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Late con impunidad el caso Duarte

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Metempolítica

La potencial liberación adelantada del exgobernador Javier Duarte denota una de las circunstancias por las que se pierde el sentido de demandar justicia si la impartición de ésta no se contrasta con la mera aplicación del derecho, lo cual subyace en el inacabable debate respecto a la reforma judicial, pero que en su lugar es minimizado por la pseudo clase política, que la señala de extinguir los contrapesos y el Estado de derecho; la misma caterva libertina para la que desde las posiciones de poder público, dentro y fuera de las instancias jurisdiccionales, es sólo un asunto de trámites y etapas procesales desestimar el abismal trasfondo del desastre que produjo la imposición, desde “la plenitud del pinche poder” en 2010, de este cínico como gobernador, que sigue afectando a los más de 8 millones de veracruzanos que vivimos su desaforado “gobierno” y las consecuencias a largo plazo de tantos atropellos, dándole cierre sin más: ni reparación de daños en medida de lo posible a las víctimas directas e indirectas de su administración ni devolución de los recursos saqueados, y encima regalándole unos meses de libertad por “buen comportamiento” antes de concluir su inane condena. 9 años dentro del Reclusorio Norte, con excepcionales comodidades, telefonía, Internet e incluso bebidas alcohólicas, no compensan las incontables desapariciones, la violencia de Estado, el haber empantanado el futuro de Veracruz con un adeudo estimado en 62 mil millones de pesos, la inoperancia institucional en sectores clave como salud, educación, la malversación de ahorros de los trabajadores en el IPE, la demolición de una ética del gobernante, etc.

Nada. Aquí solo se tiene que la ineptitud, complicidad, o llámesela como se quiera, de la Fiscalía de Veracruz, en manos de tres titulares, agotó sus argumentos y se estampó como mosco en carretera contra las maniobras de un abogado bien pagado y mañoso, y posiblemente una untada de manos a los juzgadores implicados en el procedimiento, por lo que si la Fiscalía federal no logra algo extraordinario pero justo, pronto podríamos ver la sonrisa burlona de Javier Duarte en España, adonde se van a refugiar los delincuentes de cuello blanco, o en Londres, donde habita su esposa, la coach Karime Macías Tubilla, en la pobreza franciscana con apenas 180 mil pesos mensuales —como el mismo Duarte aseguró en una entrevista telefónica desde la celda— mientras sigue en proceso de extradición desde 2021.

Ello, posibilitado por la sola aplicación de la ley, sin que se contemple más. No advoca uno por los linchamientos, pero esta gente sabe adónde puso el dinero público robado, y sin que se imponga una reparación, aunque sea financiera, no debería haber liberación, pues ¿cómo, ante tal magnitud de vilezas durante casi 6 años, puede darse por zanjado el caso de este hampón e impartida la justicia? Pero, ah, te dirán que una cosa es el “deber ser” y otra la realidad. Entonces, ¿no se puede hacer nada? ¿Hasta allí llega el Estado?

Lo mismo, con sus cómplices a los que se reverenciaba como sátrapas y que saquearon, cada uno en su secretaría como tales; algunos están detenidos, pero otros aún apuestan a la desmemoria, y se cuelan por aquí y por allá, desde los partidos aliados PT y Verde en las candidaturas locales, el mismo gabinete, o por miles en la burocracia estatal que hace solo algunos años era duartista, a consecuencia de la miopía de la 4T de no consolidar sus propios cuadros políticos, “fieles” a sus principios y el interés público.

Así que entendiendo que el duartismo es una degeneración o una consecuencia lógica de la codificación fidelista del poder, simplemente abocada al mero saqueo, carente de proyecto político de continuidad; no es cosa menor el espíritu restaurador del viejo priísmo que pretenden descaradamente los sucesores biológicos del arquitecto del encumbramiento de Duarte, el finado Herrera Beltrán, —recientemente venerado en el Congreso por fidelistas de Morena y el Verde—, mientras se simula la transformación, pues el mensaje es de que no hay consecuencias.

Cualquiera se desmarca de un personaje tan abyecto como Duarte, no obstante ser parte inherente al régimen por el que el círculo rojo se relame con el prospecto de su regreso. Será la impunidad en el ámbito judicial y la inconmovibilidad de la clase política en el poder la que habrá de posibilitar esa restauración y que este exadministrador delincuente escupa en la cara de sus víctimas.