsabilidad estructural de Estados Unidos —consumo, tráfico de armas— y blinde el principio de no intervención como línea que no se negocia. Responder a cada acusación es inútil. Se trata de no aceptar los términos del debate.

El conflicto con Irán ha enseñado algo que concierne a las potencias medias: en un enfrentamiento asimétrico, la voluntad y la percepción son el verdadero campo de batalla. La victoria no se mide en tonelaje militar, sino en quién impone los términos, los ritmos y los costos. Ignorar esa lección —esperar que la tormenta pase sin tomar posición— es un lujo que México no puede permitirse.

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