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Donald Trump lleva años insinuando que usaría al ejército estadounidense fuera de sus fronteras para “restablecer el orden”. En 2020 afirmó que quería “designar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas”. En 2023 dijo en Iowa: “Debemos usar fuerza letal contra los laboratorios de drogas, incluso dentro de México si es necesario”. Y en 2024 remató: “Si los países no controlan a los criminales, Estados Unidos lo hará por ellos”. Ese marco mental –militarista y electoral– contamina hoy el amago naval frente a Venezuela.
Estados Unidos movió sus piezas en el Caribe con buques de asalto anfibio, destructores Arleigh Burke, un portaaviones con 75 aeronaves y unos 6500 marines listos para despliegue rápido. No es un gesto menor: es presión sobre Caracas y espectáculo interno para un imperio que ensaya fuerza para ocultar su deterioro político y fiscal. El pretexto vuelve a ser el narcotráfico; el trasfondo, la vieja doctrina de dominación hemisférica en un país hundido en 35 billones de dólares de deuda y polarización extrema.
La capacidad naval estadounidense aún intimida: un solo grupo de portaaviones proyecta hasta 90 aeronaves; los destructores disparan misiles a 1600 km; los submarinos nucleares patrullan sin oposición. Pero el músculo terrestre está exhausto. Para ocupar Venezuela se requerirían entre 120000 y 150000 soldados, según el estudio “US Ground Forces Requirements in Large-Scale Contingencies”, de RAND Corporation (2024). Nada de eso es viable: México, Brasil y Colombia rechazarían cualquier intervención.
Escenario I; presión militar sin invasión (probabilidad 80%): Es la jugada más coherente para un imperio en declive. El despliegue busca presionar por petróleo, marcar territorio frente a Rusia y China, fabricar un enemigo útil en campaña y medir la cohesión latinoamericana. No implica muertos estadounidenses ni ocupación prolongada. Es teatro estratégico con capacidad de daño, pero sin intención real de guerra.
Escenario II; ataques limitados o incursiones selectivas (probabilidad 15%): Podrían darse golpes a radares, bases aéreas o bloqueos temporales bajo la etiqueta de “operación antidrogas”. El riesgo es inmediato: Venezuela respondería, Rusia activaría la guerra electrónica y China elevaría la presión diplomática. La región cerraría filas contra Washington. Sólo un impulso electoral desesperado empujaría a Trump hacia este escenario.
Escenario III; invasión terrestre y cambio de régimen (probabilidad 5%): Es el menos probable. Requeriría apoyo de Colombia o Brasil, inexistente; control de rutas logísticas imposibles; ocupación prolongada y choque indirecto con Rusia y China. Un estancamiento sería el certificado de agotamiento definitivo del poder militar estadounidense, como ya ocurrió en Irak y Afganistán.
¿Por qué entonces el amago? Primero, por crisis interna: violencia cotidiana, parálisis política y una economía sostenida por deuda creciente. Proyectar fuerza afuera evita enfrentar esa fractura. Segundo, por la lógica del espectáculo: Trump convierte cada movimiento militar en escena de campaña. Tercero, porque China y Rusia ya ocupan espacios económicos en América Latina; Washington busca frenar, no conquistar. Cuarto, porque el Caribe dejó de ser patio trasero: México, Brasil, Colombia, Bolivia, Chile, Honduras y Guatemala sostienen políticas exteriores soberanas que bloquean cualquier aventura de ocupación.
La decadencia estadounidense no es un eslogan. Un país fracturado, endeudado y con voluntad política menguante no puede sostener guerras de ocupación. La capacidad naval impresiona, pero el poder terrestre está exhausto y la sociedad estadounidense no acepta ya un conflicto prolongado. Por eso el despliegue contra Venezuela tiene más de ritual imperial que de estrategia real: una demostración vacía para verse grande en el reflejo.
Conclusión: no habrá invasión. Habrá presión militar intensa, operaciones encubiertas y guerra comunicacional. Estados Unidos actúa ya como un imperio que simula fuerza para no aceptar su declive. Venezuela es tablero, no botín. Y el Caribe es hoy el espejo donde Washington descubre su límite: ya no impone el orden, sólo intimida para no perderlo.




