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La herencia invisible de los ayuntamientos

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Las irregularidades detectadas por gobiernos municipales tras los procesos de entrega-recepción en Veracruz no son un hecho aislado ni una anécdota administrativa: son la manifestación recurrente de una patología estructural en el ejercicio del poder local. Inventarios incompletos, bienes que no aparecen, cuentas sin claridad y obras reportadas como concluidas que no lo están son síntomas de una administración pública municipal que durante años ha operado con laxitud, opacidad y una preocupante normalización del desorden.

De acuerdo con los reportes recientes, varios ayuntamientos entrantes han tenido que acudir al Congreso del Estado para solicitar orientación ante las inconsistencias encontradas al recibir las administraciones. La respuesta institucional ha sido la correcta: revisar, documentar y, de ser necesario, presentar denuncias ante las instancias correspondientes. Sin embargo, el hecho de que estas situaciones se repitan gobierno tras gobierno revela que el problema no radica únicamente en personas específicas, sino en una cultura administrativa que ha permitido que la entrega-recepción se convierta en un trámite formal y no en un verdadero ejercicio de rendición de cuentas.

Es importante subrayar un dato que desmonta lecturas simplistas o partidistas: los presidentes municipales que hoy detectan y exponen estas irregularidades no actúan desde la oposición ni desde una disputa electoral. En varios de los municipios señalados, los gobiernos entrantes fueron postulados por Morena o por coaliciones encabezadas por Morena, lo que indica que estas observaciones no responden a una guerra política, sino a un problema real heredado de administraciones anteriores, independientemente de su signo partidista. El desorden administrativo no distingue colores; se reproduce allí donde el poder local carece de controles efectivos.

La entrega-recepción no es un acto administrativo menor. De su claridad depende la continuidad de los servicios públicos, la correcta aplicación de los recursos, la planeación presupuestal y, en última instancia, la confianza ciudadana. Cuando una administración inicia sin certeza sobre su patrimonio, su deuda o sus compromisos, el daño no es abstracto: se traduce en retrasos, improvisación, parálisis operativa y afectaciones directas a la vida cotidiana de la población.

Durante años, los órganos de fiscalización han señalado deficiencias similares en múltiples municipios. Sin embargo, la reiteración de estos escenarios demuestra que la sanción ha sido débil, tardía o inexistente. Mientras las irregularidades no tengan consecuencias reales, la tentación de heredar desorden seguirá siendo parte del cálculo político de quienes dejan el cargo. La impunidad administrativa es una forma silenciosa de corrupción que erosiona la credibilidad institucional sin generar el escándalo inmediato de otros delitos.

Este momento debe servir no sólo para corregir expedientes y deslindar responsabilidades, sino para replantear de fondo el modelo de control municipal. Se requieren procesos de entrega-recepción más estrictos, auditorías preventivas, acompañamiento técnico real y una coordinación efectiva entre Congreso, órganos fiscalizadores y fiscalías. La transparencia no comienza cuando llega un nuevo alcalde; comienza cuando el que se va rinde cuentas completas. Mientras eso no ocurra, cada cambio de gobierno seguirá siendo una lotería administrativa, y la ciudadanía continuará pagando el costo de un sistema que ha tolerado el desorden como regla.