«Nunca invoques un poder que no puedas controlar»
Yuval Noah Harari
Cada día es más común leer noticias de violencia en nuestro planeta, no sólo entre seres humanos sino también de los humanos hacia la naturaleza, sin embargo, las redes sociales juegan un papel muy importante no sólo en producirla, sino en difundirla también.
Es bien sabido que la violencia es un fenómeno social complejo que ha sido objeto de estudio desde diferentes perspectivas, como la sociología, la psicología y la criminología, y que a lo largo del tiempo se han propuesto diversas teorías para explicar las causas de la violencia, incluyendo factores sociales, culturales, psicológicos y biológicos.
A esto se suman otros factores como el fácil acceso a armas y el consumo de drogas y alcohol –obviamente desde quienes los producen y los utilizan en contra de la paz y la salud mundial–, puesto que es un mercado multimillonario. Lo anterior degrada a nuestras sociedades, así como desintegra el tejido social a partir de la violencia en todas sus expresiones, y además normaliza la misma en medios de comunicación y entretenimiento.
De acuerdo a Amnistía Internacional: “Nuestra capacidad de comunicarnos con gente de todo el mundo a través de Internet puede ser una poderosa fuerza para el bien, pero también genera nuevas formas para que tanto las personas como los Estados ejerzan violencia e inflijan daños a la población a una escala completamente desconocida.
A partir del creciente uso y dependencia de las comunicaciones en línea y digitales, están surgiendo nuevas formas de violencia. Estudios demuestran que el 85% de las mujeres que han navegado por la red, han presenciado violencia en Internet, y que 38% de las mujeres ha sido objetivo de la violencia en Internet. La gente propaga el odio, el miedo y la desinformación en las redes sociales como no se había visto nunca, ya que rara vez se les exige rendir cuentas por sus actos.
Las personas también se ven expuestas a tácticas como el chantaje digital y programas espía. Estos ataques son perjudiciales para la vida cotidiana. Afectan gravemente a nuestra salud y nuestra capacidad de expresarnos libremente o de participar en el activismo. Es un acto de someternos al miedo y vivir en el mismo. La violencia en Internet es una amenaza a los derechos humanos.”
Byung-Chul Han argumenta que el problema es que las redes sociales crean una ilusión de proximidad entre los individuos, mientras destruyen el verdadero encuentro con el otro. “La comunicación digital elimina la resistencia de lo real”, escribe, señalando cómo la ausencia de cuerpos físicos y miradas reales facilita la deshumanización.
Esto explica por qué personas que nunca serían agresivas en un encuentro cara a cara se transforman en trolls violentos detrás de una pantalla. La arquitectura misma de las plataformas, diseñada para maximizar el engagement, privilegia los contenidos que generan indignación y confrontación.
Hoy en día los llamados “bots” en redes sociales son programas automatizados que simulan interacciones humanas, como publicar, dar «me gusta» y comentar, para realizar acciones de forma masiva. Pueden usarse para fines legítimos, como atención al cliente, pero a menudo se emplean para actividades maliciosas, como difundir desinformación o aumentar la popularidad falsa de quienes calumnian y difaman.
El filósofo identifica un círculo vicioso, porque cuanta más conexión digital existe, mayor es la sensación de aislamiento real, lo que a su vez alimenta la necesidad de la validación online y la búsqueda de chivos expiatorios. Este mecanismo explica fenómenos como los ataques coordinados contra figuras públicas o ciudadanos comunes.
Byung-Chul Han identifica el abaratamiento de la narración, sobre todo, en los discursos cada vez más populares de las extremas derechas, los tribalismos y las narrativas conspiranoicas. A pesar del ruido y la furia con las que se construyen, estas narraciones son incapaces de ir más allá de las contingencias. No son otra cosa que “storytelling”. Es decir, “ofertas de sentido e identidad” en un mundo que todo lo somete al consumo capitalista.
“Storytelling es storyselling, contar historias es venderlas”, escribe Han. Para Byung-Chul Han, la ausencia total de entendimiento está asociada a la presencia total de las pantallas digitales. Al final, son ellas las que toman el lugar de la realidad.
“La informatización de la realidad provoca una atrofia de la experiencia presencial inmediata. La digitalización, al ser una informatización, hace que la realidad se vuelva inconsistente”, escribe. La trampa, como nos demuestra cualquier red social, es que este proceso ocurre bajo la máscara de la aparente autosuficiencia.
Como dice el filósofo español Fernando Savater: “Yo creo que la violencia es siempre injustificable dentro de una democracia”. No se puede llamar violencia a manifestaciones o a protestas pacíficas en la calle, eso es perfectamente democrático.
Pero la utilización de la violencia, es decir, la destrucción de los bienes de mobiliario urbano, la agresión a las personas, los escraches de persecución a algunos políticos para convertir su vida privada en una especie de infierno público, todo eso, yo creo que es injustificable.
Todos los que recurren a esos métodos, por lo menos en la experiencia que yo he tenido, quienes recurren a esos métodos es porque siempre están faltos de razones para justificar de otras maneras sus posturas. Es decir, quien tiene razones sobradas, tiene portavoces políticos eficientes para defender sus razones, rara vez justificarán el hecho de una violencia o una agresión, mientras que quien no tiene eso, siempre pasará a lo tremendo, porque la violencia da como una especie de seriedad a cualquier cosa, convierte en central y serio cualquier problema”.
Asimismo, Savater reflexiona sobre los elementos centrales que hoy hacen peligrar la democracia e indicó que, curiosamente, algunos de los problemas o peligros que hoy tiene ésta vienen de cosas que hace veinte años se supuso iban a ser un medio, una ayuda para la democracia, por ejemplo, las redes sociales.
“El acceso a internet, a las redes sociales, muchos supusimos que eso iba a dar un acercamiento al ciudadano, iba a poder participar mucho más de la gestión de los asuntos públicos, que las opiniones iban a ser tomadas mucho más en consideración. Eso efectivamente en parte ha sido así, pero también en otra parte se ha visto que las redes dan voz y capacidad de socializar elementos de lo peorcito que tiene la sociedad.
Siempre ha habido gente maligna, imbécil, etc., pero no siempre habían tenido tantos medios de comunicación como ahora”, menciona Savater.
“Yo me acuerdo una vez que hablando con Umberto Eco, yo le decía: ¿no te parece que ahora hay muchos más estúpidos que antes? Y él me dijo: ‘no, ahora hay mucho más estúpidos con medios de comunicación que antes’, o sea, con formas de poder decir lo que piensan con cosas que antes era relativamente difícil”.
Es por ello que el filósofo e historiador Yuval Noah Harari menciona: «En el campo del periodismo, la decisión más importante era si publicar algo o no, y eso lo decidía el director. Ahora, en algunos de los medios de comunicación más importantes del mundo, como Twitter y Facebook, esa decisión se ha dejado en manos de los algoritmos de la Inteligencia Artificial (IA): no solo qué se publica y qué no, sino también a qué tipo de publicaciones y mensajes se les da más visibilidad.
El principal problema no es lo que los usuarios puedan decir, desde mensajes de odio hasta teorías conspiranoicas en Twitter o Facebook, sino que los algoritmos de la plataforma privilegien la visibilización de dichos mensajes por encima del resto de los contenidos.
Y lo que sucede es que los algoritmos están diseñados para difundir al máximo ese tipo de mensajes, porque enganchan a la gente y hacen que se queden más tiempo en las redes, con el consiguiente beneficio económico de las empresas de redes.
La base del modelo de negocio de las redes sociales es maximizar la fidelidad de los usuarios, es decir, mantenerles conectados a ellas el mayor tiempo posible. Y han descubierto que la forma más fácil de conseguirlo es apelar al miedo, al odio y a la ira, y actúan en consecuencia, amplificando el eco de esos mensajes y contribuyendo con ello a generar aún más miedo, más odio y más ira».
Ana Luz Quintanilla Montoya
Profesora e Investigadora
Universidad de Colima
analuzqm@gmail.com
