La visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó revelando mucho más de lo que quizá pretendía. Lo que apareció no fue solamente una visión conservadora de la historia, sino algo más profundo y más extraño: una nostalgia activa por la subordinación. Una especie de entusiasmo tropical por la conquista, pronunciado además desde la ignorancia histórica más elemental.
Porque incluso la propia Corona española terminó condenando buena parte de los métodos de Hernán Cortés. Carlos V no sólo recibió denuncias sobre las atrocidades cometidas durante la invasión; permitió debates teológicos y jurídicos que cuestionaron la legitimidad moral de la violencia ejercida sobre los pueblos originarios. La discusión entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda no surgió por casualidad ni por sensibilidad moderna: apareció porque la brutalidad era inocultable incluso para sectores del propio imperio.
Pero en pleno siglo XXI todavía existen sectores políticos y mediáticos que parecen incapaces de entender América Latina fuera del viejo esquema colonial. Lo verdaderamente revelador fue el entusiasmo local. El aplauso inmediato. La subordinación oferente. La disposición ansiosa a colocarse nuevamente del lado del conquistador imaginario.
No se trata de un episodio aislado. En días recientes la presidenta Claudia Sheinbaum habló de una ofensiva internacional articulada desde distintos polos de la derecha global: campañas digitales, manipulación mediática, financiamiento opaco, operaciones de desinformación y redes transnacionales que actúan de manera sincronizada contra gobiernos progresistas de América Latina. Milei en Argentina, Vox en España, sectores trumpistas en Estados Unidos y aparatos mediáticos locales forman parte de un mismo clima político internacional.
La visita de Ayuso se inserta exactamente en ese contexto. No como una simple gira privada, sino como un gesto ideológico. La reivindicación de la conquista vuelve a poner sobre la mesa una vieja jerarquía: unos nacieron para mandar y otros para obedecer.
Por eso el episodio resulta más delicado de lo que parece. No habla únicamente del pasado. Habla de sectores contemporáneos que siguen concibiendo a México como territorio disponible para tutelajes externos, financieros, culturales o políticos. El viejo complejo colonial reaparece ahora envuelto en marketing digital, estridencia televisiva y guerra cultural.
En el fondo, el problema no es Ayuso. El problema es la persistencia de élites locales que todavía reaccionan con fascinación ante cualquier gesto de validación proveniente del viejo eje colonial occidental. Nostálgicos tropicales de la invasión que aún confunden subordinación con prestigio.
Y precisamente por eso el momento es más amplio que una polémica diplomática. Lo que está en disputa no es sólo la interpretación del pasado, sino el perfil cultural y político del futuro. Entre transformaciones tecnológicas aceleradas y posibilidades reales de construir sociedades más justas, resurgen también formas degradadas de supremacismo, servilismo y fanatismo político. El dilema empieza a ser civilizatorio.
