La tensión en Medio Oriente volvió a sacudir al mercado energético mundial. No hizo falta cerrar completamente el estrecho de Ormuz ni interrumpir de manera total las rutas petroleras. Bastó el aumento de la confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos para que aparecieran especulación, nerviosismo financiero y presión sobre los precios internacionales.
Y cuando el petróleo tiembla, el resto del sistema económico también.
Durante décadas se insistió en que el mercado global resolvería por sí solo las necesidades estratégicas de los países. México siguió esa lógica: exportar petróleo crudo mientras importaba gasolina y diésel refinados, depender crecientemente del exterior y reducir la capacidad del Estado para intervenir en sectores considerados “ineficientes”.
La crisis internacional vuelve a poner aquellas decisiones bajo otra luz.
Hoy México enfrenta este escenario en condiciones distintas a las de hace veinte o treinta años. La construcción de Dos Bocas, la compra de Deer Park, la rehabilitación de refinerías y el rescate de Pemex fueron presentados muchas veces como proyectos inútiles o ideológicos. Sin embargo, la nueva tensión energética global muestra con claridad que la soberanía energética no era únicamente una consigna política.
Era una necesidad estratégica.
Ninguna economía integrada al mundo puede quedar completamente aislada de los choques externos. México tampoco. Pero existe una diferencia enorme entre depender casi totalmente del exterior o contar con mayores capacidades propias para amortiguar crisis, contener aumentos abruptos y proteger parcialmente el consumo nacional.
Eso es lo que empieza a verse ahora.
La visión de la 4T partió de una idea que durante años fue ridiculizada por los sectores más ortodoxos del viejo modelo económico: el Estado debía conservar herramientas suficientes para proteger a la población frente a los ciclos extremos del mercado global. No sólo en energía. También en salarios, programas sociales, infraestructura y estabilidad interna.
La pandemia ya había mostrado parte de eso. Mientras varias economías occidentales atravesaban deterioro social acelerado, México logró mantener estabilidad política, recuperación relativamente rápida y aumentos sostenidos del salario mínimo. Ahora, con el petróleo convertido otra vez en factor de tensión mundial, esa lógica vuelve a adquirir sentido.
Porque el problema dejó de ser solamente económico. El mundo entra en una etapa más fragmentada, más conflictiva y más incierta. En escenarios así, los países que conservaron capacidades estratégicas propias llegan mejor preparados que aquellos que entregaron completamente sus márgenes de acción al mercado global.
México todavía enfrenta enormes desafíos. Pero algo empieza a resultar evidente: reconstruir capacidad energética, margen de maniobra y cohesión social antes de que llegue la tormenta puede marcar diferencias importantes cuando la tormenta finalmente aparece.
