“La seguridad no se pacta, se construye”. La frase, pronunciada en Tihuatlán por la gobernadora Rocío Nahle en una Mesa de Seguridad y Construcción de la Paz junto a mandos de la Defensa Nacional, la Marina, la Secretaría de Seguridad Pública y la Fiscalía General del Estado, contiene un mensaje que trasciende la coyuntura. No es sólo un eslogan: es una invitación a entender que la seguridad no es dádiva de un gobierno ni milagro de un operativo, sino una construcción paciente y compartida, que debe sostenerse tanto en las instituciones como en la sociedad civil.
Por mucho tiempo se creyó que la seguridad era responsabilidad exclusiva de las autoridades. Policías, soldados y jueces debían contener la violencia mientras los ciudadanos aguardaban. Ese paradigma se derrumbó en México: ningún cuerpo armado puede garantizar la paz si la sociedad permanece indiferente o reproduce las mismas conductas que deterioran la convivencia. Por eso decir que la seguridad se construye implica un giro: el ciudadano deja de ser espectador y se convierte en constructor activo.
Construir seguridad significa que el Estado equipe y discipline a sus fuerzas policiales, que asegure salarios dignos y combata la corrupción. Pero ese es sólo un pilar. El otro se levanta en lo social: la forma en que vivimos, educamos y convivimos día a día. Una sociedad que normaliza el soborno, la violencia doméstica, la impunidad en la calle o el desprecio por la norma está preparando el terreno para que el crimen se instale. En cambio, una sociedad que valora el respeto mutuo, la cooperación vecinal y la justicia cotidiana fortalece las bases de la seguridad más allá de lo que puede lograr cualquier operativo.
La seguridad se construye también en la escuela. Educar a los niños en la resolución pacífica de conflictos, enseñarles a respetar la diversidad y a cumplir reglas no como imposición sino como pacto colectivo, es sembrar seguridad a largo plazo. Se construye en la familia cuando se transmiten valores de honestidad y solidaridad. Se construye en la calle cuando se decide no tolerar el acoso, cuando se organizan redes vecinales de apoyo, cuando se denuncia el delito en vez de callar.
Esa dimensión social ha sido relegada por años. Nos acostumbramos a mirar hacia arriba, esperando que “el gobierno” resuelva todo. El resultado es que la violencia se infiltró en lo cotidiano: colonias atemorizadas, barrios desunidos, vecinos que no se conocen, padres que no se involucran en la educación cívica de sus hijos. La frase de Nahle, en boca de una autoridad, cobra valor si se traduce en políticas que fortalezcan el tejido social: programas comunitarios, deporte, cultura, educación en valores. La policía y el ejército pueden contener, pero solo la comunidad puede prevenir.
Asumir que la seguridad se construye obliga a una ética de la corresponsabilidad. El vecino que respeta el espacio común, el conductor que maneja con prudencia, el empresario que rechaza prácticas corruptas, el maestro que inculca disciplina y respeto, todos son piezas de un engranaje colectivo. No se trata de delegar la tarea, sino de reconocer que cada omisión alimenta el problema y cada acción suma a la solución.
Veracruz enfrenta hoy desafíos complejos: violencia delictiva, desigualdad y desconfianza en las instituciones. El gobierno responde con patrullas, equipos y coordinación con fuerzas federales. Pero si la sociedad no acompaña con actitudes de respeto, organización y denuncia, ese esfuerzo quedará incompleto. La seguridad se juega en la calle, en la escuela, en la familia, en la vida diaria donde se transmiten valores o se abandonan.
Decir que “la seguridad se construye” es recordar que la paz no es solo una meta gubernamental, sino una tarea colectiva.
La responsabilidad no termina en el voto ni en la exigencia; empieza en la educación de los hijos, en el respeto a las normas, en la solidaridad con el vecino. La seguridad no se hereda ni se decreta: se educa, se crea y se profundiza en valores que nos hacen comunidad. Y sólo cuando ese compromiso se vuelva cotidiano, podremos decir que la seguridad dejó de ser un discurso para convertirse en realidad.
