Las Fuerzas Armadas mexicanas son el pilar silencioso del país. Están ahí cuando la tierra tiembla, cuando los ríos se desbordan, cuando el fuego arrasa o cuando otros gobiernos piden ayuda. Son la frontera entre el caos y la esperanza. Y, lamentablemente, son también el blanco de una derecha que ya no defiende a México, sino su nostalgia por los privilegios perdidos.
En cada desastre natural, el Plan DN-III y el Plan Marina actúan antes que los discursos. Son el rostro del Estado cuando todo lo demás falla. En Tabasco, en Guerrero, en Veracruz, en los sismos o los huracanes, los soldados son las primeras manos sobre el lodo, los primeros en abrir caminos y repartir comida. Mientras ellos rescatan, los opinadores de escritorio repiten que “el Fonden fue eliminado”, como si el país se hubiera quedado sin protección.
El Fondo de Desastres Naturales —ese ídolo neoliberal— fue durante años un laboratorio de saqueo. Los mismos que hoy lo lloran lo convirtieron en un agujero negro de corrupción: facturas infladas, obras fantasma, despensas inexistentes. Miles de millones se esfumaron mientras las comunidades seguían bajo el agua. Lo que desapareció no fue la ayuda, sino el negocio de los intermediarios.
El nuevo modelo, basado en la coordinación directa entre Sedena, Semar y Protección Civil, no es un retroceso: es una vacuna contra el robo institucionalizado. Los recursos se entregan de forma inmediata y verificable, sin gestores políticos ni contratos amañados. Por eso duele tanto al conservadurismo: porque se acabó la piñata.
Mientras los falsos moralistas denuncian “militarización”, las Fuerzas Armadas cruzan fronteras para ayudar a otros pueblos. En Estados Unidos, tras los recientes huracanes, contingentes mexicanos acudieron con maquinaria y médicos. La ironía es monumental: los mismos que insultan a México desde los micrófonos de Miami terminaron recibiendo ayuda de los soldados que tanto desprecian.
El conservadurismo mediático miente por reflejo. Miente porque la verdad lo desarma. No soporta que el Ejército, una institución disciplinada y eficaz, encarne la idea de un Estado que funciona sin su permiso. Las Fuerzas Armadas no buscan poder político: ejercen una autoridad moral que el neoliberalismo nunca entendió. Representan servicio, lealtad y resultados, tres conceptos que el viejo régimen arrojó al basurero de su corrupción.
La derecha no soporta que exista un país que funcione sin sus intermediarios. Por eso difama, caricaturiza y tergiversa. Quiere convencernos de que los soldados son amenaza, no respaldo; que la solidaridad es sospechosa, no virtud. Pero cada vez que la naturaleza pone a prueba a México, son ellos quienes devuelven la esperanza.
Lo que molesta al conservadurismo no es la desaparición del Fonden, sino el fin del botín. No es la presencia del Ejército, sino su eficacia. No es la ayuda a otros países, sino la demostración de que México puede ser solidario y fuerte al mismo tiempo.
La guerra mediática contra las Fuerzas Armadas no es inocente: busca erosionar la confianza social en el único poder institucional que aún conserva respeto. Los mismos que aplaudieron la militarización de Calderón y callaron ante sus masacres hoy se dicen pacifistas. Hipócritas seriales que añoran la corrupción con uniforme de civil.
México no está militarizado: está asistido. Y esa diferencia la entiende cualquiera que haya visto a un soldado rescatar a un niño o repartir agua en medio del desastre. El conservadurismo puede seguir mintiendo, pero los hechos son tozudos: el ejército mexicano, lejos de ser amenaza, es el rostro más noble del Estado.
Porque mientras los voceros del pasado repiten consignas desde sus estudios, los soldados siguen ahí, con los pies en el agua, las manos en el barro y la bandera en alto. Esa es la diferencia entre servir a la nación y servirse de ella.




